Divorcio
Catalina empacó la última pertenencia en aquella rígida valija gris. —Esa valija gris contenía los restos de un matrimonio que nunca existió—. Caminó con pasos cortos hacia la cocina.
El largo pasillo que atravesaba estaba adornado con fotografías de su casamiento y de vacaciones pasadas; testigos mudos de una vida que estaba a punto de abandonar. Antes de entrar, acomodó su equipaje a un costado del comedor.
Lo único que deseaba era que las lágrimas no la traicionaran frente a él.
Apagó el horno, se dejó caer sobre una silla del comedor y quedó mirando las agujas imparables del reloj, apoyando su cabeza sobre sus manos; luego comenzó a girar la alianza en su dedo anular. Suspiró.
Solo se conseguía oír el ruido de las agujas avanzando, y el de su corazón dando golpes fuertes dentro de su pecho.
El sol, ya oculto, dejó que la casa se terminara de enfriar. Seguramente, ese día, la temperatura descendió varios grados más que los últimos catastróficos meses de casamiento. Simplemente no podía soportar la farsa y la mentira un día más.
El reloj cucú de la sala, el mismo que le indicaba la hora de llegada de su esposo, sonó.
Como de costumbre, su esposo ingresó al comedor y encendió la luz. Inmediatamente arrugó la frente al verla sentada en la oscuridad con la mirada fija en sus manos; sabía que algo malo iría a ocurrir esa noche. La conocía muy bien como para no notar una pequeña anomalía en su actuar.
No sabía qué era, porque su esposa se levantó para recibirlo como de costumbre; lo ayudó a sacarse el abrigo, para luego colgarlo en una percha de madera dentro de un armario. Se olía el exquisito aroma de su comida favorita.
—¿La comida está lista? —preguntó Nicolás, siguiéndola con la mirada mientras se sentaba a la mesa.
—Sí, señor Mumford, como todos los días, su comida ya está servida —ella corrió la silla para que Nicolás tomara asiento.
Nicolás hizo una mueca de disgusto y no volvió a pronunciar una palabra.
—¿Seguís acá? Qué raro... —inquirió con un tono indiferente, apoyando los codos sobre la mesa para luego rascarse una ceja y suspirar.
Catalina agarró unos papeles y sacó un bolígrafo de su bolsillo para ponerlos junto a él.
—Sí, sigo acá. Pero no será por mucho tiempo más —estaba esperando el momento justo para entregarle los papeles.
—Entonces... andate. No te puedo obligar a que te quedes —le hizo una señal con la mano para que se largara.
—Ya me voy, pero primero quiero que firmes estos papeles —colocó los documentos con las manos temblorosas junto a él, y le señaló el motivo con su dedo índice.
De repente, el aire se tornó pesado, el clima descendió algunos grados más, o eso debía ser, porque Nicolás sintió que un frío que erizaba la piel le recorría la espina dorsal.
—¿Te querés divorciar? ¿Después de todo lo que hice por vos y de lo que vivimos? ¿Esa es tu forma de agradecimiento? Mujer ingrata —rebuznó y la miró fijo, después de leer por arriba los papeles del divorcio, ya que no quiso seguir leyendo.
—Me divorcio de un matrimonio de mentira, de un esposo de mentira... desde el principio acordamos que así sería. Usted obtuvo lo que quería, señor Mumford, y yo obtuve lo mío. Creo que dejamos pasar mucho tiempo —le entregó el bolígrafo. Él lo miró, pero no lo tocó. (Nota: Aquí mantuve el trato de "usted" de Catalina hacia Nicolás para remarcar la distancia y frialdad de ella hacia él).
—¿Tantos años de matrimonio y seguís diciendo que fueron de mentira? ¿Todo lo que vivimos dónde queda? Vas a destrozar al abuelo si te vas, vas a destrozar a nuestra familia —pronunció con reproche.
—Yo sé cómo encargarme de la familia. Lo que vivimos fue un circo, un espectáculo para los demás... —negó con la cabeza y comenzó a reírse.
—¿Qué es lo que te causó gracia? Catalina... para mí... —se levantó, sus palabras se atoraron en su garganta y la sostuvo de los hombros.
—Ahí está. El abuelo me va a extrañar, pero vos ¿lo vas a hacer, señor Mumford? —se contuvo la voluntad de estallar en lágrimas.
—Dejá de llamarme de esa forma, llamame como quieras, pero no así... —le suplicó con los ojos enrojecidos.
—Está bien, Nicolás, te concedo el último deseo. Después de todo ya no hay una distancia que marcar, porque una vez que firmes esos papeles seremos dos extraños —le señaló nuevamente con el dedo los papeles.
—Catalina Mumford... —apretó sus hombros, cerró los ojos y respiró hondo.
