Capítulo 15

1506 Words
La música resonaba en la gran sala, y el murmullo de risas y conversaciones llenaba el aire mientras las luces titilaban en un juego de sombras y colores. Caminaba entre los invitados con la mejor de mis sonrisas, fingiendo que disfrutaba cada momento, cada mirada de admiración. Sabía que destacaba, no era ajena a cómo todos me observaban cuando me movía entre ellos. De pronto, noté a Alonzo en un rincón, con un vaso en la mano, mirándome. Su mirada intensa me seguía a cada paso, y aunque trataba de ignorarlo, no podía evitar sentir un hormigueo bajo su escrutinio. No sé por qué, pero había algo en la forma en que me observaba que hacía que me sintiera vulnerable, expuesta, como si él fuera el único que podía ver más allá de mi fachada. Entonces, Dmitri, uno de los viejos amigos de la familia, se inclinó hacia mí para decirme algo en voz baja, algo sin importancia, pero lo suficientemente gracioso para arrancarme una sonrisa genuina. Sin pensarlo, giré hacia Alonzo, y nuestras miradas se encontraron por un instante. Intentó sonreír, pero en su rostro vi algo más, una especie de frustración contenida que no alcanzaba a entender. Sentí que mi pecho se tensaba. Un instante después, Alonzo avanzó hacia mí, atravesando la multitud con paso firme, sus ojos oscuros fijos en mí. El vaso en su mano parecía una extensión de su ira contenida, y cuando llegó junto a mí, su voz era firme, casi cortante. —¿Todo bien, Dominika? —preguntó, y percibí un tono extraño en su voz, algo que me hizo sentir que era una pregunta con trampa. Me giré hacia él, algo sorprendida por la interrupción. Intenté que mi expresión no mostrara cuánto me había desconcertado su llegada. —Sí, Alonzo, solo charlando —respondí, intentando que sonara despreocupado, aunque sabía que la sorpresa en mi voz era evidente. —Me parece que te están entreteniendo demasiado —dijo, y no había ninguna amabilidad en su tono. Sentí el desdén en cada sílaba. Lo miré con el ceño fruncido, preguntándome qué demonios le pasaba. Dmitri, al notar la tensión, se hizo a un lado con una risa incómoda, pero Alonzo seguía mirándome con una mezcla de irritación y algo más… ¿celos? —No es nada, solo son amigos —respondí, intentando calmar el ambiente, aunque mi voz salió más defensiva de lo que esperaba. Verlo ahí, tan alterado por algo tan trivial, me desconcertaba. ¿Amigos? La palabra parecía que le hubiera golpeado, su mandíbula se tensó. Entonces, como si algo en él se rompiera, soltó en voz baja, pero lo suficientemente claro como para que lo escuchara: —¿Tú qué sabes de amigos? Las palabras cayeron como una piedra en medio de la conversación, y mi respiración se aceleró. Sentía una oleada de emociones subiendo por mi pecho, una mezcla de sorpresa, frustración y… algo más. Algo que nunca habría querido que él viera. Apreté los dientes, intentando controlar el enojo que me invadía. Pero cuando vi que sus ojos se desviaban hacia Dmitri, como si lo considerara una amenaza, me di cuenta de lo que realmente estaba ocurriendo. Ese sentimiento de posesión, de celos, que tan claramente estaba tratando de disimular, me dejó sin palabras. La atmósfera entre nosotros se volvió pesada, y por un momento el ruido de la fiesta desapareció. Era como si el resto de las personas ya no existieran. Solo estábamos Alonzo y yo, atrapados en un mar de emociones contradictorias, en un abismo donde los celos y la desconfianza lo cubrían todo. En ese instante, me pregunté si alguna vez lograríamos atravesar esa sombra entre nosotros, esa que siempre estaba al acecho, lista para arruinar cualquier intento de paz. La música se suavizaba a medida que la fiesta llegaba a su fin, y la mayoría de los invitados comenzaban a despedirse. Nicole y Aleska, en cambio, parecían dispuestas a quedarse hasta el último minuto, disfrutando de la última copa y de las historias que flotaban entre risas y anécdotas. Observaba la escena, sintiendo que, al menos por esa noche, había podido separarme de la tensión habitual y sumergirme en una realidad más ligera. Sin embargo, mientras les sonreía, sentí una vibración en el bolsillo de mi chaqueta. El teléfono. Lo saqué con la esperanza de que fuera un mensaje inofensivo, quizás de uno de los invitados que se había ido sin despedirse, pero al ver el nombre en la pantalla, mi estómago se tensó de inmediato. Era