Episodio 18

1637 Words
Cuando la situación se calmó y el eco de la última detonación se disipó, Alonzo y yo salimos juntos, dejando atrás el salón que había sido el escenario de nuestro compromiso y ahora de una emboscada. El eco de los pasos se sentía en el vacío del vestíbulo, y aunque todavía sentía la adrenalina palpitando, comenzaba a darme cuenta de lo agotador que había sido enfrentar la amenaza con la tensión de nuestra relación a cuestas. Entonces, una figura elegante y etérea apareció al final del pasillo. La mujer caminaba con una gracia que parecía hacer eco de las sombras que la rodeaban. Alta y delgada, con el cabello dorado que caía en cascadas sobre su espalda y un vestido verde de terciopelo que se amoldaba a sus curvas como una segunda piel, se dirigía directamente hacia Alonzo. Él se tensó, casi imperceptiblemente, como si el peso de un viejo recuerdo lo golpeara. Y, con una intensidad que quemaba, mi atención se centró en esa desconocida. La mujer esbozó una sonrisa enigmática cuando llegó a nuestro lado, y sus dedos se posaron en el brazo de Alonzo con una familiaridad descarada. El movimiento me pareció tan natural en ella, como si ese contacto hubiera sido suyo desde siempre. Algo en la forma en que sus ojos lo buscaban y cómo su sonrisa se acentuaba me hizo contener la respiración. Había una historia entre ellos, eso estaba claro. —¿Y bien, Alonzo? ¿Quién es ella? —murmuré, sin esfuerzo por esconder la dureza en mi tono. Mantuve el rostro sereno, aunque sentía que un fuego extraño se encendía en mí, uno que había evitado reconocer. Alonzo desvió la mirada de la mujer hacia mí, y vi la incomodidad en su expresión, esa que jamás habría esperado ver en él, el hombre que enfrentaba el peligro con la misma calma que una tarde cualquiera. —Dominika… ella es Ekaterina —dijo, como si sus labios se resistieran a pronunciar el nombre. Ekaterina sonrió, divertida, y sin soltar el brazo de Alonzo, me miró con un aire desafiante. Era una de esas sonrisas que parecían saborear algo escondido, algo que yo desconocía. —Ekaterina Vasilievna —añadió, su voz suave y calculada como una cuchilla envainada en terciopelo—. Alonzo y yo… compartimos un pasado. Pero parece que en esta ocasión, ese pasado ha sido reemplazado, ¿verdad? —Su mirada se deslizaba entre él y yo, desentrañando lo que había entre nosotros como si fuera un juego. Quise responder algo, quizá una réplica cortante o un comentario que la pusiera en su lugar, pero opté por mantener la calma, consciente de que en el terreno de las apariencias, la frialdad era siempre la mejor armadura. —Los recuerdos son solo eso, recuerdos. No te equivoques, Ekaterina —murmuré, sin apartar la mirada de sus ojos, que me escudriñaban con un interés casi cruel. Ella se rió suavemente, como si mis palabras fueran poco más que un detalle insignificante. Su sonrisa no se desdibujó en lo más mínimo mientras deslizaba la mano por el brazo de Alonzo y luego se apartaba, dándome una última mirada que contenía tanto nostalgia como algo más oscuro, una suerte de advertencia no dicha. —Querida, algunos recuerdos no se dejan atrás tan fácilmente —replicó, susurrando casi para sí misma mientras se alejaba, dejándonos allí, en medio del pasillo vacío y cargado de preguntas sin respuesta. Cuando finalmente desapareció, sentí el peso del silencio entre Alonzo y yo, un silencio denso, casi inquebrantable. Miré su perfil y noté algo que antes no había percibido: la leve sombra de un pasado que, a diferencia del mío, parecía colarse en su presente sin pedir permiso. Él mantuvo la mirada en el vacío, y por primera vez, lo vi vulnerable, como si algo en él se hubiera desmoronado por un breve instante. —Ekaterina es parte de una historia que preferiría dejar enterrada —murmuró, y su voz parecía un eco en aquel pasillo sombrío. Había algo en su tono que me decía que la historia que compartían no era algo que él pudiera olvidar fácilmente. Me mantuve en silencio, asintiendo, con la extraña sensación de que esta historia aún no había concluido, de que Ekaterina era solo un fragmento de una vida que él había dejado atrás, pero que no había desaparecido por completo. Nos quedamos ahí, en el pasillo, entre ecos de pasos que parecían venir de un pasado que ninguno de los dos terminaba de entender del todo. Aquel silencio compartido era una promesa, un preludio, y sentí que lo que habíamos enfrentado juntos esa noche era apenas el comienzo. Porque si algo había aprendido de la vida que nos rodeaba, era que los fantasmas nunca desaparecían realmente; simplemente esperaban la ocasión perfecta para volver. Y ahora, con el espectro de Ekaterina rondando en el aire, me pregunté cuántas historias más de