· Elizabeth, venía conduciendo su auto por las calles de Dover, hasta su casa, ubicada en un suburbio. Un hermoso lugar de dos plantas, muy bien arreglada con pisos de madera. Al llegar, se estacionó frente al garaje y se bajó tomando su bolso y maletín de trabajo. Era juez en la Corte de Arraigo y en la Corte Familiar y en este momento, estaba llevando varios casos, de los cuales debía leer toda la información concerniente.
· Era casi la una de la tarde cuando entró a su casa. Se miró en el espejo de cuerpo entero que tenía allí ubicado al lado de la puerta, observó su bonito rostro de ojos marrones, con cabello castaño rojizo. A sus 42 años de edad, se veía bastante bien, el cáncer que padeció no le pasó factura a su rostro ni a su cuerpo, más allá de la histerectomía que sufrió. Era delgada. Su figura era atractiva. Dejó el maletín en la silla cercana y se quitó la chaqueta y los zapatos. Los dejó allí, ya que tendría que salir nuevamente a las tres. Había obtenido su título de abogada con un doctorado en leyes, en la Universidad de Georgetown y había logrado tener una gran carrera, pertenecía a una firma de abogados, Huntsman & Huntsman y desde hacía pocos años trabajaba, en el juzgado del Consulado Legal, del Departamento de Justicia, de los Estados Unidos de Norteamérica.
· Pasó por frente al juego de muebles frente al ventanal, donde en las noches, se sentaba a revisar los casos con una copa de vino. Fue a la cocina y abrió el refrigerador sin cambiarse la ropa que traía, una blusa azul cielo con una pequeña abertura en la parte de atrás del cuello, falda negra y ajustada, medias de seda, pues, pensaba que no le daría tiempo de cambiarse y además era cocinar algo ligero y no iba a ensuciarse. Ella, mantenía una dieta estricta con alimentación sana, debido al cáncer que padeció, así que pocas veces, se daba el lujo de comerse una pizza o una hamburguesa, refrescos o cualquier tipo de comida chatarra.
· En la nevera se podían ver, muchos contenedores plásticos, con comida cocida que sólo debía ser calentada con especias y mucha agua y jarras de jugo, todo organizado por su ama de llaves, la cual venía en las mañanas y se iba al mediodía, ya que ella no tenía tiempo de arreglar la casa. Tomó varios de los contenedores plásticos de la nevera, donde se encontraban, vegetales picados, en otro había pollo desmenuzado y papas cocidas, con lo cual preparó un fantástico plato en pocos minutos, agregándole las especias para saborizarlo.
· Se sirvió un plato y tomó una jarra de jugo con un vaso y se sentó en el mesón, para comer. Al terminar, lavó los platos y se fue al sofá donde había dejado su maletín con los expedientes y sacó el expediente del caso Jenny Edwards, la madre de Sam. Quería revisarlo, pues, Jacob Edwards, ya se había llevado a Sam y su corazón todavía sufría, pero se decía que no había nada que pudiera hacer para recuperarlo o aliviar la pena que sentía. Leyó el expediente: Joven de 21 años, oriunda del estado de Delaware. Sin profesión. Trabaja en una tienda de verduras y hortalizas, cuya madre murió hacía pocos años en un hogar para discapacitados. Se embarazó y al verse sin el apoyo de su pareja decidió tener el niño, pero, pronto se dio cuenta de que el pago de las cuentas del bebé eran imposibles para ella y echó el bebé en un bote de basura, cerca de una organización católica, quienes fueron los que encontraron al infante y dieron aviso a las autoridades.
· Elizabeth, cerró el expediente de golpe y se quitó los lentes, llevándose la mano a la frente y luego, llevándose el cabello hacia atrás en un gesto inconsciente, de cuando algo simplemente, la exasperaba y se levantó y caminó pesadamente, hasta el gran ventanal con vista al hermoso patio con césped verde, donde Sam aprendió a caminar y se sentaba a jugar con él. Unas lágrimas cayeron de sus ojos y las limpió, observando la vista del poblado, que se apreciaba desde allí.
· Este, era uno de esos momentos, donde ella se decía que no había malgastado su vida, no se arrepentía de haberse dedicado a los estudios y volverse una gran profesional, así que su juventud, la pasó metida entre libros. No era ninguna monja, pero la verdad es que no le había dado mucho espacio al amor en su vida. No tenía tiempo, pues siempre había sido muy dedicada a su trabajo y muy exigente con los abogados que venían a su corte, así que no podía exigirse ella menos.
· Ya había pasado una semana desde que se llevaron a Sam. Había recogido todos los juguetes que estaban desparramados por las distintas áreas y había recogido el corral, que tenía en la sala donde acostumbraba a colocar el niño dormido, mientras ella revisaba su trabajo.
