Capítulo 5 – Dos mundos en choque
La madrugada había quedado atrás y la ciudad amanecía gris, todavía húmeda por la lluvia. Valeria se despertó en un rincón distinto al habitual, bajo un techo improvisado de cartones y bolsas que la protegían a medias del viento. Había pasado la noche inquieta, con la mente dando vueltas alrededor del encuentro con Alejandro.
No entendía por qué aquel hombre, dueño de todo lo que ella había perdido, se interesaba en alguien como ella. Había visto curiosidad, incluso ternura, en sus ojos. Y eso la asustaba más que cualquier rechazo.
“Los ricos nunca hacen nada gratis”, pensó, mientras recogía sus cosas. “Todo lo que ofrecen tiene un precio oculto.”
Mientras tanto, Alejandro estaba en su oficina, incapaz de concentrarse en los informes que su asistente le había entregado. Había pasado la noche preguntándose en qué esquina estaría Valeria, si habría encontrado un refugio del frío, si estaría bien.
—¿Señor Montenegro? —la voz de Laura lo sacó de sus pensamientos—. Los inversionistas esperan su aprobación para la expansión en Europa.
Él asintió sin escuchar realmente. En su mente, las cifras y los contratos habían perdido relevancia. ¿De qué servía tener poder sobre empresas y accionistas, si ni siquiera podía convencer a una mujer de aceptar una cama limpia?
Esa misma tarde, impulsado por un impulso difícil de explicar, volvió a buscarla. Recorrió varias calles hasta que la encontró en una plaza, sentada en un banco, escribiendo en un cuaderno viejo.
—Así que aquí estás —dijo él, con una media sonrisa.
Valeria levantó la vista de golpe, sobresaltada.
—¿Otra vez tú? —su tono fue más cansado que hostil.
—No podía dejar de pensar en ti —confesó Alejandro, sorprendiéndose a sí mismo por su sinceridad.
Ella lo miró como si no entendiera. Nadie le había dicho algo así en años.
—Yo no soy parte de tu mundo. ¿No lo entiendes?
Alejandro se sentó a su lado, sin importarle que su costoso traje pudiera ensuciarse con el banco húmedo.
—Tal vez mi mundo está vacío. Tal vez necesito conocer el tuyo.
Valeria lo observó en silencio. Había en él una calma extraña, una falta de arrogancia que la desconcertaba. Sin embargo, su instinto la mantenía alerta.
—Tu mundo está hecho de lujo y poder. El mío… de sobrevivir cada día. Son dos universos que no pueden mezclarse —dijo, cerrando el cuaderno con brusquedad.
—¿Y quién dice que no? —replicó Alejandro—. El dinero puede comprar muchas cosas, pero no puede comprar lo que vi en ti anoche.
Valeria arqueó una ceja.
—¿Y qué fue lo que viste?
—Fuerza. Orgullo. Dignidad. Todo lo que la gente de mi entorno finge tener, pero no posee realmente.
Sus palabras la hicieron estremecer. Bajó la mirada, jugando con el borde del cuaderno entre sus manos. Una parte de ella quería creerle, pero otra parte gritaba que era peligroso bajar la guardia.
—Alejandro… —dijo finalmente, con voz baja—. Yo no soy un proyecto para que arregles, ni una historia bonita para redimir tu conciencia.
Él la miró fijamente.
—Y yo no soy un salvador. Solo un hombre que encontró a alguien que lo hace sentir vivo.
Valeria tragó saliva, sintiendo que la barrera que había levantado se resquebrajaba poco a poco. No estaba acostumbrada a que la miraran con esa sinceridad.
El silencio entre ambos se volvió intenso, como si el aire mismo contuviera algo imposible de nombrar. Hasta que un grupo de jóvenes pasó cerca, riéndose y lanzando comentarios hirientes.
—Mira, Montenegro, ahora te juntas con la basura de la calle —gritó uno, con tono burlón.
Valeria se tensó de inmediato, apretando los puños. Alejandro se levantó de golpe y los enfrentó con una mirada gélida.
—Pidan disculpas. Ahora.
Los jóvenes se quedaron helados ante el peso de su voz. Uno intentó reír nervioso, pero Alejandro dio un paso al frente, imponente.
—¿Qué esperan?
—Lo… lo sentimos —balbucearon antes de alejarse rápidamente.
Valeria lo miró, sorprendida.
—No tenías que hacer eso.
—Claro que sí. —Alejandro volvió a sentarse a su lado—. Nadie tiene derecho a tratarte así.
Ella lo observó en silencio. Por primera vez, sintió que quizá aquel millonario no estaba fingiendo. Había defendido su dignidad sin esperar nada a cambio.
—No sé qué hacer contigo —murmuró Valeria, casi para sí misma.
Alejandro sonrió levemente.
—No tienes que hacer nada. Solo dejarme estar cerca.
El sol se filtraba entre las nubes, iluminando por un momento el rostro cansado de Valeria. Y aunque no lo admitiera en voz alta, había algo en ella que empezaba a ceder.
Sabía que sus mundos eran distintos, casi incompatibles. Pero, contra toda lógica, una grieta se había abierto en el muro que los separaba.
Y por esa grieta, lentamente, empezaba a entrar la luz.