El diploma de Catalina cayó al suelo con el impacto. El hombre lo levantó y lo abrió con curiosidad, pero al sentir pasos acercándose, lo enrolló con rapidez, ocultándolo dentro de la manga de su traje.
—¡Catalina! —el grito de Juan rebotó en las paredes del pasillo.
Al doblar la esquina, Juan se topó de frente con aquel hombre alto de traje oscuro que le bloqueaba el paso con una calma imperturbable.
—¿Viste a una chica con traje de graduación? No mide más de un metro sesenta y cinco y tiene ojos azules —preguntó Juan, agitado, escaneando el lugar con una mirada depredadora.
—No. Estoy acá hace rato y no vi a nadie por este pasillo —respondió el desconocido. Mantuvo los puños cerrados, detectando de inmediato la violencia contenida en el tono de ese sujeto.
—Maldita zorra... se volvió a escapar —rebuznó Juan. Dio media vuelta y se alejó hacia el otro extremo de la universidad, soltando maldiciones.
El hombre esperó en silencio hasta que el eco de los pasos de Juan desapareció. Solo entonces dirigió una mirada fugaz hacia la biblioteca.
—Catalina... —murmuró para sí mismo, leyendo el nombre en el diploma.
Dentro, bajo el escritorio, ella temblaba. Se abrazaba las piernas con fuerza mientras su muñeca palpitaba con un dolor insoportable; el eco de sus propios sollozos era lo único que llenaba el vacío de la biblioteca. De repente, divisó unos zapatos de cuero n***o, de excelente calidad, detenidos justo a su lado. Por la oscuridad, no podía distinguir el color del traje del hombre que estaba de pie junto al mueble.
El pánico la invadió. Su boca empezó a temblar de forma incontrolable, pensando que Juan finalmente la había acorralado. Pero entonces, la silla que la cubría se deslizó suavemente hacia atrás y el hombre se agachó para quedar frente a ella.
Al ver esos ojos color miel y las facciones atractivas del desconocido, Catalina soltó un suspiro de alivio que le vació los pulmones. Él contempló a la joven de carita angelical, aterrada, que protegía su muñeca hinchada.
—El hombre que te buscaba ya se fue —dijo él, poniéndose de cuclillas y extendiéndole la mano.
—¿Te choqué en el pasillo? —preguntó ella avergonzada, con la voz quebrada.
—Sí —respondió él, sin retirar la mano.
—Lo siento mucho... no quería chocarte, no te vi —se mordió el labio y su rostro se tiñó de un rojo intenso.
—No tenés de qué disculparte. Yo me interpuse en tu camino —él sonrió con suavidad y acercó su mano un poco más.
Por inercia, ella la tomó. Salió de debajo del escritorio con las rodillas temblorosas. Su túnica azul estaba arrugada y el birrete se había perdido en algún punto de la huida.
—Esto es tuyo, se te cayó —le devolvió el diploma.
—Gracias... me olvidé de todo mientras corría —Catalina miró su muñeca, que ya empezaba a tomar un tono morado alarmante.
—¿Ese sujeto te hizo daño? —preguntó él, endureciendo la mirada al ver la inflamación.
Ella asintió en silencio, con la cabeza gacha, dejando que un par de lágrimas rodaran por sus mejillas.
—Deberías recibir atención médica cuanto antes. Vamos, te acompaño —él levantó su rostro sujetándola suavemente del mentón.
Catalina aceptó la ayuda. Caminaron hasta la entrada, donde él tenía aparcado un automóvil de alta gama. Desactivó la alarma, la ayudó a subir y le abrochó el cinturón de seguridad con delicadeza. El dolor era tan agudo que ella ni siquiera reparó en el lujo del vehículo; solo guardó silencio y miró por la ventanilla mientras se dirigían al hospital más cercano.
En la guardia, la enviaron a hacerse una placa de inmediato.
—Es una lesión muscular severa; por suerte no requiere cirugía —diagnosticó el médico, revisando la placa a contraluz.
—¿Cuánto va a costar todo? —preguntó Catalina, suplicando internamente por una ayuda divina.