· ¿Por qué no tuvo hijos propios? – se preguntaba Elizabeth a veces – Pero la respuesta siempre era la misma: Se dedicó a trabajar y labrarse su carrera como abogada. Sólo Tuvo una relación muy formal con Michael O`Reilly, abogado también como ella. Su relación duró 5 años, donde llegaron a comprometerse, pero, entonces, ella quedó embarazada y tuvo un aborto espontáneo a los dos meses, que la dejó devastada y tan sumida en la pena, que terminó rompiendo el compromiso. Por esos días, su padre, el juez Jenkins retirado de su carrera, a la edad de 70 años, venía a visitarla con frecuencia para darle su apoyo como siempre.
· Hace 5 años, que fue diagnosticada con cáncer de útero. Se sometió a todos los tratamientos, sugeridos por su oncólogo, incluidas, las sesiones de quimioterapia tan dolorosas, por espacio de un año, recurriendo a todos los procedimientos, hasta que su oncólogo le dijo que el cáncer se había vuelto muy severo y que tendrían que hacerle una histerectomía y extirparle el útero, para evitar que se expandiera. En ese momento, recordó a su madre, quien muriera de cáncer también, cuando ella era sólo una niña. A Elizabeth, le fue practicada la operación y después de su recuperación tomó el tratamiento con tres quimioterapias más y éste, desapareció y hasta el día de hoy se consideraba una sobreviviente de cáncer, por lo que, cuando veía casos como el de esta muchacha le era difícil comprender, cómo una madre, habiendo sentido la vida crecer en su vientre, podía hacer una atrocidad cómo abortos provocados o simplemente, lanzar los pequeños cuerpecillos de bebés a botes de basura, donde a nadie le importarán. Elizabeth se limpió unas lágrimas que corrieron por sus mejillas, al recordar que con Sam, ella había sentido llenada esa necesidad de su ser maternal. Se había aferrado tanto al amor de Sam y él había correspondido también a su amor que ahora, le parecía doloroso hasta respirar por la falta que le hacía el niño.
· Al menos, las autoridades, lograron rescatar este bebé de un bote de basura, alertados por la organización religiosa católica, ubicada en la cercanía y que en el expediente especifica que está dedicada a salvar bebés de ser abortados. ¡Bien por ellos! -pensó Elizabeth- porque se necesita más conciencia en la sociedad, de que las vidas humanas no pueden ni deben ser desechadas en botes de basura, como si no valieran nada, mientras, que hay mujeres sufriendo por miles de condiciones biológicas, que quieren ser madres y no pueden. Es contradictorio.
· Subió a su cuarto a prepararse `para ir a la corte y escuchar lo que los abogados tenían del caso.
· Elizabeth, no podía de sentir la nostalgia y el dolor en su corazón, cada vez que entraba a la casa y no encontraba a Sam. Era como si una estaca se enterrara en medio de su corazón y no pudo dejar de recordar el primer día que lo llevó a casa con ella. Entró a la casa y dejó sus zapatos y subió con el niño a la habitación que ya le tenía dispuesta y arreglada, la cual, se podía ver que era grande y aireada, pintada en azul, con ositos y trenes, por todo el alrededor, puso al bebé en la cuna, con sus sábanas de osos y varios peluches de animalitos, pero él comenzó a gatear y tomó el oso, con una franelita que decía Ferdy. Fue a la cómoda que estaba allí y sacó ropa para cambiarlo y después que lo hizo con gran eficiencia, pues en el orfanato, le habían dado un curso rápido. Tomó al bebé y volvió a bajar con él para ponerlo en el corral, para prepararle sus alimentos. Ya había contratado una niñera, pero, había pedido una licencia, para pasar un tiempo con el niño y que este la conociera, como su madre.
· - sí - se dijo Elizabeth, mirando al pequeño Sam - Ya era madre.
· Recordó Elizabeth que la primera noche, fue como se lo pronosticaron. Sam lloraba y se despertaba y se sentaba a mecerlo, en una silla mecedora que había comprado y comenzó a leerle un cuento, con música muy suave. Se quedó dormido, despuntando el alba y ella sólo pudo dormir un par de horas porque, debía levantarse a prepararle sus alimentos y atenderlo, pues suponía que despertaría con hambre.
· No era una experta en sicología, pero era un bebé que había pasado por mucho, a la corta edad de 5 meses, sin mencionar que tanto la madre como el padre eran drogadictos. Elizabeth, sentía la pena de ese bebé y sabía que ahora necesitaba paz, amor y paciencia para que lograra estabilizarse y saber que de ahora en adelante estaría protegido. No sabía bien cómo lo lograría, pero se esforzaría por hacerle sentir que tenía un hogar y seguridad.
· Esos días, Elizabeth se dedicó a prepararle sus comidas y teteros y sopas. Lo atendía, bañaba y vestía. Lo llevaba a las consultas pediátricas que siempre arrojaban que era un niño muy sano, lo cual a ella le hacía sentir un gran alivio. Elizabeth llegó a amar tanto a Sam que se sentía como si hubiera salido de sus propias entrañas.
