—No te muevas. —Apenas reconocí el gruñido en mi voz; me di cuenta de que la bestia no aceptaría un rechazo, no esta vez—. Eres mía. —¿Dax? ¿Qué estás...? Con una agilidad y precisión nacida de la necesidad, introduje el lubricante y el tapón dentro de su estrecho culo; la imagen del mango sobresaliendo de su trasero me hizo gruñir de verdad. —Mía. Era la única palabra que era capaz de pronunciar en ese momento; mi cabeza estaba repleta de esa palabra, llena de deseos de follarla, de reclamarla, de follarla otra vez. Necesitaba el aroma de su sexo recubriendo mi m*****o, necesitaba sus gritos de placer en mis oídos, necesitaba sentir el delicado roce de su sumiso cuerpo en mis manos e impregnar mi aroma en su piel. —Puedo ser tuya, ¿pero por qué me has metido esa cosa en el culo? —Se

