CAPÍTULO 2
JAZZY
Jazzy observó la pantalla del móvil con fastidio. Su hermana había cancelado los planes que tenían para cenar. Otra vez. Se hacía una idea de por qué a Carmen la había sobrevenido una «migraña» tan repentina. La última vez que le hizo una visita sorpresa, no pudo taparse los moratones a tiempo. Pues sí que «se caía» mucho por las escaleras. Joder. Iban a hablar muy seriamente de la mierda de matrimonio que tenía, y pronto; en cuanto Jazzy terminase un asunto del que se estaba encargando actualmente, que era asistir a un almuerzo obligatorio en casa.
Ser la nieta de Antonio Rossi ―el banquero de los criminales― implicaba cumplir varias obligaciones. Como que, cuando se te llamaba, debías acudir.
Sus primas, Mary y Gina, ya estaban sentadas a la mesa del comedor. Su abuelo se encontraba presidiendo dicha mesa, mirándola con impaciencia.
―Llegas tarde.
―Lo siento, nonno. Tenía que atender unos asuntos.
―Siempre con asuntos. ―La regañó―. Tus asuntos y tu ordenador. Deberías encontrar un marido y casarte.
La opinión de su abuelo acerca del propósito de una mujer en la vida era muy antigua; es decir, casi anticuada. Puso los ojos en blanco, le dio un beso en la mejilla y se sentó a su lado.
Una vez les hubieron servido la comida, su abuelo se aclaró la garganta.
―Hace veinte años perdí a un muy querido amigo mío, Giacomo Detta, el sicario de la familia Scolini, en una lucha territorial. Ayer me reuní con sus hijos. Son hombres fuertes y competentes, sobre todo el mayor, Giovanni Detta; o Gio, como lo solía llamar su padre. Gio se ha mostrado interesado en Rossi Enterprises durante este año y he decidido cederle las riendas de la empresa que construí para la siguiente generación. Jamás os he hablado de los pormenores del negocio, pero estos últimos años han sido complicados. Necesitamos su dinero, o de lo contrario quebraremos.
La sala se sumió en el silencio hasta que su prima mayor lo rompió.
―¿Qué? ¿Cómo ha podido pasar algo así? ―Gina tenía la cara pálida.
El dinero era prácticamente el mejor amigo de Gina. Jazzy no la imaginaba comprándose algo que no fuese de diseño o de alta costura.
Mary simplemente parecía preocupada. Quizá rumiase acerca del posible impacto que podría tener la quiebra en la salud de su abuelo. Siempre anteponía al resto antes que a sí misma.
En apariencia, las dos hermanas se parecían mucho, excepto por su forma de vestir; Mary tenía un estilo mezclado entre elegante y la marca Free People, y prefería lucir vestidos acampanados y el pelo rizado recogido en trencitas.
―Sin embargo, he encontrado la solución a nuestro problema ―prosiguió su abuelo―. He ofrecido entregarle mis acciones de Rossi Enterprises a Giovanni a cambio de que se case con una de vosotras. Él ha accedido. Me ha dado su palabra de que el matrimonio durará dos años como mínimo. Debería ser tiempo suficiente para procurarle un heredero y consolidar un puesto en la familia Detta. Gio vendrá a cenar esta noche para conoceros. Espero veros a todas a la mesa.
Y con eso, a Jazzy se le quitó el apetito.
―Me han entrado náuseas. Disculpadme, no quiero vomitar en la mesa.
Se negó a oír una sola palabra más, se levantó y fue a cambiarse y a ponerse su ropa de correr. Necesitaba despejarse con urgencia.
***
Cuando Jazzy regresó de su carrera vespertina, se encontró a Gina en el vestíbulo.
―Que no se te olvide echarte un poco de Chanel sobre ese vestido tan elegante ―exclamó Jazzy, lo que provocó que Gina la atravesase con la mirada mientras se ponía guapa frente al espejo.
