Episodio 17

1903 Words
La música y el murmullo de los invitados llenaban la enorme sala de lujo. Aunque era mi fiesta de compromiso, el ambiente estaba cargado de una formalidad helada, recordando a todos la verdadera razón detrás de esta unión. Aquí no se trataba de amor, sino de poder, y cada persona en este salón lo sabía. A mi alrededor se reunía la élite criminal de distintos mundos: la Costa Nostra, la Familia, las mafias rumanas, polacas, e incluso cárteles de narcotráfico de América. Esta noche, bajo un mismo techo, estaban todos los líderes y representantes de mundos tan peligrosos como el nuestro. Los observaba con una mezcla de orgullo y cautela. Mi vestido n***o me daba un aire de autoridad que no siempre sentía, aunque intentaba aparentarlo a la perfección. Con cada paso que daba, sentía el peso de las expectativas. Mi mirada buscó a mis padres entre la multitud de invitados. Estaban rodeados, conversando con varios de los líderes más influyentes. Cuando nuestros ojos se encontraron, mi padre, Alexey Volkov, jefe de la Bratva, me ofreció un leve asentimiento, y mi madre, la Koroleva, me dedicó una sonrisa fugaz pero cálida, una señal de apoyo en medio de toda esta formalidad. Me acerqué a ellos con una sonrisa medida, mientras ambos mantenían la misma compostura seria y casi intimidante que siempre habían proyectado como líderes. Entendía perfectamente que, en este contexto, nuestra relación de padre e hija quedaba en un segundo plano. Esta noche, éramos los Volkov, líderes de la Bratva, no una familia. Pero saber que el vínculo que compartíamos seguía ahí, intacto, me daba una fortaleza oculta que ellos también reconocían. —Estás a la altura de la situación, Dominika —susurró mi madre, sin perder su expresión imperturbable. —Nunca esperaría menos de ti, hija —añadió mi padre con voz controlada, en un tono que solo nosotros tres podíamos oír. Asentí ligeramente en respuesta, permitiendo que esa sonrisa tranquila que compartíamos en momentos de complicidad hablara por mí. Aunque rodeados de figuras tan imponentes, la cercanía de mis padres era un ancla, incluso en una noche como esta. En medio de nuestra conversación, uno de los guardias de seguridad de la familia se acercó y le susurró algo a mi padre. Vi en su expresión que llegaba el momento de hacer el anuncio formal. Alexey me miró con seriedad, y yo comprendí que todo el salón estaba a punto de dirigirnos su atención. Los murmullos fueron apagándose uno a uno hasta que un silencio denso y expectante se adueñó de la sala. Mi padre dio un paso al frente, posando su mirada sobre cada uno de los presentes, hombres y mujeres que habían viajado desde todos los rincones del mundo para estar aquí. Con una voz firme y grave, la misma que había moldeado el respeto hacia él en nuestra organización y más allá, comenzó a hablar: —Hoy celebramos una alianza que no solo fortalece a la Bratva, sino que se extiende hacia aquellos que aquí nos acompañan. A través de esta unión —hizo una pausa, girándose hacia mí y Alonzo, quienes nos habíamos acercado—, nuestras familias se vinculan, creando una red de poder y lealtad que protege nuestros intereses comunes. Cada palabra de mi padre tenía el peso de un pacto, y yo sentía las miradas de todos sobre nosotros. Alonzo estaba a mi lado, tan imperturbable como siempre, aunque notaba la tensión en su postura. Ambos éramos conscientes de que esta noche no se trataba solo de nosotros. Este compromiso, más allá de nuestras propias reticencias, era una declaración de fuerza y respeto. —Que esta noche sea el comienzo de una nueva era —concluyó mi padre, levantando su copa—. Por la Bratva y por nuestras alianzas. Por nuestros futuros juntos. Las copas se alzaron en un brindis solemne, reflejando el peso de la promesa hecha. Sentí