Mientras avanzábamos por los pasillos, sentía los ojos de todos sobre mí, como si evaluaran cada paso que daba. Sabía que muchos se preguntaban por qué el Boss me había convocado, considerando que recientemente se había mostrado tajante en mantenerme al margen. Podía oír murmullos apenas perceptibles, pero elegí ignorarlos. Alonzo se mantenía a mi lado, tan atento como siempre, aunque en esta ocasión lo noté algo tenso. Parecía entender que este encuentro tenía más importancia de lo que yo misma había imaginado.
Finalmente, llegamos a las puertas del despacho de mi padre. Mi madre me miró con una sonrisa alentadora antes de dar unos golpecitos suaves y abrir las puertas.
—Está aquí, Alexey.
—Hazla pasar —su voz, profunda y solemne, resonó desde el otro lado.
Respiré hondo y entré, dejando a mi madre y a Alonzo afuera. Sentía cómo el corazón me latía con fuerza; Alexey no era un hombre que mostrara sus emociones, pero ese día su mirada era aún más indescifrable. Estaba de pie junto a una mesa llena de papeles, revisando lo que parecían documentos importantes.
—Me alegra que hayas venido tan pronto, hija.
—¿Qué sucede, papá? —pregunté con seriedad, tratando de que mi voz no reflejara la ansiedad que me consumía.
Él tomó un respiro y, por primera vez en mucho tiempo, vi en sus ojos un destello de orgullo.
Alexey me observó en silencio unos instantes, sus ojos penetrantes escudriñando cada rasgo de mi rostro como si estuviera buscando algo que le confirmara una decisión ya tomada. Finalmente, entrelazó las manos sobre la mesa y habló en ese tono firme que usaba solo en los momentos cruciales.
—Han llegado informes, información de la que no estaba seguro si debía hacerte partícipe —empezó, cada palabra cuidadosamente elegida—. Pero ya no hay vuelta atrás. Es tiempo de que tomes un rol más importante, que demuestres lo que llevas dentro.
La sorpresa me recorrió de pies a cabeza. Por años había anhelado esta responsabilidad, y cada vez que creía estar lista, algo parecía desanimarlo. Sin embargo, ahora me enfrentaba a sus palabras como si una parte de mí dudara de que todo esto fuera real.
—¿A qué te refieres, papá? —pregunté, tratando de sonar calmada.
Él asintió, complacido con mi pregunta directa.
—Te he convocado porque estamos entrando en una etapa complicada, en la que no puedo permitirme errores ni vacilaciones. Quiero que comiences a asumir ciertas operaciones… con discreción —aclaró, y su voz se volvió aún más baja—. Nada de esto debe trascender, solo un par de personas lo sabrán.
Me quedé en silencio, sabiendo que mis próximos movimientos definirían mi futuro dentro de la Bratva. Respiré hondo y le sostuve la mirada.
—¿Qué quieres que haga?
Un leve destello cruzó su rostro. Parecía orgulloso y, por un segundo, incluso complacido.
—Empezarás con algo sencillo. Necesitamos consolidar algunos de nuestros tratos en el puerto. Quiero que supervises una de las entregas de esta noche. No es gran cosa, pero debes hacer ver que todo está bajo control, sin levantar sospechas. ¿Entendido?
—Entendido, Boss.
Usar ese título me llenaba de una emoción contradictoria: respeto por él, pero también una determinación que él mismo había sembrado en mí desde niña. Noté que mi padre parecía satisfecho, aunque en su rostro aún quedaba algo de preocupación.
—Hija —su voz adquirió un tono más suave, aunque su postura seguía firme—, quiero que recuerdes algo. Nadie aquí te debe lealtad más que yo, pero no olvides que muchos de ellos te ven como una amenaza.
Asentí, entendiendo perfectamente a qué se refería. Alexey sabía que algunos me consideraban como una intrusa, alguien que no merecía el poder que él había construido. Pero no tenía intenciones de defraudarlo.