Al contrario que Mary y Gina, Jazzy no se había quedado el tiempo suficiente como para escuchar los pormenores de la bomba que soltó su abuelo. No le costaba descifrar la razón de por qué Gina había permanecido sentada a la mesa. Y Mary, bueno, era demasiado educada como para increpar a nadie, y mucho menos a su abuelo.
Sin embargo, Jazzy no se amilanaba a la hora de hacer un corte de mangas, aunque fuera a su nonno. Que no se amilanaba en su mente, más bien. Aunque a veces el malhumorado anciano la desquiciaba, lo quería, y jamás le faltaría al respeto de esa manera. Pero aquello no significaba que se fuera a quedar sentada a la mesa escuchando unas excusas arcaicas de mierda para un matrimonio concertado. Ni siquiera contemplaría la posibilidad de unirse voluntariamente a ese Detta. Su objetivo era desligarse de esa vida, no sumergirse en ella. Tenía planes de futuro; planes que no involucraban a un estúpido controlador, como sin duda sería ese tipo.
Una simple búsqueda en Google había confirmado que daba el perfil de magnate multimillonario. Alto, de pelo oscuro, y atractivo. Si a eso se le sumaba su dinero, retrataba a un hombre caprichoso y maleducado acostum-brado a obtener todo lo que quería. Un hombre que tomaba, pero no daba nada a cambio. El matrimonio de su hermana ya era prueba suficiente de lo que un hombre como Detta era capaz de hacer. De cómo podía arrebatarle la vida y la luz a una persona.
―¿Eso es lo que vas a llevar esta noche? ―Fue imposible no advertir la mirada desdeñosa de Gina.
Jazzy bajó la vista hacia sus cortos pantalones deportivos de color rosa y su camiseta sin mangas gris. Estaba sudada tras volver de correr y era evidente que se iba a cambiar después de darse una ducha. Aunque, al fin y al cabo, el conjunto que había escogido para la cena ―unos vaqueros ceñidos y una simple blusa de seda― tampoco obtendría el visto bueno de Gina. A su prima le gustaba hacerle sentir que vestirse con cualquier cosa que no fuese un vestido de diseño era una pena capital.
Bueno, pues no pensaba arreglarse para que Detta se fijara en ella como si estuviese comprando un caballo.
―Claro que sí ―mintió Jazzy mientras le mandaba un mensaje a Tommie. Su colega de la universidad y socio le había enviado unos archivos que necesitaba revisar. Su plan de negocios iba viento en popa, aunque había algunos asuntos que debían cerrar.
―Supongo que no vas a lanzarte a por él ―exclamó Gina con desprecio.
―Por supuesto que no, y tú tampoco deberías. ―Puede que no siempre estuviesen de acuerdo, pero no le desearía a ninguna mujer vivir la situación de su hermana.
―Para ti es fácil decirlo. Siempre has sido la favorita. El viejo no es capaz de negarte nada, siempre te ha dado más libertad que al resto. ―En esta ocasión, la acidez en las palabras de Gina fue algo innegable. Consiguió que incluso Mary alzase la vista del sofá.
―Eso no es cierto ―rebatió Jazzy.
―¿Que no? ¿A quién le permitió vivir en una residencia de estudiantes? ¿A quién permitió irse de viaje a Canadá?
Jazzy permaneció muda durante un momento. Jamás había tenido esas cosas en cuenta. Viéndolo así, quizá su abuelo sí que le había dejado más libertad, o eso parecía desde fuera. Gina no tenía ni idea de lo que había vivido Jazzy; la conducta autodestructiva que había adoptado. Pelearse con cualquier chaval que la mirase raro y prepararse para golpear antes de que la pudieran atacar siquiera. El tan famoso «viaje» había sido a un campo de entrenamiento personal. En un intento desesperado por evitar que le hicieran daño, su abuelo la había encerrado con un profesor de artes marciales durante un mes entero. Hasta que hubieran golpeado a Jazzy las mismas veces que fuera capaz de levantarse. Hasta que por fin recuperó el control sobre su cuerpo y su vida. Hasta que dejó de despertarse por las noches debido a las pesadillas, gritando. Hasta que su abuelo fue capaz de aceptar lo que había sucedido bajo su propio techo. Algo de lo que se sentía culpable hasta ese mismísimo día.
