Por suerte ya tenía planeado ir a la casa de Eli, necesito de sus consejos o me volveré loca. No sé porqué me afecta tanto el asunto si yo tengo claro que jamás, o que es muy poco probable, que tenga una pareja con quien pasar el resto de mis días. Pero al parecer esta semana mi estado de ánimo es peor y yo ando más autodestructiva de lo normal, pues no logro meterme en la cabeza que nada de eso es mi culpa y que probablemente estoy exagerando. Así que llego a la casa de mi amiga lista para descargar toda las emociones densas que me han acompañado durante los últimos días y Eli como la buena amiga que es, me escucha sin problema, me aconseja e incluso me dice que si me atreviera a salir con más hombres ya estaría casada y con tres bebés (la cantidad de hijos ideal según yo). Pero no puedo evitar pensar en maneras de rebatir cada una de las cosas que dice, mi mente está llena de “peros” que inundan mis pensamientos y tan solo me hacen sentir mal. Es frustrante, porque sé que es una cuestión de perspectiva, que en realidad la mala semana hace que me sienta más mal de lo normal y que si estuviera “bien”, podría pensar con claridad y evitar esa sensación desagradable en mi pecho. Pero así es la vida y tan solo me queda consolarme con pastelitos de coco y una cerveza bien helada, y después un espumante. No es tanto, pero hay que tener en consideración que es una botella para dos, así que cuando me levanto para ir al baño, el mundo comienza a girar y yo me siento mucho más ligera.
—Uy, cuidado— Eli se ríe y sorbe un poco de su copa.
—Sí estoy bien— entorno los ojos y el mundo se mueve un poco más.
Bueno, a lo mejor no estoy tan bien como creo, pero sí lo suficientemente sobria para llegar al baño sin partirme la cabeza. El problema es cuando debo sentarse, las cosas comienzan a girar y me dan una náuseas terribles, pero con un poco de agua en la cara y detrás del cuello me estabilizo.
Tiro la cadena, me lavo las manos y salgo del baño apoyándome en la pared.
—Hola.
Doy un brinco en mi lugar, pongo una mano sobre mi corazón y enfoco la mirada en Fabian.
—¿De dónde saliste?— le cuestiono con el ceño fruncido.
—Estoy esperando el baño.
—Ah— desvío la mirada, enfocándome en mis pies descalzos —, bueno, ya está desocupado.
—Sí— Fabian arrastra la vocal —. También quería hablarte de algo.
Ladeo la cabeza y todo el pasillo se mueve conmigo. Pestañeo e intento recuperar el equilibrio, esforzándome por verme sobria. Una adulta responsable, sí señor eso soy. No una veinteañera que todavía se embriaga en la casa de su amiga un día de semana, al menos hemos evolucionado y ya no es vino en caja sino champaña, es un gran progreso, muy maduro.
—Dime.
—Bueno, yo… mmh, o sea… Yo puedo ayudarte.
Ladeo la cabeza, arrugó el ceño y lo miro con toda la confusión que puedo por varios segundos, hasta que entiendo a que se refiere.
—¿Estabas escuchando?
—Hablas muy fuerte— es su excusa, incluso tiene el descaro de encogerse de hombros.
—Podrías haberte puesto audífonos o no sé, cualquier cosa menos espiar.
Agacha la cabeza, pasa una mano por su nuca y la deja ahí, luego levanta la mirada. Se ve encantador, arrepentido y mucho menor, lo que me hace recordar la diferencia de edad y el hecho de que no debería míralo con otros ojos que no sean los de una hermana mayor.
—Perdón, es cierto, no debería haberlas escuchado.
—Exacto.
—Aún así puedo ayudarte a…
—¿De qué me serviría tener un novio, o una falso, si es un niño?
Se endereza en tres segundos y da un paso hacia delante. Tensa la mandíbula y sus ojos se achinan, da otro paso hacia mí y como yo estoy ebria, no tengo la habilidad para reaccionar, así que me dejo acorralar contra la pared. Le permito que me agarre de la barbilla, alzandola con firmeza, obligandome a mirarlo. Sus ojos son de un color miel que jamás había notado antes, están acompañados por unas pestañas de impacto que me gustaría robarle. Aquel pensamiento me saca una risita (debe ser culpa del trago también). A Fabian no le gusta para nada mi reacción, sus dedos se clavan con más fuerza en mi piel, se acerca más a mí, tanto que es lo único en mi campo de visión.
—No soy un niño— murmura lentamente, sus labios se rozan contra los míos.
Inspiro sorprendida, bajo mis costillas, el corazón me tamborilea arrítmico e intenso, quiere que lo escuche, pero yo no tengo oído para sentimientos estúpidos. A pesar de lo afectada que me encuentro, entorno los ojos, sus dedos se entierran en mi barbilla un poco más.
—Solo un niño diría eso.
