11 Sarah Con mis brazos fijos sobre mi cabeza y un gigante casi irreconocible follándome, conmigo de espaldas a la pared, un fuerte aroma masculino y almizcleño invadió mis fosas nasales hasta que me embriagué con el aroma de su lujuria, de su piel. Acercó mi cabeza a su pecho y froté mi mejilla contra él, impaciente por deleitarme con mi compañero. Olía mucho mejor que cualquier fragancia que pudiese imaginar. Olía a ferocidad, a dominancia; olía a seguridad y a algo que me pertenecía. Mordí su pecho, lo suficientemente fuerte como para apaciguar mi propia necesidad de marcarlo, de hacerlo mío tal como él me reclamaba a mí. Y demonios, ¡realmente me estaba reclamando! Al oír su gruñido supe que era mío. Lo supe. El hecho de que se hubiese contenido por tanto tiempo era prueba de su for

