Busco a mi amiga entre la multitud de personas. La encuentro bailando sobre la mesa, Carlos cuidándola desde abajo, evitando que se parta la cabeza. Me despido de él primero y como mi amiga está muy entretenida bailando, tanto que ni siquiera mis gritos escucha, le digo a su novio que le avise que me fui.
Recojo mi cartera, el abrigo que no tuve que usar y voy a la puerta, despidiéndome de los conocidos que me topo en el camino. De la nada toda esa cantidad de personas me abruma y quiero irme para poder respirar aire puro, pero cuando me acerco a la salida me dan ganas de dar media vuelta y esperar un poco más, o quizás intentar bajar por el balcón. Fabian está ahí, de brazos cruzados, barriendo con la mirada todo el lugar, hasta que sus ojos se encuentran conmigo. Primero es una pausa larga que me hace detener mi caminar, luego el inicio de un recorrido lento que parte desde mi rostro, baja por mi cuello expuesto a mi busto, después a mis piernas y luego lo repite, pero de vuelta. Deteniéndose más de lo que debería en mi escote, tomándose todo el tiempo para delinear mi figura y, por la manera en que me mira, para devorarme; pedazo a pedazo.
Se aleja de la pared con lo que parece indecisión, pero observandolo con más atención me doy cuenta de que en realidad es el desequilibrio propio de la borrachera.
—Te acompaño hasta tu auto.
Enarco una ceja y lo miro de arriba abajo, enfocandome bastante en su rostro. Los ojos enrojecidos, una sonrisa floja, los parpados casi cerrados. Sip definitivamente ebrio.
—No, apenas puedes mantenerte en pie. ¿En qué momento tomaste tanto?— ojeo la puerta con indecisión. Maldición. —Ven, te voy a hacer un café.
Intento agarrarlo de la mano, pero Fabi me esquiva.
—No soy un niño, deja de tratarme como uno.
—Solo estoy intentando cuidarte— argumento, el ceño fruncido en confusión.
¿Estaré siendo demasiado paternalista? Mierda, de verdad espero que no sea así. Pero es cierto que Fabian se ve demasiado ebrio y ni siquiera sé en que momento tomo tanto. ¿No tenía una cerveza en la mano? ¿O era otra cosa?
—Bueno, no necesito que me cuides.
Lo vuelvo a mirar, intentando descifrar qué tan borracho está de verdad y al mismo tiempo llegando a un acuerdo con mi propio instinto maternalista que quiere discutir con él sobre el tema.
—Bien, pero te quedas aquí.
Abro la puerta y no le doy tiempo para que me siga, cerrándola detrás de mi inmediato, pero por supuesto que él no obedece.
Sigo caminando, creyendo que ignorándolo se solucionaran todos los problemas. Llego hasta el ascensor y presiono el botón.
Me cruzo de brazos, impaciente, escuchando los pasos de Fabian acercándose. Cuando ya lo siento encima me volteo, sin saber muy bien que voy a decirle, pero no es necesario pensar en nada, porque mis labios son aplastados por los suyos. Mis ojos se agrandan, todo mi cuerpo se congela y no tengo ni idea de que hacer.
¿Qué haces cuando el hermanito de tu mejor amiga te besa?
No devolverle el beso, en definitiva.
Y es exactamente eso lo que hago. Lo aparto con un empujón, me limpio la boca con el dorso de la mano y lo miro, dispuesta a darle un discurso sobre el consentimiento y la diferencia de edad y los límites entre amigos, pero no consigo que ninguna palabra salga de mi boca. La misma boca que él beso, que ahora sabe a vodka de frambuesa, que sigue húmeda por la presión de sus labios, y…
Mierda, no.
Sacudo la cabeza irritada, mucho más alterada de lo que debería.
—Esto jamás sucedió— lo apunto con un dedo y luego paso por su lado en dirección a las escaleras de emergencia.
Un poco de ejercicio me hará bien para despejar la mente.
✈️
Existen diferentes tipos de responsabilidades en la vida, están aquellas que uno disfruta, las que son más bien una obligación. Responsabilidades impuestas, otras que uno asume y después se da cabezazos contra la pared, lamentando haberlas tomado. Las responsabilidades personales y familiares. De todas, esta última es mi menos favorita. No entiendo en qué punto se empezó a esperar que la familia estuviera siempre unida, sin importar lo idiotas o dañinos que pueden ser algunos miembros. No es que mi familia sea muy tóxica, pero no entiendo porque debo amarlos y preocuparme por ellos cuando nunca han hecho lo mismo por mí. Con el tiempo encontré mi propia familia y estoy feliz con ella, esta otra tan solo es un estorbo para mis planes. Okey, tan poco es tan así, de alguna manera los quiero y me preocupo por ellos, sino les hubiera dejado de hablar hace tiempo y hubiera dejado de ir a las cenas familiares. Aunque de estas logro escaparme de vez en cuando, usando de excusa el trabajo, ya llevo ausentandome dos semanas, así que es tiempo de que haga una aparición. Mamá preparará lasaña, así que ese es un buen incentivo también.
