Cerré la puerta de mi departamento tras de mí y dejé caer los tacones en el suelo de mármol, sintiendo el peso de la noche sobre mis hombros. Era como si toda la tensión de la reunión se hubiera pegado a mi piel. Al final, no habíamos encontrado a los culpables del sabotaje con la mercancía, pero Vicente y mis hombres seguían investigando.
Solté un suspiro largo, dejando caer el bolso sobre la mesa antes de caminar hacia el ventanal. Las luces de la ciudad se extendían frente a mí como un manto de estrellas, y por un instante me quedé allí, buscando algo de paz en el silencio de mi hogar.
Pero la calma fue fugaz. Escuché el clic de la puerta detrás de mí, y supe que no estaba sola. Alonzo había decidido seguirme hasta aquí, como si no hubiéramos tenido suficiente con la farsa en la fiesta. No me giré, mantuve la vista fija en las luces de la ciudad, fingiendo que su presencia no me afectaba.
—Pensé que tendrías la decencia de darme al menos unos minutos de paz —murmuré sin voltear, con voz fría.
Él soltó una risa breve, cargada de ironía, y se acercó hasta quedar a unos pasos de mí. Vi su reflejo mezclado con el mío en el cristal, dos figuras opuestas, unidas por un compromiso que ninguno de los dos había pedido.
—¿Paz? No creo que sea lo que realmente buscas —respondió con ese tono bajo que siempre parecía esconder una amenaza. —Porque si así fuera, habrías dicho algo en la fiesta, en vez de hacer que todos piensen que... —hizo una pausa, como si las palabras le quemaran— que hay algo entre nosotros.
Apreté los labios y crucé los brazos. Su comentario me recordó cada mirada que había sentido sobre nosotros esa noche, cada sonrisa falsa, cada palabra vacía. Vi cómo me observaba, especialmente cuando la gente se acercaba a mí, ansiosa por conocer a la futura heredera de la Bratva.
—¿Y qué crees tú que hay entre nosotros, Alonzo? —pregunté finalmente, girándome para enfrentar su mirada. Intenté que mis ojos no revelaran nada, pero no estaba tan segura de si lo había logrado.
Él permaneció en silencio un momento, como si estuviera buscando la respuesta correcta. Luego, con una intensidad en sus ojos que no había esperado, dijo:
—Nada. Absolutamente nada. Solo este compromiso absurdo que ambos odiamos —su voz era seca, cada palabra como una estocada—. La única razón por la que soporté esta farsa fue para que no pensaran que soy el tipo de hombre que deja escapar algo sin luchar.
Su comentario me golpeó más de lo que había anticipado, pero no iba a dársela tan fácil.
—¿Luchar, eh? —repetí, dando un paso hacia él—. Porque lo que vi esta noche fue a un hombre celoso, incapaz de controlar su rabia en público. ¿Es eso lo que quieres que piensen de ti?
La expresión de Alonzo se endureció, y por un segundo, pensé que iba a retroceder. Pero, en lugar de eso, se inclinó hacia mí, sus ojos oscuros ardiendo de furia, y me hizo contener la respiración.
—No vuelvas a mencionar lo que viste esta noche —dijo en un susurro, casi amenazante—. No tienes idea de lo que significa esto para mí, de lo que significa que tú, de todas las personas, estés en el centro de todo.
Alcé una ceja, intentando no mostrar sorpresa ante esas palabras. No me esperaba esa vulnerabilidad en su voz. Un momento de silencio entre nosotros, cargado de preguntas sin respuesta y emociones que ninguno de los dos se atrevía a admitir.
—Si tanto te molesta estar en el centro, ¿por qué sigues aquí, Alonzo? —pregunté en voz baja, sin esperarlo siquiera de mí misma.
Él no contestó de inmediato. Me miró, como si estuviera buscando algo en mi rostro que ni él mismo entendía. Finalmente, soltó un suspiro, apartando la mirada y llevándose una mano al cabello.
—Tal vez... porque quiero entender —dijo, su voz apenas un susurro—. Entender por qué esta noche, en medio de todo eso, pensé que te perdería. Y eso, Volkova, no es algo que me permita sentir con facilidad.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. No me esperaba esa confesión, y no sabía cómo responder. Lo miré, observándolo como si fuera la primera vez que realmente lo veía. Por un momento, pensé que tal vez, solo tal vez, había algo más debajo de toda esta rivalidad que habíamos construido.
