Marco entró con la sonrisa de siempre, esa mezcla entre seguridad y desafío que había aprendido a usar como máscara. Llevaba el traje impecable, el reloj brillando en la muñeca, y un aire de falsa calma que lo delataba más de lo que creía. —Veo que empezaste temprano —dijo, cerrando la puerta tras de sí. —Algunas verdades no pueden esperar —respondí sin levantar la vista del escritorio. —¿Verdades? —repitió, fingiendo confusión—. Suena grave. —Lo es. Guardé silencio unos segundos. Lo suficiente para que el peso del aire hiciera su trabajo. Lo observé caminar hasta el ventanal, como si aquel gesto de familiaridad le otorgara derecho a seguir perteneciendo a este espacio. —He estado revisando los reportes —dije finalmente—. Encontré algunas inconsistencias. —¿Inconsistencias? —repitió