· Recordó Elizabeth, con lágrimas en los ojos, las visitas de su padre, el Juez retirado Philip Thomas, una vez por semana a ver cómo iba con lo del niño y se sentaba a hablar con ella en la sala, mientras Sam dormía la siesta. Su padre, la embromaba mucho porque notó que su casa pasó de ser ultra súper ordenada, a tener objetos, juguetes, el corral y pañales de tela que siempre se necesitaban en la estancia, pues ya comenzaba el proceso de la dentición y babeaba mucho. Elizabeth algunas veces, lo dejaba en el suelo por ratos para que gateara, con sus peluches especialmente, con Ferdy, al cual, el niño abrazaba y se había acostumbrado a dormir con él.
· Elizabeth, vivía agotada, sentía que no descansaba las suficientes horas, pero estaba feliz y su padre se preocupaba por su salud para que no decayera y no dejara de tomarse sus suplementos.
· Las lágrimas de Elizabeth comenzaron a correr más rápidamente, ya que recordó la primera vez que Sam la llamó mamá. Fue una mañana en que se estaba preparando para salir a trabajar y Sam, se quedaría con la niñera. Cuando se inclinó a darle un beso en la frente, mientras él estaba en su silla para comer, él simplemente dijo esa palabra maravillosa: ¡Mamá! Elizabeth, lo cargó llena de felicidad sin importarle que con sus manitas le ensuciara el traje que llevaba para trabajar y lo abrazó y lo besó. En ese momento, sintió que eran una familia.
·
· Elizabeth estaba viviendo una felicidad tan grande y pensaba que nada la podría empañar, cuando una mañana, se sorprendió de recibir en su oficina al señor Laurent, el abogado que la representó en el proceso de adopción de Sam, para decirle que, el tío del niño, el señor Edwards, estaba reclamando la custodia del niño. En ese momento, comenzó la pesadilla para Elizabeth, porque Jacob Edwards, demostró desde un primer momento, que estaba decidido a pelear por la custodia del niño y aunque, Elizabeth pensaba que le iba a causar un gran daño al niño, porque ya Sam estaba acostumbrado a ella. Ya le había dado un hogar y la amaba.
· Fue entonces que Elizabeth se enteró que Jacob Edwards era un militar retirado que ahora se dedicaba al litigio. Fue justo en ese momento que Elizabeth supo que Jacob Edwards le iba dar pelea. Él iba a pelear por quitarle a Sam. Jacob Edwards, le quitaría su pedacito de cielo y no se lo iba a perdonar nunca, si lo conseguía.
· Pasó esa semana, decidiendo qué le recogería para que se llevara, pues, el tío dijo que contaba con los medios para sostener al niño, sin embargo, la sicóloga dijo que el niño se adaptaría mejor a su nueva vida, si llevaba las cosas que le hicieron conocer el hogar, así que, decidió buscar cajas e ir empacando la ropa del niño que todavía le quedaba, zapatos, sus medicamentos. Preparó una carpeta con todos los informes médicos y récipes de las medicinas que tomaba. Pidió unos días de licencia en la corte, para poder pasar este trago amargo.
· Cuando llegó el día de la entrega de Sam, su abogado Lautner estuvo allí para ver que todo se realizara en tranquilidad y de acuerdo a los estatutos.
· A las 11 de la mañana, sintió un auto que se paraba en su puerta y al abrir, vio a Jacob Edwards, con su abogado también. Los hizo pasar y subió las escaleras para buscar a Sam, quien estaba listo y despierto. Sólo lo abrazó y le rezó una oración a la virgen, diciéndole que lo cuidara y protegiera. Entonces, se limpió las lágrimas y bajó. Los maletines, ya estaban con las cosas del niño. Vio que estaban llevando todo para la camioneta y cuando terminaron entraron por el niño, el cual, ella entregó tranquilamente. El señor Edwards, ya iba de camino a la puerta, cuando Elizabeth vio a Ferdy, que se había quedado en uno de los muebles, entonces lo llamó:
· -¡Espere! -y caminó rápido a agarrar el osito y entregárselo a Sam.
· -¿Quieres esto? -le dijo Elizabeth sonriendo a Sam y le dijo al tío. Cuide de ese osito. Es muy importante para él.
· -Está bien -dijo Jacob Edwards, mirándola – Lo siento – dijo y salió con el niño y lo subió a la silla del auto y cerró la puerta, entonces, se dirigió al asiento del conductor y se quedó viendo un momento a la jueza, parada en el porche mirando a Sam como si le acabaran de arrancar el alama.
· Cuando se fueron y Elizabeth, cerró la puerta y vio toda la casa, sintiendo de pronto, que se había vuelto, inmensamente grande, subió a su habitación y se deshizo en lágrimas hasta quedarse dormida.