En cuanto llegamos a la jefatura de policías, Nick no aguantó en sentarse y resoplar una y otra vez. Estaba exhausto, aún en pijama y con las miradas de algunas arrestadas que estaban sentadas cerca de él.
Para ellas, Nick era atractivo. Me preguntaba una y otra vez, qué demonios sucedió con Rusty. Pero a la vez, estaba perplejo ante las palabras del oficial.
Su muerte, un crimen. Y por la semejanza que sus labios pronunciaban, Rusty al parecer había sido clavado de en la cruz de la catedral de Génova.
Apenas eran las diez de la mañana, el horario perfecto para ser acusado de un crimen que ni había cometido. En ese instante, miles de cuestiones recorrieron mis neuronas. ¿Pensar más de lo debido?
Muy quizás.
Pero la pregunta era;¿Grant tenía algo que ver con Rusty?
Es decir, en la noche Grant había sido arrestado y luego la muerte de Rusty. Era todo muy extraño, y me daban ganas de investigarlo a fondo; saber la verdad de los hechos. El Padre Domingo apareció en mi campo de visión, él se encargaba de manejar el fondo caritativo de los chicos que deseaban salir de las drogas. Al parecer, había visto a Rusty un montón de veces por allí; eso me ponía más en duda de su muerte.
Tomó el folleto de la mano de su diácono, qué luego acercándose a mi lugar, lo miré desde dónde estaba sentado para luego decirle nada más y nada menos que...
—Padre.
—Zaid, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi —soltó, y de repente limpió el sudor de sus manos con la túnica de color n***o que llevaba puesto—. Lamento lo de Rusty.
No pude objetar nada, de inmediato desapareció por un pasillo. Su diácono se quedó a mi lado, era de estatura baja. Sin poder decir nada más, Nick se removió para ir en busca de un vaso de agua, al fondo del pasillo que daba hacía la salida de emergencia. El diácono se sentó a mi lado, sonriendo con la poca pena que llevaba consigo.
—¿Eras muy amigo de Rusty? —murmuró de repente, Nick lo miró confundido.
—Algo, ya no éramos tan amigos —respondí.
Me removí algo incómodo en mi asiento, no pude soltar un suspiro al sentirme algo acalorado en el lugar. Habían miles de preguntas en mi mente, muchas sin resolver y un rompecabezas por armar. Nick mantuvo la mirada agachada, triste. En ese momento, me pareció bastante pesado tener que cargar con miles de pensamientos acerca de un chico que había muerto, que había sido mi amigo y que yo era su único contacto en su móvil.
¿Algo más raro que eso?; Imposible.
Me volví hacía el diácono, necesitaba más respuestas de la que cualquier chico podría necesitar.
—¿Cómo murió realmente él, señor? —con disimulo, vi a Nick mirarme fijamente y con el ceño fruncido, como si lo que estuviese haciendo estuviera muy mal—. ¿Es cierto que lo encontraron clavado? ¿Clavado en la cruz?
El diácono agachó su mirada, parecía estar demasiado confuso como para contarme. Y si no me contaba, yo iba a insistir. De eso se trataba investigar a fondo. Él se removió, miró hacía muchas partes y se acercó a mí con apenas un pequeño espacio entre nuestros sofás. Su mirada mostraba miedo, frustración, dolor; un conflicto que se transformaba en guerra.
—Realmente, no sabemos quién lo colocó ahí —confesó—. El Padre se asustó demasiado, estaba con una daga en el pecho. No pudimos moverlo, eso causaría problemas. Horas más tarde, le habían descubierto un arma en el coche a William Grant, el maestro de filosofía en la preparatoria —agregó. Sin dudas, eso me ponía en ese «sin dudas» a mí mismo.
Miré en dirección a Nick, que ya no estaba. Pero mi punto era el diácono, su confesión, lo de Grant. Habían varias piezas perdidas, un rompecabezas que me rompía hasta el alma. El Padre quizás no sabía nada de nuestra relación, que ni siquiera habíamos sido tan amigos en los últimos meses. Quizás estaba confundido, y alguien me había dejado tan expuesto como mentiroso en ese caso.
