Un buen baño en la tina sería la solución perfecta para todo el estrés que había acumulado en los últimos días. Lo preparé con varias sales y rosas, entregándome por completo a la absoluta relajación. Desde que tomé conciencia de mi posición en el mundo, estos pequeños momentos me ayudaban a mantener algo de paz. Cerré los ojos y me sumergí en el agua por varios segundos. Practicaba este juego desde niña, solo para ver cuánto podía aguantar la respiración; además, me ayudaba a pensar con más claridad. Normalmente, había demasiado ruido a mi alrededor como para concentrarme.
Las voces solían hablar demasiado, sin decir nada, y terminaban convirtiéndose en un molesto ruido de fondo.
Volví a la superficie cuando me quedé sin aire, pero quería disfrutar un poco más de esta tranquilidad. Además, necesitaba idear un plan para que el Boss me dejara volver a participar en los negocios. Nunca dejaría de hacerlo, pero prefería tener su permiso para evitar más problemas. Alexey Volkov era un padre grandioso, pero como Boss, no hacía concesiones, ni siquiera conmigo.
Minutos después salí del baño con una bata envolviendo mi cuerpo. Estaba secándome el cabello cuando recibí una llamada. Me sorprendió ver el nombre del contacto. ¿Por qué me estaría llamando papá? Descolgué de inmediato, llena de curiosidad.
—¿Hola? —contesté, tratando de que mi voz no sonara demasiado emocionada.
—En La Fortaleza, en media hora.
Esas fueron las únicas palabras que dijo antes de colgar. Miré el teléfono, aún más sorprendida.
Siempre tan conversador, ¿verdad, papá? —pensé mientras lanzaba el celular sobre la cama y comenzaba a vestirme.
Sería mejor no hacerlo esperar, y tenía mucha curiosidad por el motivo de su intempestiva llamada. Una vez lista, llamé a mis hombres de seguridad para informarles que saldríamos cuanto antes. Luego me miré en el espejo: iba vestida completamente de n***o, lo que me hacía parecer aún más pálida, pero era el atuendo usual en la Bratva; ocultaba mejor las manchas de sangre.
—¿Qué haces aquí?
Alonzo estaba sentado cómodamente en el sofá de la sala. ¿Qué demonios hacía allí, en lugar de estar con el resto del equipo de seguridad?
—Me aseguro de que estés viva. El Pakhan nos ordenó que al menos uno de nosotros estuviera dentro del departamento, por si ocurre algún peligro —explicó.
—Para eso están las cámaras de seguridad, no hay necesidad de que invadan mi privacidad —dije, colocándome frente a él—. Y por tu posición, no creo que estés haciendo un trabajo magnífico, así que levántate. Nos vamos a La Fortaleza.
La sorpresa en el rostro de Alonzo era evidente.
—¿A La Fortaleza? —asentí, molesta por su repetición—. Pensé que estabas vetada de allí.
Lo miré con rabia. ¿Y a él qué le importaba? Estaba cruzando una línea hacia el entrometimiento.
—No lo sé, pero si quieres, puedes llamar al Boss y preguntarle tú mismo. ¿Acaso quieres cuestionarlo?
Me sentí satisfecha al ver cómo tragaba saliva y asentía rápidamente. En la mafiya, nadie cuestionaba al Boss; solo se obedecía. Quizás la única que gozaba de ese privilegio era la Koroleva, y muchas veces ni siquiera necesitaba preguntarle para saberlo.
—Entonces, vamos, que no tenemos todo el día.
El resto de mis hombres estaban distribuidos entre la entrada del departamento, varios pisos abajo, y el garaje. Alonzo se comunicó con todos para que nos reuniéramos allí. En algún momento se había designado como mi jefe de seguridad, y al ser mi prometido, nadie lo contradecía.
—A La Fortaleza —informé al subirme a la camioneta. Alonzo lo hizo por el otro lado—. Conduce lo más rápido que puedas. Nos quieren allí en menos de treinta minutos —ordené al conductor, quien asintió.
El viaje se me hizo eterno, aunque solo había pasado un par de días fuera de allí. La verdad es que estaba nerviosa, no sabía qué me esperaba, y la ansiedad solo aumentó cuando entramos al pueblo. A través del espejo, observé cómo las personas se detenían a mirar el auto, conscientes de que alguien de la mafia acababa de llegar. Nadie por aquí manejaba camionetas tan lujosas, a menos que tuviera negocios con nosotros. Y, muchas veces, ni siquiera así.
Mi ansiedad crecía, así que me dediqué a jugar con los dedos para calmarme. De repente, sentí una mano sobre la mía, un apretón ligero y reconfortante. Giré la cabeza para mirar a Alonzo, pero él estaba apoyado contra la ventana. Quizás solo era una impresión mía, pero me pareció notar un leve sonrojo en su rostro. Le devolví el apretón, sintiendo un suave calor en el pecho, el cual solo demostraba lo mucho que apreciaba su apoyo.
—Ya llegamos, tigritsa.
Suspiré ante las palabras del conductor y solté la mano de Alonzo para bajar, pero en menos de un segundo ya estaba a mi lado, sosteniéndome. Por alguna razón, aquello no me molestaba como lo habría hecho antes. Mi madre estaba en la puerta, esperándome (curiosamente, siempre era ella quien me recibía), y sonrió al ver nuestras manos entrelazadas. Me aclaré la garganta para desviar la atención, aunque escuché la risita burlona de Alonzo a mi lado.
—Qué alegría verte de nuevo, tigritsa —dijo mi madre, abrazándome con fuerza—. Estos días se me hicieron eternos —dramatizó, luego tomó mi rostro entre sus manos y lo giró de un lado a otro—. No vuelvas a pelearte con tu padre o me veré obligada a jalarles las orejas a ambos.
Me reí al imaginar a mi padre, un hombre de casi dos metros, recibiendo una reprimenda de mi madre.
—Basta, mamá. Estoy bien —aseguré, tomando sus manos entre las mías para detenerla.
—Siempre tratas de evitar mis muestras de cariño, eres igual a tu padre —reclamó divertida.
—¡Mamá! —exclamé, avergonzada—. Mejor sigamos, no quiero hacer esperar al Boss.
Ella asintió y entramos de inmediato; deseaba preguntar por los gemelos, ya que nos los veía por ningún lado, pero no creía que fuese el momento oportuno. Las esclavas me observaba con curiosidad, no renocía algunos rostros, así que debían ser nuevas. El collar en sus cuellos delataban que ahora nos servían.