Salí de la oficina media hora después. No había nada más que decir. Los pasillos estaban vacíos, como si la empresa entera contuviera la respiración. Podía sentir la tensión flotando en el aire, invisible pero presente. Cuando la desconfianza se instala en una estructura, no hace falta fuego para que todo arda. Basta el silencio. Me detuve frente al ascensor, mirando mi reflejo en las puertas de acero. ¿Quién era ese hombre que me devolvía la mirada? Un estratega, sí. Un sobreviviente. Pero también alguien que empezaba a dudar de su propia creación. Montecarlo había nacido de la visión y la fuerza. Pero ahora parecía alimentarse del miedo. Y ese miedo llevaba mi rostro. Cuando llegué al estacionamiento, el aire olía a humedad y caucho. El silencio solo se rompía por el eco de mi

