Renacer entre cenizas El amanecer en Montecarlo no había cambiado, pero yo sí. La luz dorada golpeaba las ventanas del piso 47 del edificio central, igual que siempre, aunque parecía más limpia, más fría, más honesta. Como si la ciudad entendiera que el final había llegado y, sin embargo, nada se detenía. Porque así funciona el mundo: cae un imperio, cae una relación, cae una vida… y aun así la gente sigue abriendo persianas, encendiendo cafeteras, diciendo buenos días sin saber que alguien, en algún punto, acaba de perderlo todo. Me senté frente al escritorio vacío. La carpeta negra ya no estaba. El pen drive tampoco. Todo había sido guardado, sellado y enviado a un lugar donde solo yo podía acceder. No para usarlo. Sino para recordarme que lo viejo había muerto, que el ciclo oscuro de