Vicente. La realidad me reclamaba, como siempre lo hacía. Alonzo, quien lo notó de inmediato, se acercó con discreción y me lanzó una mirada interrogante. Asentí ligeramente para tranquilizarlo, tratando de aparentar calma antes de responder al llamado. —¿Sí? —dije en voz baja, alejándome un poco de las chicas para que no pudieran escuchar. —Dominika, tenemos una situación en el puerto. Hay una mercancía que… no debía llegar esta noche —su voz, firme pero rápida, indicaba que el asunto no podía esperar—. Es posible que alguien haya filtrado información. Necesito que vengas, y a Alonzo también. Sentí cómo la adrenalina volvía a recorrer mi cuerpo, disolviendo la ligera embriaguez que aún me quedaba. Dominika Volkova, la hija de Alexey Volkov, la heredera de la Bratva, volvía a su papel principal, y eso significaba que esta noche no iba a terminar como una fiesta cualquiera. —Entendido. Estaremos ahí en veinte minutos —respondí, antes de colgar. Guardé el teléfono, girándome hacia Alonzo, quien no necesitaba más explicaciones. Luego de asentirme, comenzó a alejarse hacia la salida para coordinar nuestra salida. Yo, en cambio, volví hacia mis amigas, poniendo mi mejor sonrisa, mientras mi mente se preparaba para lo que venía. —Chicas, lamento dejarlas así, pero algo urgente surgió —dije con tono despreocupado—. Creo que mañana, con más calma, haremos algo, ¿vale? Nicole hizo un puchero, pero asintió con una sonrisa comprensiva. —Domi, siempre corriendo de un lado a otro. Está bien, pero espero que no tardes mucho en darnos otra noche como esta. Sonreí, dándoles un rápido abrazo. Para ellas, esta noche había sido solo una fiesta universitaria más; una noche de diversión, sin saber que yo estaba a punto de cambiar de escenario para enfrentar la otra vida que ni siquiera imaginaban. Una vez en la camioneta, el silencio entre Alonzo y yo era tenso. Nos dirigíamos a enfrentar una posible filtración de información en la operación que habíamos concluido esa misma noche. Había sido mi primera misión importante, y el hecho de que algo fallara tan rápido me golpeaba con la fuerza de una realidad que no quería ignorar. Alonzo, atento a cada uno de mis movimientos, rompió el silencio. —Esto es parte del trabajo. No siempre es perfecto, tigritsa —me dijo en un tono tranquilizador—. Estás haciendo lo correcto. —Lo sé —respondí, apretando los labios—, pero también sé que esto es una advertencia. Llegamos al puerto, y en el frío de la madrugada, la atmósfera era completamente distinta a la de unas horas atrás. Los guardias se movían de un lado a otro, revisando las zonas de acceso y los contenedores. Vicente nos recibió, y por su expresión, entendí que había algo más de lo que me había contado por teléfono. —Tenemos uno de los contenedores retenido, Dominika. Alguien trató de desviar la mercancía antes de que llegara a su destino. Esto no es un simple robo, sino un mensaje —dijo, con los ojos fijos en mí. Alonzo intercambió una mirada conmigo, y ambos entendimos la gravedad del asunto. Si alguien intentaba desafiarme ahora, después de mi primer éxito, eso significaba que no todos dentro de la Bratva estaban de acuerdo con el poder que me estaba otorgando mi padre. —Entonces, vamos a dejar claro que no recibimos bien los mensajes —respondí, sintiendo una determinación férrea apoderarse de mí—. Quiero saber quién estaba cerca de este cargamento en todo momento y revisar las cámaras de seguridad. Mientras comenzaban a rastrear los movimientos en el puerto y revisar las cámaras, caminé por el muelle, observando el contenedor bajo las luces frías que iluminaban el agua oscura. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para mantenerme firme en mi lugar en la Bratva, y eso significaba resolver esta amenaza de inmediato. Alonzo se acercó, con una expresión seria, y se detuvo a mi lado. —Lo sabes, tigritsa. Están probándote —dijo en voz baja, con la misma calma que usaba cuando la situación lo ameritaba—. Pero vas a hacerles entender quién eres. Le sostuve la mirada y asentí. Aquella noche, la última con sabor a inocencia, se había esfumado, y me preparaba para el camino que tenía por delante, con Alonzo a mi lado, y con la certeza de que el poder que había comenzado a conquistar no se le regalaba a nadie: se ganaba y se defendía con cada paso.
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