—Catalina Salamanca de ahora en más. Adiós, Nicolás —salió de su agarre, se quitó la alianza y la dejó sobre los papeles. Luego se giró para agarrar las valijas.
—Vas a volver cuando te canses de este jueguito infantil, Catalina. Vas a ver que estás equivocada, las cosas no se resuelven de esta forma. Te doy una semana —habló Nicolás detrás suyo.
Catalina se volteó y lo miró fijo por algunos segundos.
—No vas a poder escapar de mí para siempre, cariño —se cruzó de brazos y la dejó marcharse.
Ella caminó sin dar una sola mirada hacia atrás, no quería verlo. Le dolía todo el daño que le había causado; esas heridas estaban abiertas y necesitaba curarlas.
Un automóvil la esperaba en la entrada de la casa. Se fue de ese castillo de hielo, queriendo sanar todo lo que ocurrió desde aquel día...
Algunos años atrás...
—Señorita Salamanca, puede levantarse y venir a buscar su diploma —escuchó la voz del decano de la universidad, llamándola por segunda vez.
Ella salió de su aturdimiento, mientras se ocultaba de su prometido. El hombre alto vestido de traje gris, junto a sus dos guardaespaldas de mayor confianza, estaba de pie al final de la sala de conferencias de la universidad más importante del mundo. Ya la había encontrado con la mirada, mientras ella se tapaba la cara con el birrete haciéndose una bolita detrás de un compañero que era el doble de tamaño que ella; por suerte eran todos hombres y mucho más grandes que ella.
—Ve, mi pequeño ángel, es hora de que recibas tu título por el que tanto te sacrificaste estos años —le dijo Dorothy, quien la trajo a la realidad y la sujetó de las manos en un intento de tranquilizarla.
Catalina la miró a los ojos.
—Sí, sí, claro —se despabiló y caminó hacia el escenario con la espalda recta, por el pasillo central.
El decano la miró con una sonrisa.
Atrás, su prometido seguía de pie, con las manos en los bolsillos y con cara de póker, renuente a la idea de que ella se gradúe de la universidad.
Catalina, de los nervios, perdió la coordinación de los pies y se tropezó con un pliegue de la alfombra que estaba mal estirada y ¡PAF! Cayó de frente al piso.
Alrededor logró escuchar las risas de los presentes, incluso del decano de la universidad, que intentaba mantener una postura sobria.
—¡Levantate, torpe! —se acercó su prometido y la levantó sujetando su brazo; lo hizo demasiado rápido debido a lo liviana que era.
Con su cara en tono carmesí oculta entre sus manos, salió a pasos rápidos, evitando mirar hacia atrás, aunque le era imposible.
Le entregaron el diploma una vez que subió y estrechó la mano del decano.
En el momento en que tuvo que pararse de frente y decir algunas palabras en el atril, se mordió el labio inferior. Podía ver la cara de las personas que se burlaban de ella y el rostro pétreo de su prometido, que no mostraba ninguna alegría o emoción ante la felicidad que ella emanaba ese día.
—¿Se siente bien para hablar, señorita Salamanca? —preguntó su decano al ver que se quedó tiesa y muda ante tanta gente.
—Claro —tragó duro y miró a todos los presentes, haciendo acopio de ánimo.
—Yo... estoy... muy feliz de estar acá, pudiendo palpar el reconocimiento a tanto esfuerzo y sacrificio. Quiero agradecer a cada uno de mis compañeros y profesores que me apoyaron todos estos años, incluso a la dirección de la universidad. Voy a hacer sentir orgullosas a estas paredes y a las personas que colaboraron con mi preparación académica —expresó esas palabras, sudando y titubeando, al mirar a su prometido, que se sonaba los nudillos con impaciencia.
Ella apretó su diploma con la fuerza suficiente para no arrugar el papel y se giró para pararse al lado de todos sus compañeros. Sentía todos los músculos de su cuerpo tensos, y unas inmensas ganas de llorar.
—Vamos, Caty, vamos a tomar una foto frente a la universidad —se la llevó un compañero del brazo.
Inmediatamente vislumbró la expresión de disgusto de Juan Ignacio, quien la miró con una furia terrible al ver que otro la sujetaba.
Ella solo miró a su compañero y salieron al parque, donde lanzaron los birretes al aire y un fotógrafo profesional les tomó esa hermosa y emotiva captura, en la que todos miraban alegres al cielo, con sus togas en tono azul Francia.
—Caty, te veo en casa más tarde —Dorothy le dio un fuerte abrazo y se despidió, subiendo a un taxi que la esperaba.
Cuando los demás empezaron a retirarse, Juan Ignacio se acercó a ella, dando pasos largos y firmes.