―No sabía que pensaras eso de mí.
Gina resopló.
―Claro que no. Lo único que te importa es tu adorado portátil. Vamos a perderlo todo si una de nosotras no se casa con ese hombre. Puede que tú seas capaz, pero yo no pienso ser egoísta. De todas formas, jamás tendré total libertad, así que la decisión es simple. Si voy a vivir en una jaula de oro durante el resto de mi vida, prefiero que sea una buena, la mejor. A Gina Rossi no le va la pobreza.
Y, por supuesto, casarse con ese hombre no le resultaría difícil. Al fin y al cabo, Giovanni Detta estaba bueno. Parecía tener ojos fríos, pero, tal y como lo veía Gina, sus ingresos lo compensaban. Gina lo consideraría una subida de categoría en comparación con su última pareja, un millonario del mercado de valores.
Imaginaba que, desde un punto de vista práctico, Gina tenía razón. Debido a sus antecedentes familiares, un hombre común y corriente no soportaría a su familia y todo lo que esta conllevaba. A menudo su abuelo les recordaba que las podrían usar como moneda de cambio. Que podían hacerles daño si un acuerdo no llegaba a buen puerto. De ahí el credo de «tenéis que formar parte de una familia fuerte». Algo que ella hubiera rebatido si su tío no hubiera muerto hace años en un atropello con fuga.
―Gina, por favor ―interrumpió Mary desde la otra punta del vestíbulo―. Pensaba que te alegrarías. Al fin y al cabo, así tienes menos competición. ―Le guiñó el ojo a Jazzy en un evidente intento de distender el ambiente.
―Ya. ―La mirada de Gina dejó claro que no consideraba a Jazzy una rival en absoluto. Se giró con una sonrisa confiada y se dirigió arriba.
Gina, por supuesto, tenía razón. Al fin y al cabo, era como una diosa italiana: alta, de pelo rubio rizado y brillante, y siempre iba enfundada en un vestido de diseño. Por otro lado, Jazzy era una mujer voluptuosa que solía llevar vaqueros ceñidos y desgastados, botas de motero y que no encajaba precisamente en el perfil de esposa de la alta sociedad.
―¿Cómo estás? ―Le preguntó Mary mientras se acercaba a ella―. Apenas te he visto desde el funeral de Mike.
―Estoy bien. ―No quería hablar de las secuelas de la muerte de su amigo. No había nada que decir. Había vivido, se había visto arrastrado por aquel terrible monstruo denominado cáncer, y había muerto. El mundo había perdido una fuente de luz más; el universo, una estrella. Y, sin embargo, la basura como el marido de Carmen tenía la oportunidad de vivir una vida plena y saludable. A veces no se impartía justicia en el mundo.
Mary le lanzó una mirada pensativa.
―Siempre dices que estás bien.
―¿Y tú? ¿Quieres que te saque de aquí? ―Le preguntó Jazzy de broma, en un intento desesperado por cambiar de tema. Sabía que Mary nunca se escaquearía de sus obligaciones ―así era como lo veía ella― ni se marcharía. Pero, si así fuera, Jazzy encontraría la manera de sacarla de la mansión antes de la cena. Había visto coches aproximarse a lo lejos. Los hombres se encontraban hablando de negocios en la biblioteca en aquel mismo instante. Todavía les quedaba una hora. Escaparse a hurtadillas sin cruzarse con Detta no les resultaría difícil.
―En realidad, quiero quedarme. ―Las mejillas de Mary se tornaron de un color rosado―. Y ver adónde conduce.
―¿Sí? ―preguntó Jazzy, incapaz de ocultar su sorpresa.
