Ha vuelto a tener otra de sus pesadillas. Suele gritar en medio de la noche o cada vez que se queda profundamente dormida. Algo la está atormentando y estoy seguro de que nada tiene que ver con el ataque del que fue objeto. Hay algo más, pero aún no he podido averiguarlo. Antonio recabó suficiente información sobre ella y su familia, pero no hay nada de la relación que tuvo con el hombre que la dejó embarazada.
―¡No, Ludwig! ―me doy la vuelta rápidamente y me acerco a la cama―. ¡Yo te amo! ―quiero abrazarla y reconfortarla sobre mi pecho, pero sé que me rechazará si lo hago―. ¡Por favor, no me dejes!
Me siento al borde del colchón y la sostengo de los hombros.
―Despierta, Isabella, es solo una pesadilla.
Abre los ojos y me mira con preocupación. Su rostro está inundado de lágrimas. No soporto verla tan devastada. Sé que la pérdida de su bebé fue demasiado para ella, pero hay algo más que la está destruyendo. Conozco de primera mano esa expresión que maltrata su hermoso rostro. La vi en el espejo el mismo día que supe que la mujer que amaba estaba muerta.
―¿Alguien sabe que estoy viva?
Suelta sin aliento mientras me mira con ansiedad. Niego con la cabeza.
―No, decidí mantenerlo oculto hasta asegurarme que estabas fuera de peligro ―no estoy siendo sincero completamente, pero tampoco le estoy mintiendo. Me estoy reservando una parte de la información―. Sin embargo, de un momento a otro tendré que hacerlo público ―le explico―. Algún familiar puede estar buscándote y, si indaga un poco, lo averiguará tarde o temprano.
Me mira aterrorizada.
―¡No! ―niega con vehemencia―. Nadie puede saber que sobreviví a aquel incendio ―estira sus brazos y hunde sus dedos en la tela de mi camisa―. Necesito que todo el mundo piense que morí ―suplica, angustiada―. ¡Prométeme que mantendrás el secreto! ¡Júrame que todo el mundo creerá que Rachel Ward quedó enterrada bajo los escombros y las cenizas!
¿De qué está huyendo?
―Está bien, Isabella ―sin darme cuenta de lo que estoy haciendo, elevo la mano y le acaricio la mejilla con el dorso de mis dedos―. Haré lo que sea para mantenerte segura y protegida.
Una vez que se da cuenta de que la estoy tocando, se aleja de mí.
―Además, no hay nadie más que pueda estar buscándome ―indica, nerviosa―. Mis únicos familiares están muertos.
Me quedo callado cuando no hace ninguna mención a su abuelo. Aunque, para ser sincero, dudo mucho que él siquiera se acuerde de su familia. Tengo entendido que ya no puede comunicarse y que depende totalmente de otros para su cuidado, debido a que sufre de Alzheimer y está en una etapa muy avanzada. Incluso, según el informe que me suministró Antonio, es posible que le quede poco tiempo de vida. Estoy tentado a decírselo, pero me cohíbo. Esto puede ser demasiado para ella y no estoy dispuesto a arriesgar su estabilidad mental.
―No te preocupes, Rachel ―esbozo una sonrisa sincera―. Te prometo que nadie lo sabrá.
Se me queda mirando con incertidumbre.
―¿Cómo supiste que ese era mi verdadero nombre?
No puedo confesarle que la investigué, así que decido decirle lo que considero más conveniente en virtud de las circunstancias.
―Lo dijiste en medio de tus pesadillas ―mantengo la mirada fija sobre la suya, espero que me crea o quedaré en evidencia―, es así como lo supe.
Cierra los ojos con pesar, se acaricia la frente con los dedos en señal de preocupación y mira hacia otro lado.
―¿Mencioné algo más?
Vuelve la cara y fija su mirada en la mía.
―No, Isabella, es todo lo que dijiste.
Se lleva la mano al corazón y suspira con alivio.
―Lo siento, pero esa chica ya no existe ―menciona con tristeza―, así que te agradezco que te olvides de ese nombre y no vuelvas a mencionarlo.
Una extraña y sorpresiva emoción estalla dentro de mi pecho, pero logro controlarla a tiempo. Por supuesto, aceptaré, por ahora, su decisión, pero en algún momento tendrá que enfrentarlo y hablar sobre ello. La conversación se interrumpe con la entrada del doctor Fleming a la habitación. Me pongo de pie y le doy espacio para que haga su trabajo.
―Buenos días, señora De Luca ―cada vez que escucho que la llaman por mi apellido, me convenzo de que la idea no fue del todo descabellada―. ¿Cómo se siente hoy?
Intenta forzar una sonrisa, pero esta ni siquiera alcanza las esquinas de sus ojos.
―Me siento mucho mejor, doctor.
Me mantengo en silencio mientras ellos conversan.
