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Herederos Del Caos

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Blurb

Durante veinte años, la academia de magia más antigua del mundo sobrenatural permaneció cerrada y sellada. Nadie habla de por qué. Ahora, sus puertas se reabren con una única generación de estudiantes de primer ingreso, sin veteranos que los guíen.

Diana, de dieciocho años, ha crecido en el mundo humano como hija de una bruja benévola. Esconde un secreto que ni ella controla del todo: su sangre es medio celestial, y esa “sangre de luz” despierta en ella un poder que debe ocultar a toda costa. En su primer día se pierde con Coralie, una dulce y despistada sirena, y ambas terminan en el Ala Oeste, un sector prohibido. Allí las atrapan y las mandan a un salón de castigo, donde conocen a los otros cuatro infractores:

Blair, una súcubo sarcástica y rebelde.

Caspian, un vampiro de sangre pura, arrogante y aristocrático.

Ronan, un híbrido de lobo capaz de volverse invisible.

Bastian, un gigante gentil de fuerza descomunal.

Los seis quedan asignados al mismo pasillo de la Torre Norte. Cuando se cuelan de noche en el Ala Oeste, descubren una puerta de hierro sellada con magia antigua. Al tocar la barrera, Diana desata sin querer algo que lleva dos décadas encerrado, y esa cosa empieza a golpear desde el otro lado.

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Capitulo 1 Las puertas se abren
El mundo humano siempre había sido ruidoso, predecible y, sobre todo, seguro. Durante dieciocho años, Diana había caminado entre multitudes sin que nadie notara nada extraño en ella, salvo quizás su cabello, tan blanco como el papel, y el azul inusualmente brillante de sus ojos. Pero mientras el carruaje tirado por caballos espectrales atravesaba las enormes puertas de hierro forjado de la academia, esa sensación de seguridad se evaporó. Frente a ella se alzaba una fortaleza de piedra oscura que parecía haber sido tallada en la misma montaña hacía siglos, con torres góticas que perforaban las nubes bajas y gárgolas que, bajo las sombras, parecían estar respirando. A su lado, su madre suspiró, con los ojos brillantes de nostalgia. Era una bruja benévola de sonrisa cálida, la misma mujer que le había enseñado a canalizar hechizos curativos básicos en la cocina de su pequeña casa. "Sigue exactamente igual que hace veinte años", murmuró, acomodando un mechón blanco detrás de la oreja de Diana. Durante todo el viaje, no había dejado de relatarle anécdotas de su propia juventud en aquellos pasillos, de los encantamientos que salían mal y de los bailes bajo la luz de la luna. Sin embargo, no mencionó ni una sola vez la razón por la cual esos enormes pasillos habían estado vacíos y sellados durante dos décadas. Nadie lo hacía. El patio de entrada era un mar de equipajes y estudiantes, y Diana sintió que el aire se le atascaba en los pulmones. Acostumbrada a la vida ordinaria, el impacto de tener magia tan cruda y peligrosa a su alrededor fue abrumador. Vio a un grupo de jóvenes de piel ridículamente pálida moviéndose con una gracia felina que desafiaba la gravedad, envueltos en abrigos de terciopelo. A lo lejos, un chico de hombros anchos levantaba cuatro baúles pesadísimos como si estuvieran llenos de plumas. Diana bajó la mirada, apretando la correa de su bolso. Ella solo era la hija de una bruja y de un hombre bueno al que nunca conoció. O al menos, eso era lo que tenía que recordar y proyectar. Muy en el fondo de su pecho, un calor extraño y vibrante —esa herencia celestial latente e indomable— pareció agitarse en respuesta a la energía del lugar, obligándola a respirar hondo para mantenerlo a raya. Siguiendo a la multitud y despidiéndose de su madre con un abrazo apretado, Diana se adentró en el inmenso salón principal. El techo era una bóveda de cristal que reflejaba un cielo tormentoso, y cientos de candelabros flotaban en el aire, arrojando una luz dorada sobre las interminables hileras de asientos de madera tallada. El murmullo de cientos de voces cesó abruptamente cuando un director de porte severo y túnica impecable subió al estrado. Su voz resonó en cada rincón del salón con un eco mágico. "Bienvenidos", pronunció el hombre, con una mirada gélida que parecía escanear los linajes de cada presente. "Hoy es un día histórico. Por primera vez desde nuestra clausura hace veinte años, estas puertas vuelven a abrirse. Todos y cada uno de ustedes son estudiantes de primer ingreso. No hay veteranos que los guíen, ni años superiores que les marquen el paso. Son la primera generación de una nueva era". Hizo una pausa calculada, obviando por completo el motivo oscuro que los había mantenido cerrados. "Las reglas de convivencia serán absolutas. Sus poderes serán evaluados, pulidos y, de ser necesario, contenidos. Aquel que rompa el pacto de paz dentro de estos muros, descubrirá que hay destinos peores que la expulsión". Diana tragó saliva, sintiendo la pesadez del ambiente. Fue entonces cuando reparó en la chica sentada a su lado. En medio de toda esa atmósfera opresiva, la joven parecía irradiar una luz propia, suave e inofensiva. Su cabello era de un precioso tono rosa pálido, salpicado de forma natural por delicados mechones blancos que caían sobre sus hombros. Olía a brisa marina y a flores de sal. Al darse cuenta de que Diana la miraba, la chica le dedicó una sonrisa amplia y dulce, sin rastro de la arrogancia o la hostilidad que emanaban de los herederos a su alrededor. —Soy Coralie —susurró, inclinándose un poco con entusiasmo, ignorando por completo a un chico con aspecto de lobo que les gruñó por lo bajo desde la fila de atrás para que guardaran silencio—. Creo que me he perdido un poco con lo del mapa de las habitaciones. ¿Tú de casualidad sabes si los cuartos tienen bañeras inmensas? Lo pregunto por... bueno, comodidad. Necesito estar en remojo de vez en cuando. Diana no pudo evitar sonreír sinceramente, sintiendo que una fracción del peso invisible se levantaba de sus hombros. En aquel nido de depredadores, herederos elitistas y secretos guardados durante veinte años, parecía haber encontrado a alguien tan tierna y fuera de lugar como ella.

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