―Yo no soy como tú ―respondió Mary de forma suave―. Sólo quiero ser madre y tener una familia. Y puede que él sea el elegido. O puede que no. Pero quiero tener la oportunidad de descubrirlo.
―Pero piensa en la vida que tendrías siendo la mujer de un hombre como Giovanni Detta. ―La previno Jazzy―. Seguro que tiene enemigos. Nadie se convierte en multimillonario a su edad sin tener trapos sucios escondidos. Tendrías escolta allá donde fueras durante el resto de tu vida. ―Y también le daba la sensación de que un hombre como él tendría a su esposa atada corto.
Mary enarcó una ceja.
―¿No tenemos ya?
―Sí, pero es por nonno. Si te casases con alguien que no perteneciera a este mundo, no volverías a necesitar guardaespaldas. Serías libre. ―O, al menos, así imaginaba su vida.
―Me gusta la seguridad que me proporciona confesó Mary mientras sus ojos se desviaban a la cicatriz en la muñeca de Jazzy. La cicatriz que casi le había impedido usar el brazo―. Necesito sentirme segura. Desde aquella noche… si no hubiera sido por ti, Jazzy…
―No hables de esa noche, por favor. ―La interrumpió.
―Lo siento. ―Mary lució arrepentida al instante.
―No te disculpes. Soy yo la que siente haber sido brusca. Pero no quiero hablar de ello… «Jamás».
―Nunca quieres ―suspiró Mary.
―Bueno, dime, ¿qué tal la terapia? ―Jazzy se sentía con la obligación de preguntar, a pesar de que una parte de ella no quisiera.
Mary se animó al instante.
―De hecho, va muy bien; es decir, han pasado más de diez años y todavía tengo mucho que digerir, pero voy por buen camino. Me encantaría que tú también fueses a ver al doctor Stein en vez de encerrarte en ti misma. Por cierto, me preguntó por ti y cómo lo llevas. Es decir, sé que no tengo la culpa de…
―Claro que no. Eras una niña.
―Y tú también, Jazzy. Tú, también. A veces creo que se te olvida.
No es que se le olvidara como tal. Era simplemente que había dejado de serlo desde que sus padres murieron el día antes de su décimo cumpleaños. Y lo irónico del asunto fue que no había sido obra de ninguna de las otras familias. De hecho, no tenía nada que ver con los negocios de su padre o de su abuelo. Sólo las condiciones atmosféricas fueron las únicas responsables del accidente de coche que los mató. Eso, sin embargo, había instado a Jazzy a cuidar de la familia que le quedaba.
Y hablando de la familia que le quedaba, su abuelo acababa de doblar la esquina. Miró por encima de su hombro con curiosidad para ver si Detta lo seguía, pero no fue así. Cuando la mirada de su nonno se clavó en su ropa deportiva, esperó que la regañase. La sorprendió, sin embargo, al hacerle un gesto para que se acercase.
―Iba a cambiarme antes de la cena ―murmuró. No quería que pensase que le faltaría al respeto presentándose ante sus invitados cubierta de sudor.
―Necesito algo de la caja fuerte. Tráeme el reloj de bolsillo.
―¿En serio? ¿Ahora?
La rutina de mandarla a abrir aquella caja fuerte casi prehistórica había empezado cuando ella se hizo daño en el brazo. El filo que casi le había cortado la muñeca había dañado sus nervios y había estado a punto de hacerle perder la fuerza en el brazo. Lo que vino a continuación fue un proceso de recuperación espantoso. Su abuelo, con lo malhumorado que era, había desempeñado un papel esencial en su recuperación. Cualquier abuelo normal le habría dado una pelota blanda para que la apretase con la mano. El suyo le había enseñado a abrir una caja fuerte, y la había mandado a hacerlo una y otra vez hasta recuperar la fuerza muscular que había perdido. De vez en cuando le pedía que abriese aquella cerradura tan pesada. Se había convertido en algo íntimo de ellos dos.
―Sí, Jocelyn. Ahora.
Reconocía ese tono. Significaba que esta vez ella no ganaría la discusión.