―Hay una notable mejoría en su estado de salud ―le explica, mientras revisa los resultados de sus últimos exámenes―. Mañana la estaré dando de alta, pero tendrá que guardar reposo absoluto durante quince días más, antes de iniciar cualquier actividad física ―una expresión de preocupación tensa los músculos del rostro de Isabella―. Además, recetaré terapias de rehabilitación para que recupere la movilidad de su pierna ―ella dirige la mirada hacia su extremidad inmovilizada―. Podemos acordar los días en que podrá asistir al centro de rehabilitación para recibir estas terapias o, si lo prefieren, puedo recomendarle a una persona de mi entera confianza que, es uno de los mejores en el área de la fisioterapia, en el caso de que prefiera realizarla en casa para mayor comodidad.
El doctor saca una tarjeta del bolsillo de su bata y se la tiende para que la reciba, sin embargo, ella se queda mirándola como si esta fuera a estallarle en la cara en cualquier momento.
―Agradezco su preocupación, doctor Evans ―tomo la tarjeta de su mano y la guardo en el bolsillo de mi pantalón―. Mi esposa y yo estaremos evaluando la mejor de las opciones ―le tiendo la mano para estrechar la suya y agradecerle todo lo que ha hecho por ella―. Le haré saber nuestra decisión en el momento en que la tomemos.
Sé muy bien cuál es el motivo de su preocupación. Lo que ella no sabe es que ya lo tengo resuelto.
―Por supuesto, señor De Luca, ―me devuelve el apretón de manos―, no hay ningún apuro.
Ella se mantiene en silencio y encerrada en su propia burbuja existencial. El doctor termina la evaluación y sale de la habitación sin que, mi falsa esposa, haya mencionado una sola palabra.
―¿Pasa algo, Isabella? ―me acerco a ella y me detengo a un lado de la cama con la esperanza de que me responda. Enfrenta una gran disyuntiva, porque salir de aquí significa reconocer que no tiene un lugar al cual ir ni una familia que la esté esperando―. Déjame ayudarte por favor ―me siento al borde de la cama, tomo su mano entre las mías y la llevo hasta mi boca para dejar un beso sobre su dorso, al principio se resiste, pero luego me permite que lo haga―, cuenta conmigo para lo que necesites.
Endurece su mirada y su boca se pierde en una línea muy fina.
―¡No soy tu responsabilidad, Massimo! ―espeta furiosa―, no es necesario que finjas que te preocupas por mí ―arranca sus manos de entre las mías con súbita violencia. Me quedo pasmado ante su insinuación, sobre todo por lo vehemente de su reacción. Tengo el presentimiento de que le hicieron más daño del que suponía―. No necesitas fingir amabilidad e interés por mí para que luego me apartes de tu vida de una patada o te burles de mí cuando consigas lo que quieres ―tiembla de rabia―. No voy a volver a dejarme engañar por nadie más ―su voz se quiebra, aunque intenta evitarlo con todas sus fuerzas―. Ya no soy la misma chica estúpida a la que pueden manipular con sus promesas vacías.
Me causa dolor verla tan herida, pero no voy a permitir que me aparte de su lado y se hunda en su propia amargura. Haré lo que sea para ganarme su confianza, le demostraré que no soy como aquellos que la lastimaron y la decepcionaron.
―Te estoy ofreciendo mi ayuda de manera desinteresad, Isabella ―necesito que entienda que mi intención no es aprovecharme de ella o defraudarla―. No hago esto con segundas intenciones, sino porque quiero ofrecerte mi apoyo sincero e incondicional ―le indico sin rodeos―. No te pido que confíes en mí de buenas a primera, pero te ruego que me des una oportunidad para demostrarte que mi único propósito es tenderte una mano amiga y asegurarte que cuentas conmigo para lo que necesites.
Me observa precavida mientras escudriña y analiza la sinceridad en mis palabras. Sin embargo, me sorprende y me llena de esperanzas cuando me da su confirmación con un ligero asentimiento de cabeza.
―Gracias, Massimo, lamento haberme comportado como una tonta, pero en este momento no confío en las personas.
Sus mejillas se sonrojan de un color rojo intenso que la hacen ver más preciosa de lo que es. Me acerco temeroso por su reacción, pero me arriesgo y limpio sus lágrimas con las yemas de mis dedos.
―No te preocupes, Isabella ―mi corazón comienza a saltar emocionado cuando cierra sus ojos y permite que la toque―, entiendo perfectamente lo que dices.
Este es el primer paso en un largo camino en el que auguro muchos tropiezos, lágrimas y sufrimiento. Sin embargo, tengo la esperanza de que nuestra situación cambie en poco tiempo. Sé que no será fácil, pero estoy más que decidido a hacer lo que sea para ganarme su confianza y, quizás, también… su corazón.