Su rostro se contorsiona con rabia por unos segundos, sus ojos me observan, analizan y evalúan, se mueven por todo mi rostro, recorriendo cada pequeño detalle, luego se devuelve a mis ojos y se queda ahí cuando deja caer la mano y retrocede un paso.
—Cierto
Por alguna razón extraño su tacto, el calor de su cuerpo y el aroma a viril, caro, mucho mejor que el que usan algunos de mis colegas. Sí, Fabian es un niño, tiene cara de ser uno también, se viste como uno, pero sé que no es tan inmaduro como uno y sabe usar perfume, una cualidad que siempre he validado.
Mis ojos se cierran y las manos me pican por buscar las de Fabian, volverles a poner donde estaban, pero no. No corresponde, no es algo que debería desear, ni mucho menos interesarme. Debe ser el alcohol que me ha afectado más de lo que yo creía. Mierda, ya debería irme a casa, pero he tomado demasiado para eso, quizás pedir un Uber, es mejor que estar aquí bajo el mismo techo que Fabian, quien me mira con sus ojos de perrito abandonado, esperando a que ceda a su propuesta. Pues no lo voy a hacer, es una pésima idea. Primero porque soy asquerosamente mala mintiendo, me río sola antes de empezar a hablar, tampoco soy buena guardando secretos, tengo voz de profesora, no sé cómo hablar bajo. Segundo, sería algo complicado de explicarle a Eli, además yo le gustaba antes a su hermano, sí era un crush de infancia, pero le duró hasta los doce, ¿qué pasa si ve esto como una oportunidad de intentar algo? No es que yo sea la gran cosa, pero podría suceder, después de todo casi me beso en el cumpleaños de Eliza —algo que había olvidado hasta ahora. Mierda. Lo mejor es mantener la distancia con él, pero como al parecer dos argumentos no son suficiente debo encontrar un tercero, y es que Fabi no es mi tipo de hombre, es demasiado delgado, tiene los dientes algo chuecos, su rostro tiene una cosa rara que no me termina de convencer y si voy a fingir estar con alguien, al menos que sea una persona que me atraiga, ¿no?
No sé.
Ahora me siento terrible por pensar esas cosas de él. No es que el físico me importe, tampoco es como si me creyera hermosa o atractiva como mínimo, pero por alguna razón necesito de esas mentiras para mantener bajo control la tentación de aceptar su propuesta. Y pronto comienzo a caer en excusas para no escuchar los argumentos antes impuestos: con un buen corte de pelo y una barba cuidada no se vería tan joven, con otra ropa se vería mayor, más ordenado y apuesto; si no conversara de anime ni mencionara que estudia, podría funcionar. Pero tampoco quiero forzarlo a ser algo que no es.
Y no es solo un tema de apariencias y comportamiento, tiene que ver con que inevitablemente los hombres son más inmaduros que las mujeres y por eso siempre me he sentido mejor con personas mayores que yo. Además, me gusta la idea de un hombre de más edad conmigo, alguien que tenga experiencia (en la vida y otras cosas), que ya haya aprendido a entender y atender a las mujeres, con un trabajo estable y una vida más allá de fiestas. Me gustan los hombres mayores, es inevitable. Culpa de mis Daddy Issues, pero es lo que me toco y me siento cómoda con ello, si tan solo pudiera encontrar un hombre así, pero el único que conozco es mi jefe y ya está casado. El resto de los hombres a los que les intereso tiene mi propia edad o son menores y eso por alguna razón hace que de inmediato me dejen de gustar.
Quizá yo soy la razón de mi soltería. Soy demasiado exigente, quiero vivir un cuento de fantasías y me olvido de que estoy en la realidad, donde no existen los principes azules, tampoco los villanos de cabello oscuro y ojos azules que hacen tus piernas temblar en segundos de haberlos conocido. Hombres mayores solteros, guapos, millonarios y dispuestos a empezar una relación. Definitivamente no el tipo de mercadería que encontrarías en una ciudad pequeña como la mía, principalmente porque pertenece al mundo real y los hombres así no existen.
—Quizá debo conformarme con Esteban— le digo a Eli después de volver del baño.
—¿No dijiste que aún vive con su mamá?— Hago una mueca y me encojo de hombros como si no tuviera importancia. —Piensa en las veces que quieras tener sexo con él o simplemente cuando lo vayas a ver y este su mamá ahí, y tu tengas que decirle: “hola tía”.
—Ugh, no, que asco, ya superé esa etapa.
—Eso creí.
—Pero, entonces, ¿a quién llevo conmigo a la fiesta de la escuela?
—A mí.
Doy un brinco en mi lugar, me pongo la mano en el corazón que ya late desbocado pero se acelera un poco más al ver a Fabi parado en el marco de la puerta. Mis ojos se desvían hacia Eli, esperando una reacción de su parte.
—No es tan mala idea— ladea la cabeza a un lado —, aunque quizás deberíad ir urgente al centro comercial, porque con esa ropa parecerías más su hijo adolescente rebelde, que cualquier otra cosa.
