El padre de mi amiga, Fabian, nos llena las copas con vino, a todos menos a su hijo, quien ha cambiado la cerveza por un vaso de jugo.
—Quiero hacer un salud— se levanta el hombre —, por mi hija; tan exitosa, hermosa y brillante, que hoy cumple sus treinta años. Por que sigas cumpliendo tus metas y teniendo una vida maravillosa, por que vivas muchos años más y seas feliz.
Todos alzamos los vasos gritando “salud” y bebemos.
Con hambre, parto mi pollo y me llevo un trozo a la boca. De inmediato devoró otro más y cuando lo mezclo con las papas casi gimo de placer, pero soy capaz de controlarme y seguir comiendo como una persona normal.
—Las papas te quedaron muy ricas— le digo a Fabi.
Asiente con una sonrisa incómoda y va a decir algo más, pero su mamá lo interrumpe.
—¿Tú cocinaste? Wou— no sé muy bien a que se refiere con ese “wou”, nada bueno al parecer, porque el moreno baja la cabeza y se enfoca en comer —. ¿Por qué no cocinaste tú, Eli?
Ah, así que es eso.
Me meto un trozo de pollo más grande en la boca, tanto que necesito un poco de agua para no atorarme, pero así por lo menos minimizo el riesgo de decir algo que podría iniciar una pelea o hacer el almuerzo desagradable. Eli se excusa, aunque no debería, y Fabi decide cambiar el tema, contándole a su madre algo que aprendió en la última semana de clases. Es un “¿sabías qué?” realmente interesante al cual le sigue un discurso bastante nerd sobre edificios, estructuras y más cosas que no entiendo, que por alguna razón escucho. Probablemente porque se ve muy tierno hablando y explicando todo con movimientos de manos exaltados, dejando muy en claro lo mucho que le gusta su carrera. Sus labios se curvan en una sonrisa amplia que no cae en ningún momento, sus ojos se achinan un poco y un mechón de cabello cae frente a sus ojos, el cual aparta cada cierto tiempo con un movimiento sutil de cabeza al cual me vuelvo adicta. Pero luego me fijo en su barba desordenada, en la camiseta con diseño gráfico de anime y el hecho de que está tomando jugo porque la cerveza le parece demasiado amarga con la comida y me recuerdo que: 1) no es mi tipo de hombres, porque 2) tienen casi diez años menos que yo.
Así que me concentro en mi comida y en responder cada una de las preguntas que los padres de Eli me hacen. ¿Cómo he estado? ¿Qué tal el trabajo? ¿Todo bien con mi nuevo departamento? ¿Algo en lo que puedan ayudarme? Dios, se preocupan más por mí aquí que en mi propia casa. Quizás por eso, a pesar de sus pequeños pero importantes defectos, me caen tan bien y siempre me esfuerzo por no faltar a las invitaciones que me hacen. Elena y Fabian son los padres que me hubiera gustado tener, o al menos, son mucho mejor que los míos.
✈️
—Aish, deja ahí, yo me encargo de lavar— Elena me quita los platos de las manos y hace exactamente eso.
—Podría haberlo hecho yo.
—No seas ridícula, tú eres la invitada— sacude la cabeza.
Quiero recordarle que técnicamente ella también es una invitada, pues este es el departamento de Eli, pero me ahorro el comentario y comienzo a ordenar la cocina y después a secar los platos.
—¿Cómo le ha ido con las tortas?
—Bien, ya sabes que octubre está lleno de cumpleaños.
Me muerdo el interior de la mejilla, conteniéndome más que nada por respeto a Elena.
—Son todos los que se olvidaron de usar condón para San Valentín— Fabi aparece diciendo exactamente lo que yo pensé.
—Ush, que ordinario— le da un golpe con la cadera cuando se para a su lado para entregarle más cosas que lavar.
—Deberías estar feliz, tienes un mes de muchos ingresos que después te sirven para comprarnos regalos de navidad. Y hablando de eso, ¿te dije que quiero un monitor?
—Desde la navidad pasada—aunque no la veo, sé que Elena está entornando los ojos.