Alonzo aún desconocía y si estaba realmente preparada para enfrentarlas… El peso de lo que acabábamos de presenciar no se disipó mientras permanecíamos allí, en la penumbra del pasillo, solos. La figura de Ekaterina aún rondaba en el ambiente, como un rastro que se adhería a la memoria de Alonzo y ahora, de algún modo, también a la mía. Esa mujer había abierto una puerta que él había intentado cerrar, y algo en su mirada había despertado en mí una inquietud que me costaba acallar. El silencio entre nosotros era casi palpable, un muro invisible que separaba la complicidad nacida en la batalla de la distancia que imponía su pasado. Alonzo mantuvo la vista fija en el suelo, como si las respuestas que yo buscaba pudieran estar escritas en las grietas del mármol. En el reflejo tenue de la luz, su rostro parecía cincelado en sombras, cada línea en su expresión revelando lo que ni él mismo se atrevía a decirme. —¿Quién fue ella realmente, Alonzo? —murmuré al fin, mi voz apenas un susurro, como si temiera que el eco pudiera despertar algo dormido en él. —Ekaterina… —empezó, y por primera vez, su voz sonó lejana, casi como si hablara para sí mismo—. Ella fue… lo que necesitaba en otro tiempo, en otro lugar. Una sombra compartida. Pero fue también una ilusión peligrosa, un recuerdo que se quedó, aún cuando todo indicaba que debía desaparecer. La brisa helada que se colaba por las ventanas me hizo cruzar los brazos, como si pudiera protegerme del frío que venía, no del exterior, sino de ese rincón oculto en su historia. Observé la forma en que la nostalgia velaba su mirada, mezclada con un dejo de amargura que solo aquellos que han amado en el filo del peligro podrían entender. —Es solo el pasado, Dominika —continuó, intentando sonar firme, pero su voz no lograba disipar del todo la tensión que lo atenazaba—. Lo que importa ahora es este momento, esta alianza… lo que significa para nosotros y nuestras familias. Pude notar su esfuerzo por convencerse a sí mismo, por apartar el espectro de Ekaterina de su vida. Sin embargo, una parte de mí se resistía a aceptar su respuesta, a dejar que ese capítulo de su historia quedara cerrado sin más. Era extraño, casi contradictorio, sentir esa mezcla de celos y algo más profundo, una inquietud que me empujaba a querer descubrir qué clase de sentimientos había sepultado en esa relación rota. No pude evitar dar un paso más cerca de él, alzando el rostro para buscar sus ojos. Pero Alonzo, como si el peso de mi mirada lo incomodara, apartó la suya, volviéndola hacia el ventanal que daba a la noche. Sentí que había algo en su silencio que encerraba una confesión que aún no estaba listo para hacerme, una verdad que prefería ocultar. —Quizás es mejor no preguntar demasiado sobre el pasado —dije suavemente, aunque sabía que mis palabras sonaban a reproche—. Pero recuerda, Alonzo, que en esta vida los secretos son puñales, y entre tú y yo no debería haberlos. Si tenemos que luchar lado a lado… no puedo permitirme que haya sombras entre nosotros. Él asintió, y su silencio se sintió como una promesa a medias. Nos quedamos allí, juntos pero distantes, observando cómo las luces de la ciudad titilaban a lo lejos, cada una como una señal de advertencia, un presagio de que esa sombra llamada Ekaterina podría regresar en cualquier momento, trayendo consigo recuerdos que Alonzo no deseaba exponer. El eco de los pasos de nuestros aliados resonó en el corredor, y la magia de nuestro momento comenzó a desvanecerse. Sabía que no era el momento de presionar más, de pedirle respuestas que él aún no estaba dispuesto a darme. Así que, respirando hondo, me aparté de su lado y empecé a caminar en dirección a la salida, mis pensamientos enredados en una maraña de preguntas sin respuesta. Sin mirarlo de nuevo, murmuré con la voz apenas audible: —Espero que algún día estés listo para contarme todo, Alonzo. No quiero compartir mi vida con alguien que sigue atado a recuerdos que no me pertenecen. Apenas crucé el umbral de la puerta, la brisa de la noche me golpeó el rostro, y al dejarlo atrás, sentí que había dejado también una parte de mis propios temores. Los ecos de su pasado podían ser poderosos, pero estaba segura de algo: nuestra historia apenas comenzaba. Quizá el tiempo, y solo el tiempo, traería las respuestas que necesitábamos. La noche nos envolvía, abierta e incierta, y mientras caminaba hacia el auto, supe que cada uno de nosotros llevaba ahora una herida distinta, una cicatriz nueva. Sabía que, aunque el compromiso era una alianza forjada por necesidad, nuestras decisiones aún estaban por escribirse, una a una, en la frontera entre la lealtad y los secretos.
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