la presión de la responsabilidad que acababa de depositarse sobre mis hombros, pero también el honor de estar en el lugar para el que siempre había sido preparada. Esta noche, la unión, al igual que mi destino, estaba oficialmente sellada. La atmósfera cambió repentinamente cuando un estruendo rompió el ambiente festivo. La explosión provenía de una de las puertas laterales, y el caos estalló en cuestión de segundos. La explosión resonó en mis oídos como un trueno, un recordatorio brutal de que, en mi mundo, ningún lugar era realmente seguro. Los gritos y el caos llenaron el salón en cuestión de segundos. La mayoría de los invitados huían hacia las salidas o se lanzaban al suelo buscando refugio, mientras otros intentaban en vano entender qué estaba ocurriendo. Pero yo no necesitaba preguntas ni respuestas. Sabía que esto era una declaración de guerra, y la procedencia era obvia: los polacos. Alonzo y yo nos miramos brevemente, y en ese instante, un entendimiento tácito pasó entre nosotros. Sabíamos lo que teníamos que hacer. Casi sin pensarlo, nos deslizamos hacia el centro del salón, espalda con espalda, en posición de defensa. Alonzo mantenía la vista en las puertas, las ventanas y cada rincón oscuro de donde pudiera surgir un enemigo, mientras yo me enfocaba en el ataque, sin perder ni un segundo. Apenas tuve tiempo para percibir la figura que venía hacia mí con un arma en alto antes de que mi instinto tomara el control. Me moví con precisión, derribando al atacante de un golpe certero en el torso; luego giré para desarmarlo, haciendo que el arma cayera de sus manos. Todas esas horas de entrenamiento, los movimientos practicados hasta la perfección, ahora rendían frutos. Con una frialdad letal, neutralicé al hombre sin titubear. A mi lado, Alonzo repelía a los atacantes que intentaban acercarse, esquivando disparos y utilizando su fuerza para protegernos a ambos. Se giraba justo a tiempo para detener a cualquiera que intentara atacarme por la espalda, y aunque siempre había una tensión silenciosa entre nosotros, en ese momento parecíamos un solo ser, como si todas las disputas y rencillas se hubieran desvanecido, dejándonos en nuestra esencia: dos guerreros, luchando codo a codo por nuestras vidas. Eché una rápida mirada alrededor. Los pocos guardias que habían permanecido leales intentaban contener el caos, mientras algunos miembros de otras mafias aprovechaban la confusión para salir por las puertas traseras. Pero mis padres no estaban entre ellos. En medio de la conmoción, logré ver a Alexey y a mi madre, la Koroleva, manteniendo una calma inquebrantable, controlando a los suyos y organizando la resistencia con una autoridad imposible de ignorar. Eran los líderes de la Bratva, incluso en el peligro, y comprendí que, aunque había momentos de cercanía con ellos, en esta situación eran, ante todo, los Volkov. Una nueva oleada de disparos atravesó el salón, y sentí cómo la sangre se me helaba. Alonzo me tomó del brazo, tirando de mí hacia una columna para cubrirme. —No te expongas de esa forma —gruñó entre dientes, mirándome con un destello de furia—. No necesito otra distracción. Apreté los dientes, sintiendo una mezcla de rabia y agradecimiento que no sabía bien cómo procesar. —No soy una distracción —respondí, asomándome ligeramente para evaluar la situación—. Esto es una guerra, Rinaldi, y tú eres mi único apoyo en este momento. Así que ahórrate las palabras y actúa. Con una mueca de aprobación, Alonzo asintió y se lanzó de nuevo a la pelea, y yo fui justo detrás de él. Sabíamos que teníamos que mantenernos juntos si queríamos salir de allí con vida, y aunque nunca lo admitiríamos en voz alta, en ese momento entendíamos que nuestras habilidades se complementaban perfectamente. Avanzamos entre los restos