—Y entonces… Eres hombre —le dije a Billy cuando me acerqué a él.
Estaba recostado a su casillero, viendo hacia la nada con el ceño fruncido. Me miró y rió.
—Siempre he sido hombre, Abby.
—Bueno, ya sabes… te gustan las mujeres —alargo frunciendo los labios y levantando las palmas de mis manos al aire.
—Nunca les dije que fuera gay. Ustedes siempre lo creyeron… Y cuando Amy comenzó a desvestirse frente a mí —bajó la cabeza y rió—. ¿Por qué no seguir fingiendo? —dijo levantando los hombros.
Negué con la cabeza y reí.
—Eres de lo peor, Billy.
—Lo sé —suspiró—. ¿Está muy cabreada?
—Sí. Mucho —contesté.
—Somos amigos desde hace años; no sé por qué siempre creyó que yo era gay. Nunca le di una razón —dijo en voz baja—. Pero lo cierto es que siempre me ha gustado… y mucho.
—Dale tiempo, Billy —me acerqué a él y le di un abrazo. Me rodeó con sus brazos y suspiró—. Tú más que nadie sabe cómo es Amy de impulsiva. Ya se le pasará…