—Espero entonces que hayas ahorrado, ¿puedo comenzar a enviarte mis opciones?— le pone ojitos de cachorrito y no sé cómo su madre es capaz de apartarlo con tanta frialdad y ordenarle que sirva el postre.
—Así es con los hijos— suspira y me lanza una mirada que no descifro al tiempo que me entrega una fuente para secarla —, pero ya te tocará a ti. ¿Algún plan para tener hijos pronto?
Suelto una risa nasal, entre nerviosa e irritada, por la negativa que doy como respuesta. Aunque no me guste admitirlo, ni siquiera a mi misma, ansío el día en que vaya a decir algo diferente o en el que mi pareja responda por mí —no es que no sea feminista, es que he leído demasiado libros . Pero debo ser realista y saber que falta mucho para que ese día llegue y que debería empezar a hacerme la idea de que puede de que nunca tenga una pareja estable, mucho menos hijos.
No me importa, estoy feliz con ser la tía solterona, fabulosa y millonaria, aunque teniendo en consideración la cantidad de amigas que tengo, puede que caiga en bancarrota muy pronto.
Es lo que hay, a menos que aparezca un hombre que me enamore en un tarde, entonces no hay muchas esperanzas para mí.
—¿Nana, cuanto helado quieres?
Me acerco al lado de Fabi, su perfume me golpea tan fuerte que mi cerebro queda noqueado por un momento, ahogándose en esa mezcla de esencia masculina y refrescante. Después me fijo en la cantidad de helado en mi pote y reacciono.
—Ahí está bien.
—¿Más?— Agarra una cucharada y la vacía.
—No— intento quitarle la cuchara para disminuir la porción.
—No seas ridícula— entorna los ojos —, apenas alcanzaras a saborearlo si te echas tan poco.
Intento atrapar el servicio, pero Fabi salta lejos de mí, deja la cuchara a un lado y después me agarra de los hombros, me voltea sin problema alguno y me manda hacia la mesa para que me siente a comer.
Soy feminista, soy feminista.
No me gusta que me manejen como si fuera una muñeca de trapo.
Soy feminista y me gusta que respeten mis decisiones.
No funciona, cuando llego a la mesa hay un montón de ideas indecentes en mi cabeza.
Tiene veinte, y yo nueve años más.
Tampoco no funciona, porque no es una cuestión de edad, o de Fabi, es la acción, la actitud dominante que no acepta un no por respuesta y los malditos Daddy issues que no discriminan cuando alguien es ligeramente mandón.
Por suerte me distrae Eli, preguntándome si es que voy a quedarme a dormir hoy también.
—No, espero ser una adulta responsable y estar a la una en mi casa— Eliza enarca una ceja —, bueno, quizá a las dos, el tema es que mañana quiero adelantar un poco de trabajo y recuperar algo de sueño.
—Y se supone que soy yo la vieja.
—Y si sipini qui si yi li vija— me burlo de ella.
—A ambas le quedan años por delante, están apenas en el primer tercio de sus vidas— interrumpe el papá de mi amiga.
—¿Ya estamos en el primer tercio?— Eli y yo decimos al mismo tiempo, luego nos lanzamos a reír por nuestro pánico coordinado.
Mi amiga va a decir algo, pero la interrumpe el timbre del departamento. Nos miramos con confusión.
Pero luego una ampolleta se enciende sobre mi cabeza y recuerdo que sí sé quién es.
—¿Crees que algún idiota confundio la hora y llego antes?— pregunta haciendo referencia a los invitados para la verdadera fiesta de cumpleaños.
Me encojo de hombros, fingiendo no saber quien se encuentra detrás de la puerta. Miro la hora de mi celular para comprobar que es quien yo pienso y me encuentro con un mensaje de él. Perfecto.
El timbre suena de nuevo y Eli parece no tener intención de levantarse.
—Anda tú.
—¿Qué?— sacudo la cabeza —. No, yo siempre voy, además estoy comiendo, tú ya terminaste.