de la fiesta, esquivando disparos y peleando cuerpo a cuerpo con los hombres de la mafia polaca. A medida que los enemigos caían, el salón se iba vaciando de los últimos invitados que lograban escapar, dejando un campo de batalla improvisado. Cada paso que dábamos era una afirmación de nuestra fuerza, de nuestra capacidad para luchar incluso cuando estábamos en desventaja. El suelo estaba cubierto de cristales rotos, decoraciones caídas y rastros de la violencia que acababa de desatarse. Finalmente, un disparo resonó tan cerca que me giré, alarmada. En el extremo opuesto del salón, mi padre, Alexey Volkov, estaba de pie, rodeado de guardias, con su mirada fija y glacial. Con un movimiento autoritario, ordenó el repliegue de sus hombres, y al hacerlo, sus ojos se posaron en Alonzo y en mí, evaluándonos desde la distancia. No había temor en su expresión, solo la frialdad del líder que estaba acostumbrado a enfrentar estas situaciones sin titubear. El mensaje fue claro. El jefe de la Bratva no necesitaba palabras para comunicarse conmigo; su mirada decía todo lo que yo necesitaba saber. Era el momento de retirarse. —Alonzo, vámonos —ordené, sabiendo que cada segundo era crucial. Sin cuestionarme, él asintió, y juntos nos movimos hacia la salida, siguiendo a los demás. Avancé junto a Alonzo hacia el centro de la sala, donde mi padre, Alexey Volkov, se erguía con una autoridad imponente que hizo retroceder a los invasores restantes. Su sola presencia era suficiente para hacerlos dudar, conscientes de que enfrentarse a él era una sentencia de muerte. Me mantuve cerca de él, respirando agitada, pero enfocada. Alonzo estaba a mi lado, en la misma postura, listo para cualquier ataque. El murmullo de los invitados supervivientes comenzaba a disiparse mientras los hombres de la Bratva retomaban el control de la situación. —¿Así es como deciden felicitarme? —mi padre habló con dureza, su mirada fija en el último grupo de polacos capturados y desarmados. El desprecio en su tono era palpable—. Si querían enviar un mensaje, les aseguro que fue recibido… y será respondido. Observé a Alonzo, y noté una leve sonrisa irónica en sus labios. Sabía que él, como yo, entendía perfectamente lo que este ataque representaba: un intento de humillación, una declaración de que incluso bajo el poder de los Volkov, nuestros enemigos podían infiltrarse y desafiar nuestra seguridad. Pero también sabíamos que el contragolpe sería devastador. Cuando finalmente los guardias de la Bratva dieron el “todo despejado,” sentí cómo el peso de la tensión empezaba a liberarse de mis hombros. Alonzo me miró de reojo, ambos aún respirando con fuerza. Hubo un instante de conexión silenciosa entre nosotros, un acuerdo tácito de que esta noche, al menos, estábamos en el mismo bando. —Lo manejaste bien, Volkova —murmuró Alonzo, su voz cargada de una emoción que no supe descifrar. —Lo mismo digo, Rinaldi —respondí, y una sonrisa fugaz se dibujó en mis labios antes de que volviera la mirada hacia mi padre, quien seguía manteniendo el control de la situación. Finalmente, Alexey se acercó a nosotros. Su mirada, que hasta entonces había sido dura y fría, se suavizó ligeramente al detenerse en mí. Fue solo un instante, un destello de reconocimiento que pasó desapercibido para los demás, pero que yo sentí como una caricia de aprobación. —Buen trabajo, hija —me susurró, apenas lo suficiente para que solo yo lo escuchara. Aunque la tensión no había desaparecido del todo, comprendí que en esta batalla había dado un paso hacia el rol que siempre supe que me esperaba. Al igual que Alonzo, esta noche demostramos que, a pesar de cualquier rivalidad o desconfianza, cuando se trata de la familia, la lealtad es indiscutible.
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