Después de una intensa jornada de trabajo, porque al parecer ningún niño quería prestar atención hoy, guardo mis cosas y voy a la casa de mi hermana, donde toca comer esta semana. La próxima me toca a mí, así que debo comenzar a limpiar y ver dónde esconderé las torres de papel que tengo por todos lados. Como traductora y profesora es difícil mantener un orden.
—Nana— mi madre me da un abrazo sin tocarme con las manos ya que las tiene manchadas de algo.
—Mamá, ¿cómo has estado?— pregunto algo tensa.
Ella me suelta y da media vuelta, caminando hacia la cocina. La sigo de cerca, evitando las fotos de pareja que mi hermana tiene colgadas por todos lados.
—Bien… bueno, ya sabes, organizando bingos y una rifa, ¿te conté que nos iremos de viaje?
—No, ¿para dónde irán?— curioseo, deposito las bolsas de mercadería en el mesón de la cocina.
Me acerco para saludar a mi hermana que corta verduras y a mi padre que tiene una copa de vino en la mano y lee algo en su celular.
—Al sur, queremos ver las ballenas y los delfines. Si conseguimos el dinero podemos ir en barco.
Mi madre, arrastrando a papá también, se unió a la junta de vecinos, específicamente a la parte de los adultos mayores y es increíble la cantidad de dinero que tienen y todas las actividades que realizan. Estoy segura de que salen más que yo.
—Wou, que genial. ¿Y cuando irían?
—No lo sé, estamos decidiendo aún.
Asiento. Le pregunto a Ana cómo está, luego a mi padre y cuando aparece mi cuñado también a él. Es la rutina. Cada uno me responde, todos sinceros, contándome sus problemas o alegrías. Cuando llega Mateo, mi hermano menor, nos sentamos a comer.
La lasaña está deliciosa y todos nos repetimos.
Ya en la sobremesa tenemos más tiempo para conversar. Mamá por supuesto que empieza a preguntar, no tan sutilmente sobre nuestras parejas. Mateo, que nunca le ha importado nada de lo que nadie le diga, responde con sinceridad.
—No estoy interesado en tener novio.
—Bueno, pero en algún momento tendrás que formar una familia.
Mateo no le presta atención y sorbe de su copa de vino.
—¿A qué edad te casaste con papá?— pregunto para desviar la atención de mi hermano.
Y resulta porque mamá suelta un suspiro soñador y busca la mano de mi padre, quien se la entrega sin problema, luego se la lleva a los labios para plantar un beso dulce. Ugh, a veces me dan asco, otras, desearía tener lo mismo que ellos.
—Veinticinco, un poco tarde déjame decirte.
—Tenía tu edad, mi amor— escucho a León decir y por algún motivo antes de que se ponga de pie ya sé que sucederá.
No por favor. No puedo tolerar que mi hermana se case antes que yo, no en este momento en donde parece que mi vida no va a ninguna parte y todos avanzan menos yo.
Ana está llorando y asintiendo antes de que su novio, ahora prometido supongo, pueda decir algo. De igual manera él da su discurso, explicando porque la ama tanto y porque quiere pasar el resto de su vida con ella, y otras mierdas que mi cerebro no procesa, pues estoy demasiado preocupada por mí y lo que significará para mi vida. Ugh, mamá jamás me dejará tranquila.
Mi hermanita se casa y yo no he sido capaz de mantener una relación que dure más de cinco meses, creo que mi prima menor ha estado más tiempo con su novio. Bueno, puede que el ámbito romántico no sea lo mío, pero al menos tengo un trabajo que paga bien, mejor de lo que le pagarían a un profesor promedio y con las traducciones que hago tengo un promedio mensual decente.
En fin, no debería estar pensando en estas cosas ahora, debo enfocarme en mi hermana, en felicitarla por esta gran noticia y mostrar toda la emoción que muy dentro de mí siento. Después de todo está con León desde hace cuatro años y se merecen ser felices juntos.