Me llevo una cucharada de helado a la boca y después cruzó los brazos sobre el pecho. El timbre vuelve a sonar y la mamá de Eli sale de la cocina, reclamando que porque no hemos abierto la puerta aún. La veo moverse con pasos energéticos hacia la entrada y, mierda, quiero a la tía, pero probablemente arruinará toda la sorpresa.
—Yo que tú no dejaría que tu mamá abriera la puerta— es lo único que puedo decirle y sé que es advertencia suficiente, porque se levanta de un salto y llega antes que su mamá.
Todos escuchamos su grito de felicidad y sonrío para mí misma, sabiendo que nada jamás superará esta sorpresa. ¿Su novio apareciendo de la nada cuando no debería haber llegado hasta dos semanas después? Sip, soy la mejor amiga, sobretodo porque yo lo convencí de que Eli lo amaría un poco más si es que estaba presente hoy, porque a pesar de que mi amiga le dijo que no le importaba y que entendía que así funciona su trabajo, por dentro estaba llorando y enojada con él por no “hacer un pequeño esfuerzo”. No es exactamente que la comprenda, pero la conozco y la quiero tal como es, además Carlos ya había pensado en pedir permiso para estar con ella, pero como mi estúpida amiga le dijo que no, él prefirió guardar los días para otra ocasión, como navidad, que ya sabe que le tocará trabajar.
—Carlitos— escucho a Elena —, pasa, toma asiento, ¿quieres comer algo?
Él ni siquiera alcanza a contestarle antes de que ella ya esté yendo a la cocina para servirle y atenderle.
Eliza y Carlos se sientan, ella en la cabecera final, él a su lado derecho. Fabian se ubica frente a él, no sin antes saludarlo. Elena llega con la comida caliente y luego se sienta a comer su postre derretido. La llegada de Carlos reanima la conversación y hacemos sobremesa hasta que dan las seis y los padres de Eli se tienen que ir. Mi amiga apenas les prestas atención y por la forma en que sigue pegandose al lado de su novio, sé muy bien lo que se le está pasando por la mente.
—Entonces— me mira insegura.
—Fabi y yo vamos a ir a comprar las cosas que faltan.
A veces uno tiene que ayudar a su amiga, sobre todo en materia de parejas, uno nunca sabe cuando necesitará cobrar el favor de vuelta.
—Oh, pero yo quería— su resistencia es penosa y me saca una carcajada inevitablemente.
—Sé exactamente lo que quieres— le guiño un ojo y Eli suspira aliviada.
—Perfecto— se muerde el labio inferior y ojea a su novio en el sillón conversando con su hermano.
—Fabi, la tía Doris va a llevarte por un paseo al supermercado.
Me rió entre dientes. Esa es la frase que siempre utilizaba cuando quería quedarse sola con sus novios en casa, y yo que he pasado casi toda mi vida soltera, nunca tuve problema con hacer de tercera rueda o de niñera y entretener a Fabian mientras ella hacía quién sabe qué con sus novios en su cuarto.
Agarro las llaves del auto y me despido de la pareja. Fabi me sigue detrás y cuando nos subimos al ascensor se estremece.
—¿Qué pasa?— lo miró de arriba a abajo buscando algún problema.
No hay nada visible, excepto por su cara arrugada en repugnancia.
—Van a tirar, ¿cierto?
Pliego mis labios intentando controlar la risa, sabiendo que no le gustaría saber eso de su hermana, pero no puedo evitar reirme y cuando él hace una mueca de asco y se queja en voz alta, mis carcajadas son más fuertes.
—Ugh, que asco, en serio. ¿No puede ser más disimulada?
Me encojo de hombros e intento controlar mi risa, pero luego recuerdo aquella vez que lo pille empelotonado con su novia y soy incapaz de controlarme. Parece que el voyeurismo es parte de la familia Cortés.
—No creo que tengas el derecho de hacer esa petición.
Fabi me mira con el ceño fruncido, pero luego sus mejillas enrojecen y un par de segundos más tarde todo su rostro sufre las consecuencias de su vergüenza.