—¿El cuerpo sigue en la catedral? —pregunté tras envolver las palabras en la punta de mi lengua. No objeté inmediatamente, no podía hacerlo. El diácono sonrió un poco, como si mi pregunta fuera un pacto entre nosotros dos. Lo miré aún más confundido, pero preparado por saber toda la verdad.
—Sigue allí, los forenses recién podrán evaluar el cuerpo mañana. Pero al parecer, no harán una revisión del cuerpo, sino una necropsia —contestó inmediatamente.
De repente, la puerta se abrió y provocó un doloroso estruendo en cuanto chocó contra la pared. Vi al Padre Domingo salir de la sala de declaración, de inmediato me llamaron a mí. Le agradecí con amabilidad al diácono, quién no parecía estar feliz con la llegada del Padre. Y que sin dudas, se levantó a la misma que vez que yo.
Pasé por al lado del Padre, quién su mirada no estaba en pura felicidad. Sentí algo negativo, como una fuerza maligna arrebatarme todas las dudas existentes. Y en un susurro, tan dichoso como profundo, me señaló:
—Di la verdad.
No le presté la menor atención, simplemente me giré en cuanto pude alejarme tanto de él como su diácono. El jefe de policías me esperaba en el umbral de la puerta, apoyado en el marco como también cruzado de brazos. No vi a Nick por ningún lado, pero me aseguré de decirle al oficial que le avisase en cuanto saliera del cuarto de declaración.
Asintiendo mi favor, cerró la puerta a mis espaldas y me encontré con lo que menos esperaba: Grant. Él estaba junto a su abogado, un hombre de cabello blanco y gafas cristalinas, sentado con las manos unidas y apoyadas en la gran mesa de mármol al frente suyo. Me senté, tan despacio como intrigado. No pude objetar, no pude responder, no pude huir. Estábamos él y yo, y hacía mucho tiempo que no veía a Grant.
—Entonces, ¿puedes contarnos los hechos? Nos servirá para el juicio —señaló su abogado, quién no dejaba de mover la pierna con intensidad y nerviosismo. Lo miré tan confundido como deshecho. ¿A qué se refería con contarle los hechos?
—¿De qué ''hechos'' me está hablando...? —dije inclinándome hacía adelante. Grant resopló, parecía estar muy cansado luego de estar varias horas diciendo la verdad o quizás la mentira.
—De la muerte de Rusteff, si tienes algo para decirnos y que sepas de verdad —interrumpió—. Lo necesitaré para el juicio, Zaid, lo necesitaré... —murmuró nuevamente. Levantó su cabeza, que estaba gacha en menosprecio, y vi su mirada de sufrimiento al ser culpado de algo que no tenía nada que ver.
O que quizás sí.
—Ni siquiera sabía, hasta esta mañana, lo de Rusty —señalé de forma entrecortada. Estaba irritándome, que desde un punto, tanto el Padre como Grant, estuvieran señalándome de asesino—. Ni siquiera sabía que usted había sido declarado culpable, o lo que fuese que estemos aquí.
Grant no dijo nada, a excepción que un pequeño ronquido seco. El abogado anotaba, quizás corazones de ilusiones rotas por no saber la pura verdad que jamás iba a conocer. Y tan sólo por esos segundos, me sentí atropellado como cuando era atropellado por la multitud y por Rusty, mucho antes de ser su amigo. O ''mejor amigo'' como señalaban los policías.
Me removí, tan incómodo que aquel lugar era una eternidad. Las paredes de un color gris, me señalaban que aquel cubículo siempre tenía un culpable, pero ese culpable no era yo. Ni siquiera había contactado a Rusty en los últimos meses, había oído miles de cosas sobre él, sobre drogas y cultos satánicos.
