Hellen vestía un hermoso overol naranja con unas hermosas pulseras de hierro que unían sus muñecas. La prisión le había arrebatado todos los aires de superioridad que llevaba encima, ahora se la veía simple, sin maquillaje y sin sus ropas costosas, una prueba de que su belleza era puramente superficial. Sus modales habían empeorado, pues ahora debía sobrevivir al clima penitenciario y soportar los insultos y desprecios del resto de las convictas. Desde que llegó al centro penitenciario se había convertido en el chivo expiatorio, pues, se había ganado el repudio de las convictas con sus aires de princesa mimada. Un hombre de una clase social prominente estaba sentado en una sala privada, fumando un cigarrillo que acababa de sacar de una caja metálica. Detrás de él habían dos hombres