Antes de que él llegara, su compañero le dio un sorpresivo abrazo a Catalina.
—Te voy a extrañar mucho, Caty. Espero que puedas llamarme si necesitás algo, no lo dudes, voy a hacer todo lo que pueda para ayudarte —la alejó un poco y la sujetó de los hombros mirando su carita angelical y sus ojitos dispersos.
—Gracias, Emanuel —le palmeó la espalda esbozando una sonrisa.
Ella giró los ojos y vio a Juan Ignacio, de pie y con el ceño fruncido, al lado de ellos.
—Alejate de ella —Juan lo empujó con mucha fuerza y Emanuel cayó al piso tras perder el equilibrio.
—Señor Argerich, no esperaba encontrarlo por acá —pronunció Emanuel al ponerse de pie, viéndolo sujetar el brazo de Catalina con brusquedad.
—Usted, señor Torres, debería saber cuál es su lugar y velar por su seguridad más que por la de ella. Ya tiene quien la cuide, y ese soy yo —apretó la mandíbula, con ganas de despellejar al sujeto que había tocado a Catalina en más de una oportunidad frente a sus narices.
—Espero que así sea, sino también debería velar por su seguridad, señor Argerich —lo miró arrugando las cejas, luego dirigió la mirada a Catalina y suavizó su expresión—. Caty, sabés que debés llamarme por cualquier cosa.
Ella lo miró con extrañeza y agachó la mirada para no ponerle las cosas difíciles a su amigo.
Emanuel suspiró ante el silencio de ella y giró sobre sus talones.
—Ahora que ese imbécil se fue, deberíamos volver a casa... ¿Tenés tu estúpido título? —comenzó a caminar hacia su automóvil, estacionado a unos metros de distancia, mientras la arrastraba de la muñeca.
—¡Juan, esperá, no voy a volver a tu casa! —gritó e intentó frenar su paso, pero él la sujetaba y caminaba con demasiada fuerza.
Juan se volteó y la miró con sus ojos verdes e inexpresivos, entrecerrándolos.
—No tenés dónde ir aparte de mi casa —apretó con mayor fuerza su muñeca hasta que la lastimó.
—¡Ah! ¡Duele! —se quejó llorando por la fuerza que ejerció sobre ella. Sintió un dolor intenso en la zona en que él la sujetaba, tan intenso que la hizo lagrimear.
Juan la soltó para ver la zona de su muñeca, que estaba enrojecida y que empezaba a hincharse.
En ese momento sonó el teléfono de Juan. Él se apartó para contestar y ella aprovechó que él se dio la vuelta, gritándole a la persona con la que hablaba, para salir corriendo.
Corrió lo más rápido que pudo. Su muñeca le dolía y palpitaba, su cuerpo le temblaba y sentía las piernas entumecidas.
Se metió dentro de la universidad y huyó sin saber a dónde se dirigía; lo único que tenía claro era que debía escapar de él o sería demasiado tarde. No era la primera vez que la lastimaba físicamente, ni sería la última.
Avanzó desesperada sin saber de dónde sacaba la fuerza para dar cada paso. Su corazón latía desbocado mientras derramaba lágrimas en el trayecto.
Al doblar en un pasillo chocó contra algo firme: era un hombre que estaba de pie frente a una cartelera. Ella cayó al piso por el impacto de chocar con ese sujeto que parecía una pared y el hombre se inclinó para ayudarla.
—¿Estás bien? —le preguntó sujetando su mano para intentar levantarla.
—¡Ahhh! —se había golpeado la muñeca lastimada, que ya se estaba poniendo morada.
—Eso parece una lesión, deberías ir al hospital —la ayudó a ponerse de pie y miró los ojos azules de Catalina, que se veían vidriosos y asustados.
De repente los dos se giraron tras escuchar unos gritos.
—¡Maldita zorra! ¿Dónde estás? —se escuchó la voz de Juan a lo lejos, llamándola desde la entrada de la universidad.
—No, no me puede encontrar —tartamudeó, soltándose del hombre.
Catalina sintió un escalofrío recorrer su cuerpo al escuchar la voz de ese bastardo. Evitó al hombre que la había ayudado y salió corriendo sin rumbo; casi no conseguía ver con claridad debido a la humedad en sus ojos.
Se metió en el primer lugar que encontró. Se limpió las lágrimas con la mano y descubrió que estaba dentro de la biblioteca. Comenzó a buscar un lugar para esconderse; por suerte no había nadie, las clases habían finalizado el día anterior y todos estaban regresando a sus casas por las fiestas de fin de año.
Vio un escritorio y se agachó debajo del mueble, escondiéndose detrás de una silla. Juntó las manos y comenzó a rogarle a todos los astros, dioses y al universo que Juan no la encontrara.