Siento que estoy llegando a la paz con el asunto, hasta que el día siguiente un colega también se le propone a su mujer en la sala de profesores. Para estas alturas ya todo me vale madres y tan solo quiero ir a mi casa y hacer una maratón de comedias románticas, ahogándome en la autocompasión porque jamás tendré una historia así, o un amor así en su defecto. Pero no puedo porque ese es el día que voy a ver a mi abuela al hogar de ancianos y ella no merece que la abandone por algo tan básico como que no sé mantener relaciones.
Por acuerdo de mis tíos y petición de su madre, hace tres años que vive en un asilo. Debido a su arduo trabajo y a lo bien que le va a la familia, pudieron ponerla en un buen lugar donde tiene actividades recreativas, come rico y nutritivo, ve toda la tele que quiere y no molesta a nadie. No es que lo hubiera hecho antes, pero con algunos problemas en las articulaciones que le impiden moverse con libertad y le dificultan ciertas actividades, requería constante cuidado y ella prefirió que pagarán un lugar antes de dejarle esa carga a un m*****o de la familia.
Al llegar al centro de cuidado debo hablar con las enfermeras para poder ingresar y ser llevada a la sala común. Mi abuela está sentada en la mesa, frente a otra señora de edad, jugando dominó con una sonrisa arrogante adornando sus labios delgados. La enfermera llama su nombre, sobresaltandola y haciendo que se le caigan las fichas, por lo que ella, como la dama refinada que es, suelta el glosario completo. La contrincante le ve las fichas y pone sobre la mesa aquella que la llevara a la victoria.
—Perdón, abu — me acerco para darle un peso y sentarme a su lado —. Hola Cindy.
La otra abuela me saluda de vuelta.
—No importa, es la primera vez que Cindy gana en como diez partidas.
La mujer en cuestión tan solo asiente con la cabeza y empieza a dar vuelta las fichas para poder revolverlas, mientras tanto yo me dedico a ponerme al día con mi abuela.
—Ana se va a casar.
—No, ¿en serio? ¿Con el abogado?— Asiento —Ah, esa niña sí que es habilosa. Yo debería haber hecho lo mismo, en vez de casarme con tu abuelo que fue militar, fue a la guerra y me dejó viuda.
Entorno los ojos y contengo una risa. Rosa, mi abuela, siempre habla de su difunto esposo como si fuera una molestia, pero todos sabemos que jamás se recupero de su muerte. Se podría decir que el humor se utiliza en la familia para superar las penas, o para evitarlas, no lo sé.
—Y usted, ¿cuándo se casará? Ni siquiera al novio le conozco.
—Abuela, yo no tengo novio.
—Yo a tu edad tenía tres hijos ya, ¿o no? A ver, ¿cuantos años tiene usted mijita?
La tentación de mentirle es real, porque lo cierto es que a mi edad iba por el sexto hijo y ya estaba viuda. Pero sé que es algo estupido, considerando las generaciones de diferencia, no debería compararme, pero las comparaciones son el único método de validación que conozco y en este momento me estoy viendo perjudicada.
—Treinta y dos— me obligo a decir.
Mi abuela se sume en un relato sumamente interesante de sus años de juventud y cuando dan las ocho, yo sigo aquí sentada escuchándola con atención y no quiero irme, pero es la hora de la cena. Yo misma necesito ir a mi casa a comer y organizar todo lo que necesito para mañana. Más papeles, pruebas, tareas, actividades. No sé a quien se le ocurrió decir que los profesores trabajan poco cuando pareciera ser que jamás se me acaban los “pendientes” y hace años que no duermo profundamente, pensando en que haré para tal curso, las mejores maneras para enseñar, cómo puedo hacer que se enamoren del idioma tanto como yo. Es realmente difícil y ahora entiendo a mi profesor de matemáticas, que siempre se quejaba de lo complicado que era el trabajo, la ética profesional no existía con él, pero ahora entiendo un poco porque. Para lo infravalorado que estaba su servicio, yo también diría lo que quisiera y pasaría quejandome. Es como si lo llamara con la mente, porque el jueves, mientras me doy una vuelta por el centro comercial, lamentándome por la estúpida fiesta de compromiso de unos colegas, me topo con mi profesor del colegio.
La charla va algo así, en las líneas de: estás tan grande, tan bonita, ¿qué tal el trabajo? ¿Ya tiene hijos? ¿Novio? Ante mi negativa traga con dificultad y dice ¿pareja? Vuelvo a sacudir la cabeza. De ahí en adelante la conversación se vuelve incómoda y ambos buscamos excusas para irnos, lo peor es que volvemos a encontrarnos en la salida del estacionamiento. Pathetic.