—Te lo agradezco, papá. Haré todo lo necesario.
Se levantó de su asiento, acercándose para darme una palmada en el hombro. Era lo más cercano a un gesto afectivo que solía mostrarme cuando estábamos en asuntos de “negocios”.
—Buena suerte, tigritsa.
La palmada en el hombro fue su despedida, y sin más palabras, salí de la oficina con la mente llena de ideas y un inusual cosquilleo en el estómago. Apenas crucé la puerta, Alonzo se acercó de inmediato, con esa expresión alerta que parecía siempre analizar cada detalle a su alrededor.
—¿Todo bien? —preguntó, y aunque trató de sonar indiferente, su mirada reflejaba algo de preocupación.
Lo miré unos segundos, sopesando si debía confiarle la tarea que tenía por delante. Después de todo, era mi prometido y una de las personas de más confianza de mi padre. Finalmente, me decidí a contarle.
—Me han dado una misión. Tengo que supervisar una entrega en el puerto esta noche. Solo unos pocos deben saberlo —dije en voz baja, asegurándome de que nadie más estuviera escuchando.
La expresión de Alonzo cambió de inmediato; sus ojos se entrecerraron y una chispa de intriga apareció en su mirada.
—¿Una misión en el puerto? —repitió—. Interesante. Y, claro, asumiré que necesitas un par de ojos adicionales, ¿verdad?
Asentí, reconociendo la utilidad de tener a alguien de mi lado que conociera los protocolos tan bien como él.
—Así es. Será una operación sencilla, o eso quiero creer. Pero sabemos que la última palabra nunca está dicha hasta que se completa el trabajo —le respondí, observando la reacción en su rostro.
Una ligera sonrisa asomó en sus labios. Parecía disfrutar la idea de que finalmente estaba participando de lleno.
—Entonces, me encargaré de que todo esté listo para esta noche. No quiero que te preocupes por detalles menores. Solo ocúpate de supervisar y de que tu presencia deje claro quién manda aquí.
Alonzo tenía razón. Estaba en juego mucho más que una simple entrega; debía demostrar que podía manejar cualquier tarea que me encomendaran. Caminamos juntos hacia la salida de La Fortaleza, ambos en silencio, concentrados en lo que vendría. Afuera, el sol comenzaba a esconderse, tiñendo el cielo con un tono carmesí que parecía un buen augurio para la noche que se avecinaba.
Ya en la camioneta, observé cómo las luces de la ciudad comenzaban a encenderse mientras nos dirigíamos hacia el puerto. Las calles se iban vaciando, pero la tensión crecía dentro del vehículo. El silencio entre nosotros era cómodo, como si ambos estuvieran preparándose mentalmente.
Finalmente, cuando estábamos a punto de llegar, Alonzo rompió el silencio:
—Si algo sale mal, estaré ahí. Pero sé que no será necesario —dijo, lanzándome una mirada de confianza.
No pude evitar una leve sonrisa.
—Lo sé. No pienso decepcionarte —respondí, y en mis palabras no había una pizca de duda.
Al llegar al puerto, los hombres de seguridad ya estaban en sus posiciones, vigilando cada rincón como sombras en la noche. Bajé del auto con la cabeza en alto y observé el panorama. Ahí estaba el contenedor, apenas iluminado por las luces del muelle, con la carga que debía supervisar.
Uno de los encargados se acercó con una leve reverencia.
—Señorita Volkova, todo está listo. Los documentos también están en orden, como solicitó el Pakhan.
Le agradecí con un asentimiento y tomé la carpeta que me ofrecía, revisando cada hoja con detenimiento. Sabía que la atención a los detalles era crucial. Con un rápido vistazo a Alonzo, noté que estaba en constante alerta, sus ojos recorriendo el lugar en busca de cualquier movimiento sospechoso.
Todo parecía marchar en orden, pero un ligero sonido me alertó. Alcé la mirada y distinguí una figura entre las sombras.