Capítulo 4 – Una ayuda inesperada
La cafetería estaba casi vacía, iluminada por luces cálidas que contrastaban con la frialdad de la noche en la calle. Valeria mantenía la mirada clavada en el menú, como si leerlo le diera tiempo para decidir no solo qué comer, sino también si debía confiar en aquel extraño millonario que la había sacado de la vereda.
Alejandro, en silencio, la observaba. Había compartido cientos de cenas de negocios en restaurantes lujosos, rodeado de trajes y copas de vino, pero jamás se había sentido tan intrigado como en ese instante. Había algo en Valeria que lo mantenía alerta, como si cada gesto suyo revelara un mundo que él desconocía.
—Entonces, ¿qué vas a pedir? —preguntó él, rompiendo la tensión.
Valeria levantó la vista, insegura.
—No estoy acostumbrada a que me den opciones. Normalmente como lo que consigo… o nada.
Alejandro tragó saliva. Era la primera vez que escuchaba algo así de manera tan directa.
—Esta vez no tienes que conformarte. Pide lo que quieras.
Ella dudó unos segundos, y finalmente señaló un plato sencillo: sopa de verduras y pan.
—Eso.
Él arqueó una ceja.
—¿Solo eso? Podrías pedir mucho más.
—No quiero deberte nada —respondió con frialdad.
Alejandro comprendió al instante: detrás de esa elección modesta no había falta de apetito, sino orgullo. Ese orgullo que era lo único que ella aún conservaba intacto.
—De acuerdo, sopa de verduras —dijo suavemente, y llamó al mesero.
Cuando la comida llegó, Valeria comió despacio, como si saboreara cada bocado con la paciencia de quien sabe que no puede desperdiciar nada. Alejandro, en cambio, apenas tocó su plato; estaba demasiado ocupado mirándola. Había en ella una dignidad silenciosa que contrastaba con la dureza de su situación.
—¿Siempre has vivido en la calle? —se atrevió a preguntar.
Valeria dejó la cuchara, tensándose.
—¿Por qué te interesa? ¿Quieres conocer la historia triste de la vagabunda para sentirte mejor contigo mismo?
La dureza de su voz lo sorprendió, pero no se ofendió. Al contrario, sintió respeto por esa fuerza.
—No —contestó con calma—. Solo quiero conocerte.
Valeria lo miró fijamente, como tratando de descifrar si mentía. No encontró arrogancia en su expresión, sino una sinceridad que la desarmaba poco a poco. Aun así, no estaba lista para abrir su corazón.
—Digamos que no siempre fue así —dijo finalmente, cortando el tema.
Alejandro no insistió. Había aprendido que las personas hablaban cuando estaban listas, no antes.
Después de comer, la tensión disminuyó un poco. Valeria suspiró, saciando el hambre que había ignorado durante días. Se acomodó en la silla, con una mezcla de alivio y vergüenza.
—Gracias… —murmuró, casi en un susurro.
Fue la primera vez que Alejandro escuchó gratitud en su voz. Él sonrió levemente.
—De nada.
El reloj del restaurante marcaba ya la madrugada. Alejandro sabía que no podía simplemente dejarla volver a esa esquina fría.
—Valeria —dijo con cautela—, no quiero parecer entrometido, pero… no deberías dormir en la calle esta noche.
Ella lo miró como si hubiera dicho una locura.
—¿Y qué propones? ¿Que me lleves a tu mansión y me trates como a una obra de caridad?
—No. —Él negó con la cabeza—. Solo quiero ofrecerte una habitación en uno de mis hoteles. Una cama limpia, una ducha caliente. Nada más.
Valeria soltó una carcajada amarga.
—Claro… ¿y después qué? ¿Me convierto en tu deuda pendiente? ¿En la historia que cuentas en tus cenas de lujo para mostrar lo generoso que eres?
Alejandro se inclinó hacia ella, hablando con seriedad.
—No busco exhibir nada. Solo me preocupa dejarte sola bajo la lluvia.
Hubo un largo silencio. Valeria lo observó con la misma desconfianza de siempre, pero en el fondo, la idea de una cama y un techo la tentaba más de lo que quería admitir. Aun así, su orgullo era más fuerte.
—No necesito tu ayuda —dijo al fin, levantándose—. Sobreviví hasta ahora sin ti, y puedo seguir haciéndolo.
Alejandro también se levantó, sorprendido por la brusquedad de su respuesta.
—No se trata de sobrevivir, Valeria. Se trata de vivir.
Ella lo miró fijamente, con los ojos brillantes de furia contenida.
—¿Y qué sabes tú de vivir? Encerrado en tus oficinas, rodeado de lujos y de gente falsa. Tal vez tengas dinero, pero eso no es vida.
Sus palabras lo atravesaron como una flecha. Nadie se había atrevido a hablarle así en años. Por un momento, no supo qué responder. Valeria aprovechó el silencio para tomar su bolsa raída y caminar hacia la puerta.
Alejandro la siguió con la mirada, sintiendo una mezcla de frustración y admiración. Esa mujer lo rechazaba, lo desafiaba, y sin embargo lo atraía como un imán.
Cuando salió del restaurante, Valeria se perdió en la oscuridad de la calle. Alejandro no fue tras ella. No porque no quisiera, sino porque entendía que empujar demasiado fuerte solo la alejaría más.
Encendió un cigarro, apoyado en su auto, y levantó la vista hacia el cielo nublado. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que había encontrado algo real, algo que no podía comprar.
Lo único que no sabía era cómo alcanzarlo sin destruirlo en el intento.