—Zaid, sé que es difícil perder a un amigo, pero entiende que... —objetó Grant.
—Entiendo que necesite esas pruebas —comenté de repente, interrumpiendo su discurso en forma de suplica—. Pero yo no tengo esas pruebas, no las tengo, profesor. No he hablado con Rusty hace dos meses, no he oído de él excepto lo que usted oyó en los pasillos de la preparatoria —agregué, mientras me echaba hacía atrás con frustración—. Pero al menos, no lo culpo a usted de ese crimen.
Grant se disculpó ante una señal de asentimiento. Le susurró algo al abogado, quién de repente pidió con permiso y salió de la habitación. Entonces, entendí una cosa: Había mucho más de lo que Grant estaba actuando allí dentro. Me senté a su lado, tan sólo bastaron unos segundos en los que el profesor me señaló de inmediato todo lo que tenía para decirme. Y no lo dudé ni un segundo de aquellos segundos que me ofrecía. Me coloqué a su lado, con misterio y suspenso, y entonces oí de su boca:
—Quieren culparte a ti, Zaid.
Me separé unos centímetros, sin entenderlo pero con la astucia de saber todo lo que necesitaba.
—¿Culparme? ¿Cómo? —pregunté.
—Dejaron tu contacto en su móvil, sólo el tuyo. Y una conversación bastante intensa, de hace unos tres meses —contestó—. Pero, Zaid, tú fuiste mi mejor alumno, el mejor estudiante por años. Y sé que me ayudarás, ¿verdad?
No pude contestar, sólo pensaba en la conversación. Una dura conversación entre Rusty y yo, pidiéndole con sumo respeto que dejase de molestar por la noche. Y que también, iba a poder salir de aquellos negocios en los que estaba involucrado. Aquella conversación, mostraba por una parte mi lado tan temeroso como valiente; detrás de ese chat era otra persona, con furia y decisión. Pero aquella conversación, no podía ponerme en riesgo.
—Sí, claro —respondí sin saber a lo que se refería.
Grant se acercó, muy cuidadoso como impulsivo. Pude notar como el nerviosismo había carcomido su mente, tras muchas preguntas en soledad y horas en la jefatura.
—Debes investigarlo, debes hacerlo, Zaid. Sé que llegarás al fin, seré libre y tú sabrás la verdad —farfulló, tomó de mi mano y me acercó a él—. Hazlo por mí, y por su madre. No tienes ni idea de lo que está sufriendo ahora, Zaid. Hazlo por Génova, resuelve este misterio que puede matarme por condena.
Asentí otra vez. Grant me soltó. De inmediato ingresó el abogado con el jefe de policías, en cuanto ya estaba levantado de mi asiento. Le pedí disculpas al abogado por no tener pruebas, sin dudas no tenía ninguna. Pero lo que Grant me había pedido, no tenía precio.
Salí junto al oficial, pero sin ninguna duda, aquella mañana las sorpresas caían como balde de agua fría. Nick estaba junto a mi padre, quién parecía haber tenido un ataque de nervios explosivos. Le agradecí al policía, por haber sido muy respetuoso y honesto, que próximamente si tuvieran noticias me llamarían. Y por esos intensos, miedosos, minutos; me sentí tan pequeño. Mi padre estaba de espaldas, aunque se giró en cuanto me vio llegar.
No podía comportarse de manera absurda al frente de los oficiales, eso le costaría algunos cargos. Me trató con delicadeza, pero al encontrarme con él, me tomó del borde de la camiseta y me acercó lentamente a él. Nick no pudo apartarlo.
—Me debes varias explicaciones sobre esto, ¿qué has hecho, Zaid? —gruñó, sus ojos intensos y llenos de rabia me miraron fijamente. No pude contestar, con tan sólo un asentimiento y un fuerte apretón a su brazo que me sostenía, mi padre me soltó para poder respirar.
