La llegada.

1836 Words
Un vuelo de más de quince horas es agotador, peor. Me duelen todos los huesos, estoy segura. El tiempo en el avión me sirvió para pensar en lo que pasó, mi padre me envió lejos por seguridad pero no elimina el hecho de que cuando más lo necesito no está a mi lado. Por momentos dormí y me permití imaginar a mi amiga sentada conmigo, yendo a un país diferente conmigo pero al despertar la realidad azotaba doliendo muchísimo así que después de un par de veces me di por vencida. Tomé dos pastillas para no dormir y me quedé sola con mis pensamientos, sola viajando a miles de kilómetros de mi hogar. Un hogar vacío, un hogar sin mi hermana. Mi padre dijo que me llamaría todos los días, me dio una tarjeta de crédito con muchísimo dinero y un beso que se sintió lejano. Ahora solo queda ver mi nueva casa, según Alek mi padre compró un edificio hace años en Washington. Viviré en Mourland, una ciudad ubicada en el estado de Washington. Al parecer el edificio está frente a un parque enorme, con arces que cambian de color con las estaciones. Todo parece indicar que es un lindo lugar aunque no es una casa, viviré en un edificio con más personas. En cuanto salimos del aeropuerto saco mis gafas de mi bolso y llamo a dos hombres de traje. ─Dígame ─dice uno, su gafete dice Gary. ─Gary querido, lleva mis maletas al auto ─ordeno pasando de largo. ─Disculpe señorita pero en este momento tengo que recoger a alguien, puede llamar a aquel joven y le ayudará con sus maletas ─suelta el desgraciado sonriendo. ─¿Qué te pasa? ─quito mis lentes─. ¿Tienes idea de quién soy? El chico entrecierra los ojos como si me quisiera reconocer pero no comprende, niega una vez más. ─No señorita, con permiso. Pienso en detenerlo pero Alek me detiene nuevamente con su agarre en mi brazo. ─Ni se te ocurra volver a tocarme, estoy muriendo de dolor. Pongo mis gafas de nuevo y camino de nuevo. ─Consigue alguien que cargue las maletas al taxi, iré por una bebida fría. Camino hasta un pequeño local con un enorme letrero arriba Cold Drinks. Qué ordinario. Observo a una distancia prudente la multitud, las personas se están formando en una fila muy desordenada para mi gusto. Los que trabajan usan un sombrero ridículo en su cabeza pero puedo ver su cabello a la vista, que asco. Me debato entre prepararme algo yo misma cuando llegue a casa o comprar algo pero el calor me obligar a caminar hasta el local, con mis gafas puestas y mi bolso en la mano paso de la fila dirigiéndome directo a la persona que toma los pedidos. ─Quiero un café frío ─pido sacando mi celular. Miro algunas fotos que han subido mis amigos pero un bombardeo de comentarios sobre lo que pasó atasca mi buzón así que guardo el celular y miro al chico a quién le he pedido mi bebida. Sigue en su puesto, ¿no hizo lo que le dije? ─¿No escuchaste? ─cuestiono dando dos pasos a él. Antes de tocar el mostrador alzo las manos ante el polvo, que asco. ─Hay una fila ─responde el vendedor. ─Necesito mi bebida ahora ─digo con molestia. ─Claro, hay una fila ─repite. Miro a las personas en ella pero no entiendo, tuerzo la boca sin emoción. ─Quiero mi bebida. Saco un billete de mi bolso, mil rublos. ─Ten, quédate con el cambio ─digo con una risa al ver los precios. El chico se muerde los labios seguramente para no decirme nada, da la vuelta sin tomar mi billete y vuelve segundos después con una cartulina en la que pone: SOLO SE ACEPTAN DÓLARES AMERICANOS. ─¡Tiene que ser una broma! El chico que está tras la barra intenta no sonreír pero logro ver sus comisuras levantarse cuando doy la vuelta. El sonido de mi celular me obliga a apartar la mirada del joven pero antes de poder tomar la llamada el aparato cae de mis manos ya que un líquido frío cae sobre mi vestido empapando todo a su paso. Un escalofrío me recorre al sentir la bebida en mi piel, la ira crece con cada segundo así que cuando la chica frente a mí comienza a limpiarme con un pañuelo me alejo con unas tremendas ganas de mandarla a la mierda. ─¿Qué te pasa? ─Lo siento, fue un accidente ─dice de prisa pidiendo disculpas una y otra vez. ─¡Un accidente y una mierda! ─jadeo mirándola. ─De verdad que fue un accidente... Levanto la mano con la intención de quitar su mano de mí pero alguien me toma con fuerza desde atrás, giro para gritarle también pero la expresión de Alek me da un poco de miedo. ─No la toques ─dice seriamente. ─No me mandes. ─No puedes ir por ahí pegándole a la gente ─espeta de malas. ─¿Me ibas a pegar? ─chilla la chica pero la ignoro. ─¿Y tu me vas a prohibir algo? ─Pues a mí me mandaron a cuidarte y eso implica no dejar que te metas en problemas estúpidos. ─¡¿Estúpidos?! ¡Ella me tiró eso encima! Señalo mi vestido que ahora ya se ha pegado a mi piel, siento el calor subiendo por mis mejillas así que quito mi mano de su agarre y me aparto. ─¡Vámonos! ─ordeno caminando en dirección a la salida. Menuda bienvenida me dio América. Alek me sigue hasta la salida dónde un taxi nos espera, miro al conductor con mala cara pero mi