—¿Qué se siente? —Le pregunté, colocando mi cabeza sobre sus piernas. Cerré mis ojos y me abandoné en la manera en que Luca acariciaba mi cabello. Nunca me había sentido tan cómoda al estar cerca de una persona; amaba la hora que pasaba al día a su lado, hablando de su vida y la mía. Estaba segura que nadie podía conocerme mejor de lo que él lo hacía.
—¿Estar ciego? Es como vivir en una eterna noche; una noche donde sabes que nunca verás salir la luz del sol.
Torcí una sonrisa.
—No me refería a eso. Yo no pienso que tú estés ciego; simplemente pienso que tú tienes la habilidad de ver cosas que nadie más puede ver.
Dejó escapar un lento respiro.
—Es simple; únicamente debes de imaginar el mundo en el que te gustaría vivir y eso es lo único que verás. Debes enfocar tu alma en lo bueno que te rodea, y cegarte a todo aquello que te haga daño.
—Quiero ver lo que tú ves —le confieso. Abro mis ojos y una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios.
—Tú puedes llegar a ver mejores cosas de las que yo puedo ver.
—¿Dónde te habías metido, Luca? —Levanto mi mano derecha y acaricio suavemente su mejilla; él pone su mano sobre la mía y la presiona aún más contra su mejilla; un lento suspiro se escapa de sus labios. Sonrío al darme cuenta que no sólo yo me siento de esa manera.
—Siempre he estado aquí, Abigail. Y siempre estaré aquí.