Pero antes de que pudiera decir una palabra, él se giró hacia la puerta, lanzándome una última mirada, mezcla de desafío y resignación.
—Buena noche, Dominika —dijo, y su tono, aunque tranquilo, dejó una inquietud en mí que no pude sacudir.
La puerta se cerró detrás de él, dejándome sola en el silencio de mi departamento, con el eco de sus palabras resonando en mi mente.
Un mes después.
La noche estaba en su punto álgido, el aire denso con el aroma a champán y el resplandor de las luces que caían en cascada desde el techo, creando una atmósfera casi irreal. Yo estaba en el centro de todo, mi vestido oscuro abrazándome como una segunda piel, proyectando una imagen de fuerza y control que, en ese momento, no sentía por dentro. La gente me observaba, algunos con admiración, otros con intriga, pero ninguno realmente veía lo que había detrás de esa fachada. Alonzo Rinaldi estaba a mi lado, y aunque su presencia me era tan familiar como incómoda, no podía evitar notar la tensión que emanaba de él. Cada mirada que nos cruzábamos era como caminar sobre un campo minado, cargado de rencores no resueltos y un futuro impuesto sobre nosotros.
Había algo en el aire entre nosotros, algo que los invitados percibían. Lo sentía en sus susurros y miradas furtivas. Algunos murmuraban sobre la inevitabilidad de este choque de titanes, como si todo estuviera escrito en algún libro antiguo de reglas familiares, y yo no era más que una pieza en su tablero de ajedrez.
Un matrimonio de conveniencia. Eso era lo que era para ambos, un trato que teníamos que cumplir por el bien de nuestras familias, una unión que ninguno de los dos había pedido pero que ambos sabíamos que se estaba fraguando en la oscuridad, fuera de nuestro control. La paz que reinaba en la sala era tan frágil como el cristal, y aunque fingíamos sonrisas y gestos amables, sabíamos lo cerca que estábamos de hacer estallar todo.
Lo miré de reojo, viendo cómo su incomodidad se reflejaba en cada movimiento, cada respiración. Podía sentir su odio, y al mismo tiempo, algo que ni él ni yo nos atrevíamos a nombrar. ¿Qué demonios está pasando entre nosotros? Pensé mientras mantenía la compostura, sabiendo que esta era solo una de las muchas noches que tendríamos que compartir, jugando a la perfección este juego de apariencias que nos habían impuesto. Pero la verdad era que la paz que simulábamos, la química entre nosotros, estaba a punto de desbordarse, y no sabía si estábamos preparados para lo que eso significaba.
"¿Qué estamos haciendo?", pensé para mí misma. ¿Por qué no podíamos simplemente dejar de fingir? Tal vez porque sabíamos que la paz no duraría mucho, que este juego de apariencias no podía seguir funcionando para siempre.
Sin previo aviso, sentí su mano tocando ligeramente mi brazo, y fue como si el tiempo se detuviera por un segundo. No había suavidad en su gesto, no había ternura. Solo una presión constante, como si cada uno de esos toques hablara de algo mucho más profundo. Cuando levanté la vista para mirarlo, vi una mezcla de frustración y algo más en sus ojos. Algo que no supe cómo descifrar.
—Sabes que esto no es real —dijo, su voz grave y baja, casi un susurro.
No pude evitar soltar una risa amarga.
—¿Crees que no lo sé? —respondí, con una mirada que intentaba esconder la creciente incomodidad que sentía.
Él no contestó de inmediato. Solo permaneció allí, mirando hacia el otro lado, como si las palabras no fueran suficientes para explicar lo que ambos sentíamos en ese instante. El silencio se alargó, pesado y denso, hasta que por fin, él habló de nuevo.
—¿Por qué no me miras como lo haces con todos los demás? —su pregunta, lanzada de forma casual pero con un tono de vulnerabilidad, me sorprendió.
No supe cómo responder. Porque la verdad era que, en su presencia, mis ojos no podían evitar buscar algo más allá del hombre frío y distante que todos veían. Había algo más en él, algo que se asomaba de vez en cuando y que, por razones que ni yo misma entendía, me dejaba expuesta.
No respondí, solo me quedé allí, mirando hacia el frente, intentando ordenar las palabras en mi mente.