Catalina sintió un nudo en el estómago y sus ojos se inundaron de lágrimas al pensar en Nicolás. Pero no era el momento de preocuparla ni de cargar a Dorothy con sus miserias. —Me trata bien, parece una buena persona... —forzó una sonrisa, ladeando la cabeza. —Me alegro de que hayas encontrado a un buen hombre que te cuide... así voy a poder descansar en paz —la anciana levantó una mano temblorosa y le limpió las lágrimas que escurrían por sus mejillas enrojecidas. —Sí... él me cuida —Catalina asintió, tragando saliva. Sentía que le faltaba el aire, ahogada por la mentira y el dolor inminente. —Cati... sé... feliz... —Dorothy comenzó a respirar con mucha agitación. Su pecho subía y bajaba con rapidez y se escuchaba el esfuerzo antinatural que hacía para jalar aire. Catalina, aterrada,