Enrarco mi ceja, queriéndole decir: “ves, yo tengo razón”, pero por supuesto eso no es suficiente para él, que tan solo parece escuchar una posibilidad de estar conmigo.
—Deja de espiar nuestras conversaciones— le digo entre dientes cuando Eli se levanta al baño.
—No estaba espiando, tan solo pillé lo último de la conversación cuando llegué— se encoge de hombros.
Bufo y cruzo los brazos como una niña taimada, en parte avergonzada por creerme lo suficientemente importante como para que él quiera escuchar lo que digo, pero por otro lado molesta con su insistencia.
—¿Tú no tienes clases?
—Son las ocho de la noche, ¿por qué estaría en clases?
Frunzo los labios, la vergüenza consumiendome de nuevo. Dios, ¿qué me pasa? En serio debo detener esto antes de que me confunda más o de que Fabi se lleve ideas equivocadas. También necesito hablar de mi miserable vida amorosa, o quizás el universo debería dejar de refregarme en la cara lo que no tengo.
✈️
—Vamos, Doris, ambos estamos solteros, deberíamos ir juntos— tuerzo los labios, sin saber qué otras palabras conozco para decirle que no —. Se mi pareja.
Mis ojos se desvían hacia la multitud de escolares terminando la jornada de clases, rogando porque alguien necesite de mí, apoderado, alumno, colega, cualquier cosa que me sirva como excusa para alejarme de Esteban, pero no tengo tanta suerte y él sigue esperando frente a mi, ansioso, casi saltando en sus pies por mi respuesta. El problema es que ya le he dicho múltiples veces que no me interesa ir con pareja, pero Esteban sigue sin entenderlo y estoy comenzando a llegar a mi límite. Aquello no puede ocurrir con un compañero de trabajo, mucho menos cuando estoy en el colegio, pero juro que si vuelve a preguntarme le daré la respuesta que quiere.
» Podemos hacernos compañía e incluso ir a beber algo luego de la fiesta— da un paso más hacia mí, sus ojos cayendo a mi escote, otra vez —, y más tarde podemos ir a algún lado más privado, conocernos mejor.
Okey, listo. Este es mi límite.
—Esteban— me aparto y veo como sus ojos se iluminan con emoción, pero ahora sí estoy lista para mandarlo a la mierda.
—Nana, que bueno que te encuentro, quería preguntarte de qué color es tu vestido para combinarla con mi corbata— cierro los ojos y estoy a punto de gruñir con frustración, pero por alguna razón me controlo —. Ah, hola, no te vi. Soy Fabian.
—Esteban— sus ojos se alternan entre nosotros —. Disculpa, ¿qué eres tú de Doris?
—Nada— me adelanto, temiendo que Fabian pueda llevar esto a otro nivel.
—Amigos— su mano cae a mi cintura, nada muy amigable a decir verdad —, pero quién sabe que seremos después.
—Nada porque estarás muerto— mascullo tan solo para él, mi mano cayendo sobre la suya y pellizcandola.
Fabian en vez de apartarse o quejarse, me devuelve el ataque clavando sus dedos con fuerza sobre mi cadera. Aprieta con una firmeza que me saca un jadeo, en parte por la sorpresa y porque… maldición, se siente muy bien. Tristemente Fabian relaja su mano, aunque se mantiene cerca de mí, su perfume genera cosas en mi cuerpo que me dejan desorientada y me quitan la concentración. No entiendo porque siempre huele tan bien, no tiene derecho, tampoco debería ser posible que su mano en mi cadera pudiera ocasionar tantas emociones en mí, pero por alguna razón mientras está tocándome mi cerebro hace cortocircuito. Es por eso que no soy capaz de alejarlo y le permito, o tal vez me permito a mí, que se quede a mi costado, con su mano en mí.
—Podrías haberme dicho que tenías pareja— me acusa Esteban.
«Como si eso hubiera cambiado algo.» Habría seguido insistiendo o habría pedido más explicaciones, y de todas maneras no es mi culpa, no es no y Esteban debería haberlo respetado la primera vez que me negué a ir con él.
—Bueno, ahora la sabes, así que ya puedes dejar de preguntar.
Las palabras salen de mi boca antes de que pueda controlarlas y me siento mal de inmediato, pero al mismo tiempo estoy tan harta de su insistencia, tan molesta con él, que no me importa. Las ganas de darme media vuelta y dejarlo ahí plantado son muchas, pero recuerdo lo que me dijo mi mamá: «Lo cortés no quita lo valiente», y me obligo a despedirme como corresponde para luego caminar con Fabian hacia la salida. Nos movemos entre la gente y llegamos a una parte detrás de un quiosco más tranquilo, no sé si yo lo arrastre ahí o él a mí, pero no importa, porque apenas estamos lejos del escrutinio de las personas, le digo todo lo que pienso.