Nick no pudo interceptar, sabía lo que eso costaba. Y por aquella razón, ninguno de los tres volvió a tocar el tema. Excepto mi cerebro y mente, quienes me pedían a gritos que pronto comenzara la investigación y así dejar descansar en paz a Rusty.
( * * * )
Luego de que en el día había sido tan movido, recibí un severo castigo de mi padre. No podía ir a los entrenamientos, ni tampoco irme a la catedral después de clases. Aunque, apenas era sábado. Podía irme sin siquiera pedirle permiso para aquello, aunque necesitaba las pruebas y hacer la investigación no sería nada fácil. Aún mi mente explotaba rabia, tras tener que soportar a un padre tan abusivo y manipulador. Objetando a mi madre en todo, como si ella tuviese la culpa de dejarnos.
No vi a Nick por el resto del día, y mi padre había vuelto a su empleo. Me senté frente a la computadora, esperando una señal de Dios para comenzar con todo. Y lo que más me había llamado la atención eran las noticias. No había ni una sola, a pesar de que los rumores corrían como leopardos. Y por aquella misma razón, entré en el buscador para simplemente buscarlo a él, buscar a Rusty.
Ningún rastro.
Ni una noticia.
Ni una prueba.
Génova era pequeña, como inmensamente chismosa. Las páginas, en abundantes argumentos sobre debates que se habían hecho alguna vez, ninguna mostraban a Rusty ni al caso del crimen. Excepto, la reconstrucción de la catedral en su totalidad. Como era la misma, antes de los años 50, y como ahora era.
Y, por ese instante en que mi mente creó un cortocircuito, noté algo extraño en una fotografía. La cruz, en la cuál y supuestamente estaba clavado Rusty, no estaba en la posición dónde según los oficiales lo habían encontrado. Ni siquiera había una cruz, ni siquiera una señal. Simplemente, en lo más alto del presbiterio, se encontraban dos dagas. Un juego de dagas idénticas, con su mango de color rojo y una punta afinada. Con siglas en griego, que apenas podía identificar.
Era un caso perdido, pero mis dedos me obligaron a guardar la página por las dudas de encontrar algo más. Y sin excepcionarme, de buscar mucho más sobre Rusty, terminé acostado y mirando el techo. Preguntándome, una y otra vez sobre su muerte. Que para mí, era un misterio en absoluto, había algo oculto.
Y sin aguantar el reproche de mi padre, corrí hacía el pasillo decidido en tomar mi bicicleta e ir rápidamente a la catedral para comprobar una sola cosa. Quería verlo, no podía creer hasta que viera a Rusty colgado en aquella cruz. Aunque, frenándome en la entrada antes de tomar la decisión de salir, pensé nuevamente en nuestra última conversación acerca de los cigarros de m*******a que comenzaba a fumar con intensidad y diariamente.
No me importó en absoluto, y una vez que estuve afuera busqué mi bicicleta en el garaje del costado de la casa. Salí a toda velocidad, extendiendo mis manos al sentir en intenso calor de los manubrios rozar mi pie. Desde lejos, y desde varias manzanas, veía la catedral asomar sus puntas afinadas, así tal cuál como las dos dagas que se mostraban en la fotografía.
Pedaleé, hasta cansarme en el punto exacto al llegar a la acera de la catedral. No obstante, sus puertas estaban abiertas por completo y observé al Padre Domingo cerrarlas rápidamente. Y entonces vi: Su cuerpo, clavado de pies y manos, la daga en su pecho.
La daga. La misma daga de la fotografía, la misma del mango rojizo y la punta afinada. Y miré al cielo, y miré la punta afinada de la parte más alta de la catedral, y nuevamente a la daga. Para ese entonces, el Padre había cerrado sus puertas sin haberse dado cuenta que yo estaba parado allí, con un pie en el suelo y otro en el pedal. Y así me quedé, durante un largo rato.
Tal cuál como la daga, las dos puntas afinadas de la catedral tenían esas siglas.
Las anoté en mi móvil, sin darme cuenta que una de las pistas estaban al frente de mí.