Habían pasado varios días desde mi última conversación con Alonzo y mis nervios estaban de punta. Durante ese tiempo no nos habíamos visto, ni siquiera por casualidad, comenzaba a pensar que me estaba evitando. No que aquello me molestase, por supuesto. Simplemente era extraño no tenerlo a mí alrededor ya que era mi guardaespaldas. Me preocupaba que descuidará su trabajo, mi propia vida estaría en riesgo si no lo hacía.
—Hasta aquí llega el humo de tus neuronas quemandose. —comentó Vladimir con burla.
Ese día no tuve mucho que hacer, así que decidí acompañar a los gemelos para distraerme. Esto es consecuencia del castigo de mi padre, ya no puedo encargarme de los negocios de la hermandad por un tiempo. Pero volviendo al tema, mis hermanos no eran precisamente las personas más divertidas que existen. Probablemente lo sacaron del Boss, aunque hasta él tenía sus limites en cuanto a relacionarse con otros.
—¿No se supone que estás haciendo tu tarea? —pregunté acomodandome en el mueble. —Concentrate en eso y deja de molestar. —sisee dejando caer mi cabeza sobre el reposabrazos del sofá. Me estaba aburriendo.
—Que caracter, ¿te dejo tu novio? —inquirió Nikolay. Fruncí el ceño y solté un gruñido fastidiada.
—A mí no me dejan, yo los dejo. —dije sentadome para mirarlo de frente. —¿Algo más que desees saber?
Los gemelos se lanzaron una mirada complice, pero tuvieron la sensatez de mantenerse en silencio. Eran pocas veces las que compartiamos los tres juntos, probablemente por la diferencia de edad, pero aún así llevamos una buena relación, con todo y los comentarios sarcasticos. Me sorprendía el tiempo que había pasado desde que eran unos bebes y se sostenían de mí para caminar; ahora solo buscaban cualquier excusa para bularse de mí. Aunque no podía decirse mucho sobre mí a mis veinte años.
Ahora nos encontrabamos en el despacho del Boss, a papá nunca le había gustado que estuviesemos ahí, pero a pesar de sus esfuerzos dejamos de hacerlo, así que en algún punto de nuestra infancia/adolescencia terminó por rendirse. Sentía algo de lastima por todos los problemas que continuamente le dabamos.
—Señorita Dominika. —Uno de los voyeviki entró al despacho. Voltee mi rostro, enarcando una ceja.
—¿No sabes tocar la puerta? —pregunte poniendome de pie. —Este es el despacho del Pakhan.
El hombre bajó la cabeza y note el sudor que le recorría el cuello. Quería sonreír complacida, pero eso le quitaría seriedad al llamado de atención. Todos los miembros de la hermandad sabían cómo comportarse y era una falta de respeto entrar a una de las habitaciones del Boss sin anunciarse respectivamente. Mis padres los hubiesen condenado por menos y me debían el mismo respeto a mí también.
—Lo lamento, tigritsa. —se disculpó de inmediato. —Pero los guardaespaldad la están esperando para llevarla a la universidad. —explicó aún sin levantar la cabeza. —¿Les digo que salimos má tarde?
—Levantate. —dije caminando por su lado. —Vamonos de inmediato, no quiero llegar tarde a clase.
Antes de salir me voltee, provocando que el voyeviki casi chocará contra mí. Esboce una sonrisa suave.
—Que sea la última vez que esto pasa, a menos que quieras ver tu cabeza colgando en una pica.
Tragó saliva y asintió rapidamente, me di la vuelta nuevamente para salir de allí; aunque eso no impidio que esuchará las risitas de mis hermanos y que, por consiguiente, yo también sonriera divertida.
La Universidad Estatal de Moscú era una de las mejores en el país y que contaba con mayor prestigio. Tuve que rogarle a papá por un año para que me dejará asistir, ya que existian muchos riesgos y varios enemigos podrían reconocerme. Debido a esto no utilizaba mi apellido real, justo como lo hice durante el tiempo que asistí al internado de niñas. Me decidí entonces por la carrera de balistica y en cuanto termine haré una maestría en creación de armas Mamá tampoco estuvo muy de acuerdo, pero logre convencerle.
—Ya saben que no deben estar encima de mí para no levantar sospechas. Solo cubrán las zonas potencialmente peligrosas o donde sicarios puedan esconderse. —explique bajandome de la camioneta. —Y solo uno de ustedes estará dentro del edificio de la facultad. —dije tangantemente. —¿Entendieron?
La media docena de hombres asintieron, la unica condición de mis padres para permitirme venir, es que siempre anduviera con mis guardaespaldas. Todos habían sido seleccionados por mí y habían otros encubiertos, vestidos de civiles o trabajadores de poca monta en la zona. De una de las camionetas se bajo la figura de la persona que había acosado mis pensamientos en la última semana. Chasquee la lengua.
—Hoy me toca a mí hacer la guardía en la facultad. —comentó Alonzo cerrandose la chaqueta.
Había olvidado lo realmente bien que lucía vestido de guardaespaldas, incluso el audifono en su oído le daba cierto aire de masculinidad. Trague saliva mientras me recomponía, de repente recorde la noche que pasamos juntos y que provocó que nos comprometieramos. Sus musculos resaltaban, me estremecí recordando como esos mismos brazos me habían abrazado y sostenído, al mismo tiempo que me follaba.
—¡Mira quien apareció por fin! —exclame comenzando a caminar. —Pensé que ya no trabajabas para mí.
Vi un brillo de sorpresa reflejarse en los ojos de Alonzo, pero desapareció rapidamente; siendo sustituida por una sonrisa coqueta. Rode los ojos para ocultar el hecho de que me sentía avergonzada con ello.
—¿Por qué? —preguntó ubicando su barbilla en mi cuello. —¿Me extrañaste? —susurró divertido.
Sentí como mi piel se ponía de gallina, pero moví el hombro para apartarlo, no quería esa sensación.
—Ni en tus mejores sueños, ni en mis peores pesadillas. —dije apartandome el cabello de los hombros.
—Una lastima. —continúo fingiendo estar dolido. —Porque yo si te extrañe, no salías de mi cabeza.
Sentía con mi corazón se aceleraba ante sus palabras, pero decidí ignorar la sensación porque era obvio que estaba bromeando. Alonzo no se tomaba nada en serio, desde que yo tenía uso de razón siempre estaba lanzandole esos comentarios a todas las chicas que conocía.