guardia me insta a subir así que ruedo los ojos y entro al auto. El transcurso a mi nuevo apartamento es absurdamente caluroso, no estoy acostumbrada a tanto calor e incluso me está dando sueño. La diferencia de los horarios es demasiada por lo que estoy exhausta. Los edificios son enormes, con ventanales que me dejan ver a un montón de personas dentro de ellos, todos caminando o hablando. Es una ciudad muy ruidosa. Al cabo de unos minutos dejamos atrás los edificios, las casas son más hogareñas pero siguen siendo grandes. La cantidad de arces llama mi atención, hace mucho calor pero se ven hermosos con sus hojas moviéndose por el viento. Un monumento se localiza al centro de lo que parece ser un parque muy largo, la estatua de un hombre me causa un poco de gracia pero mantengo mi seriedad mientras el auto continúa su camino. Logro ver algunas parejas corriendo juntas en el parque e incluso personas haciéndolo solas, pienso que tal vez sea relajante salir a correr por aquí. El trayecto sigue y yo no pierdo de vista nada hasta que el auto se detiene frente a un edificio de unos diez pisos al menos, la apariencia del lugar es imponente como mi padre así que sé que es ahí de inmediato. ─Katherine ─me llama Alek antes de que salga del coche─, una cosa más, no puedes entrar con tu nombre. ─De ninguna manera cambiaré mi nombre ─bufo. ─Pues al menos no digas tu apellido real. ─Mi padre es el dueño de esto... ─No saben de quién es el edificio así que de igual forma no tendrías preferencias... ─¿Preferencias? ─me río─. Soy la hija de Mikhail Volkov, ¿que más quieres saber para darte cuenta de lo importante que soy? ─Aquí nadie sabe nada, nadie te tratará como una princesa. ¿Una princesa? Pero si lo soy. ─No entiendo. ─Déjame hablar a mí ─termina por decir en un tono cansino. Espero paciente a que me abran la puerta pero el conductor sigue en su lugar y cuando miro a mi guardia tiene una expresión confundida. ─¿Porque no sales? ─No me ha abierto ─digo como tal. ─Pues claro que no ─se ríe. Frunzo el ceño a lo que él responde poniendo los ojos en blanco y alargando su brazo por encima de mí, su cabello queda pegado a mí sorprendiéndome con su agradable olor. Me tenso al instante pero cuando se retira aún está sonriendo divertido. ─Ya puedes salir, mi lady ─dice con burla. Ruedo los ojos restándole importancia y salgo. Camino hasta la entrada donde un par de puertas se abren, un hombre mayor me recibe con una sonrisa amable. ─Bienvenida señorita ─saluda abriendo para mí. Sonrío y entro. El vestíbulo es enorme, las paredes son de un color gris neutro otorgándole al lugar un ambiente tranquilo aunque la pared del fondo cuenta con algunos paneles decorativos muy lindos. A la derecha cuelgan fotografías en blanco y n***o, todas ellas con personas dentro del edificio. El suelo de mármol hace al lugar deslumbrante, pareciera como si acabaran de limpiarlo debido a lo reluciente que está. Justo en el centro hay un conjunto de sofás de piel negros puestos magníficamente sobre una alfombra afelpada color gris. La mesa en el centro de ellos sostiene una maceta con rosas que, para mi gusto, están de más. La enorme lámpara colgante me hace sonreír al recordar a mi amiga quejándose cuando mi padre no nos dejó comprar una para mi habitación. Camino hasta el recibidor donde una mujer se encuentra conversando al teléfono, pienso en hablarle pero su risa estridente me silencia. ─Buenas tardes ─dicen detrás de mí. La chica gira a vernos en cuanto Alek habla, su rostro se pone rojo en un segundo e imagino que tiene que ver con el hombre que ahora se recarga del recibidor. Sé que Alek es guapo, sus ojos grises y su cabello n***o lo hacen particularmente guapo y su cuerpo no deja nada que desear aunque la chica no lo sepa a simple vista es un adonis en toda su forma. ─¿Podrías darnos la llave? ─pregunto pasando mi mano en medio de ellos. Alek carcajea mirándome pero yo solo le doy un golpe en el brazo desde mi posición, treinta centímetros abajo de él. ─¿Cuál es su nombre? ─le habla a Alek la muy descarada ignorándome por completo a mí. ─Está a nombre de Katherine Miller. ¿Miller? ¿No podía encontrar otro apellido más americano? ─Claro, tengo aquí el registro. Rebusca entre unos cajones a su derecha y saca dos llaves, una más brillante que la otra. ─La negra es para la puerta principal y la otra es para la habitación que está separada de la suite. ─De acuerdo. Alek toma las llaves dejando a la chica atontada con la sonrisa coqueta que le lanza, caminamos hasta el ascensor y entonces miro a mi guardia con los ojos entrecerrados. ─Nunca habías sido así en Rusia ─acuso ante su mirada divertida. ─Allá no podía comportarme mal o tu padre me mataría. ─¿Qué te hace pensar que aquí no te mataré yo misma? ─Katherine solo estoy jugando ─ríe. ─Compórtate. Alek carcajea pero asiente a medias, entramos al ascensor y entonces una nueva idea me cruza la mente. Viviré con Alek hasta que regresemos a Rusia. Mierda.
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