—¿Contás con seguro médico? —preguntó el doctor, acomodándose el cuello de la camisa.
—No, no tengo. Solo dígame cuánto es —respondió ella, revisando con desesperación el saldo en su billetera virtual.
—Tres mil dólares —el médico tragó saliva al ver la ropa desgastada de la chica bajo la túnica. Sabía que se acababa de graduar y que probablemente no tenía ese dinero.
—¡¿Tres mil?! ¿Piensa que el dinero crece de los árboles? —exclamó ella, incrédula. Eran todos sus ahorros y no llegaba; le faltaban exactamente cien dólares.
—Es vital abonar para continuar el tratamiento y darte los medicamentos —el médico miró el piso y luego volvió a ver la desesperación en los ojos azules de la joven—. Escuchame, puedo ayudarte. Te presto lo que te falta —se ofreció amablemente, conmovido por su situación.
—Me faltan cien... son todos mis ahorros —murmuró ella, muerta de vergüenza.
Con la ayuda del médico, que le regaló las muestras de los medicamentos y le prestó el dinero restante, Catalina pagó el tratamiento. Vio con amargura cómo sus cuentas quedaban en cero. Ahora, además de estar sola, le debía dinero a un extraño.
Tras aplicarle una inyección para la inflamación, el médico sonrió.
—Con esto, en unos días vas a estar mucho mejor.
—Gracias, doctor.
—Llamame Billie —le dijo, intercambiando números con ella—. Avisame si necesitás algo más.
—Gracias, Billie. Prometo devolverte los cien dólares lo antes posible.
Al salir del consultorio con el brazo vendado y la túnica colgando de su brazo sano, Catalina se sorprendió al ver que el hombre del traje todavía estaba ahí, junto a la puerta de entrada. Él la observó en silencio: su bolso marrón desgastado, sus botas viejas y su blusa gastada contrastaban con el prestigio de la universidad donde se acababa de graduar. Se preguntó cuántos sacrificios habría hecho esa muchacha para llegar ahí.
—Creí que te habías ido —murmuró ella al verlo.
—Quería saber si necesitabas que te lleve a tu casa. Ya es de noche y hace frío. ¿No tenés frío con esa ropa?
Afuera, el clima era glacial. El viento soplaba con fuerza, arrastrando las hojas secas de tonos marrones y amarillos que alfombraban el suelo.
—No pensé que iba a refrescar tanto —dijo ella, mirando sus propios pies para evitar la mirada de ese hombre tan imponente.
Sin decir una palabra, él se quitó el abrigo y lo colocó sobre los hombros de Catalina antes de guiarla hacia el auto. Ella le indicó la dirección y, tras un viaje silencioso, llegaron a un barrio precario. El automóvil de lujo se detuvo frente a un edificio viejo, despintado y sin mantenimiento.
—Bueno, muchas gracias por todo. Prometo devolverte el favor algún día —dijo ella, desabrochando el cinturón con su mano sana.
—Tené mi tarjeta. Llamame si necesitás cualquier ayuda —le extendió una tarjeta de elegante relieve que ella guardó en su bolso.
Catalina le devolvió el abrigo con una pequeña sonrisa y bajó del auto. Corrió hacia la entrada con las llaves en la mano, ignorando los silbidos y obscenidades que un grupo de pandilleros le gritaba desde una esquina.
Una vez dentro de su departamento, encontró una caja de galletas que su vecina Dorothy le había dejado en la puerta. Entró apresurada y soltó el bolso en la única silla de la casa. Con cuidado, extendió el diploma sobre la mesa de madera vieja y lo colocó en un marco que ya la esperaba.
—Esto es por ustedes. Espero que estén orgullosos de mí —susurró. Se besó las yemas de los dedos y tocó la fotografía de sus padres, colgando el diploma justo al lado.
Abrió la alacena y sacó la última sopa instantánea que le quedaba. Mientras la comida se calentaba en la estufa, Catalina se sentó a comer en soledad, mirando las manchas de humedad en las paredes de ese viejo departamento que, por ahora, era su único refugio.