La Luz Que Entra Cuando Todo Se Abre El sol del mediodía caía sobre los ventanales de Montecarlo como si quisiera atravesarlos, instalarse dentro y despejar cualquier sombra que aún quedara escondida en las esquinas. Desde mi oficina nueva —más pequeña que la anterior, pero mucho más luminosa— podía ver cómo la vida circulaba allá abajo: gente caminando con prisa, taxis peleando el paso, turistas con cámaras colgadas al cuello, oficinistas buscando un café fuerte para sobrevivir al día. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que pertenecía a ese mundo y no a un universo paralelo donde el poder era lo único que podía respirarse. Habían pasado dos meses desde la reestructuración inicial. Dos meses desde aquella carta de Elena, desde la alianza honesta con Marco, desde la entrada silencio

