Después de haber observado al Padre cerrar las puertas, de inmediato coloqué la traba a mi bicicleta y lo dejé a un costado de la acera. Sin dudas, un misterio me perseguía y me invitaba a armar el enigma tan tortuoso como cruel. Me sudaban las manos, en concreta agonía como para darme un paro cardíaco en ese momento. Costeé la iglesia a pasos lentos, mientras que la iglesia a mi paso se volvía gigante y tenebrosa.
No pude detenerme, excepto por sentir alguien caminar a mis espaldas. Me volví bruscamente, y me asusté al ver una chica casi rubia a mis espaldas. Siguiéndome. Tan sólo me quedé parado, firme, sin nada que decir. Quizás ella también buscaba pistas como yo, quizás ella no era lo que yo esperaba en ese momento. Me hice mil debates en la mente, una guerra sin fin de preguntas.
—Lo siento, mi intención no era asustarte —se lamentó de inmediato—. Pero supongo que los dos estamos aquí por una razón, ¿no crees? —agregó con timidez. Me costaba creer que aquello fuera cierto, ¿y si era una enviada del sacerdote?
Grant me había asegurado que investigar era peligroso, y que lo hiciera más cauteloso posible. Pero al saber que otra chica estuviera investigando, desfavorecía mis metas. ¿Y si hubiera una recompensa y ella ganaría? A mí no me importaba el dinero, en absoluto. Pero obtener un honor, con una placa dorada y mi nombre en el gracias a descubrir el asesino de Rusty, dejaría en claro a mi padre que no era un inútil y me respetaría mucho mejor.
—¿Quién te envió? —se me ocurrió preguntar. La chica se removió nerviosa, como si yo hubiera dado en su punto débil. Una sonrisa extraña nació de sus comisuras, pude notar que estaba por mentir.
—Nadie, estoy investigando por mi cuenta —respondió, alzando sus dos manos en señal de que venía en son de paz.
—¿Cómo puedo creer eso?
—Te mostraré —e inmediato se quitó la chaqueta que traía, sacando sus bolsillos con la intención de que no hubiera micrófonos. Y volvió a mirarme, palpando los vaqueros azules que traía puesto. Se recogió el cabello, volviendo a señalar que no traía nada raro.
Asentí, podía confiar en ella. Como mi descaro fue casi desnudarla en el patio de iglesia, al menos para aprobar que aquello que me decía era cierto, tuve la opción de acompañarla hasta la acera. Por suerte, venía sola. Aunque estaba algo alerta por cualquier necesidad de salir huyendo a toda velocidad posible. Era mucho más baja que yo, aunque apenas llevábamos unos centímetros.
—Soy Zaid —dije sin más, estrechando mi mano contra la suya.
—Alyssa —respondió—. Estaba pensando, que si tú estás investigando..., pues, podríamos investigar juntos. ¿Eras amigo de Rusty?
Asentí nuevamente, esta vez con la mirada en el cielo. Me preguntaba dónde estaría ahora Rusty, si en el cielo o en el infierno. Aunque según mi padre, una persona creyente de la iglesia católica, los niños como Rusty sufrirían el calvario junto a satanás. Me reí un poco al recordar eso, Alyssa lo notó.
—Sí, claro, sería genial tener una compañera —respondí con poco sarcasmo, Alyssa se despidió de mí, pero mis sentidos me dijeron una y otra vez que le pidiera su número—. Espera, Alyssa.
Ella se giró, apenas se había alejado pero se volvió lo más rápido posible. Con mi pie en el pedal, y otro en el suelo, sujeté los manubrios con fuerza. Se había nublado más de lo normal, estaba por llover. Y era la primera vez que excusaba hablar de las nubes ante una situación como la que viví con Alyssa. Pedirle el número a una chica no era lo mío, era lo de Nick.
—¿Quieres mi número? —preguntó con una sonrisa a medias.
—Em... sí, ya sabes. Para contactarte, encontrarnos y..., investigar eso. ¿Me entiendes? —respondí nervioso. Otra vez me sudaban las manos. Ni que fuera a besarla, pero estaba nervioso. Además, si Alyssa aceptaba, iba a ser mi primera amiga.
De inmediato le recité mi número de teléfono, ella me envió un texto. Guardando su contacto, quedamos en vernos más tarde en alguna cafetería cercana. Y más yo, que debía aprovechar que mi padre no estaba en ese instante y trabajaba. Por lo tanto, me quedaba tiempo libre de sobra.
* * *
De vuelta a casa, parecía que mis pies pesaban. Por un lado, me pesaba la conciencia. Y si quizás, todo iba mal... tendría que cargar con un peso más que ese. Sin dudas, estaba por hacer y tomar una decisión bastante peligrosa. Pedaleé de nuevo a mi calle, y aunque todo iba bien, desde lejos vi el auto de mi padre estacionado en la entrada del garage. Sentí la gran frustración aterrizar como avión sobre mi cabeza, fui más rápido hasta llegar y tirar la bicicleta a un costado.
Rápidamente abrí la puerta, y no sentí la presencia de él. De inmediato me aventuré en entrar, por el pasillo mientras caminaba, vi a mi padre dormido en el sofá con una botella de licor en la mano izquierda. ¿Hace cuánto tiempo estaba aquí? ¿Cuando tiempo había tardado?
Caminé lentamente hasta mi cuarto, no obstante, me detuve en la de Nick. Y lo vi, sentado contra la pared rebotando una pelota de tenis contra la misma. Golpes en su cara, sus brazos. Sangre por sus labios. Y no aguanté en cerrar la puerta con la misma rapidez que cualquier corre-caminos desesperado por el coyote.
—¿Qué mierda te sucedió? —pregunté con la voz baja, aunque exclamando a la voz autoritaria de saber que demonios había sucedido. Tomé el rostro de Nick, ausentado y con sus ojos en otra parte. Un punto fijo.
Miré hacía donde miraba.
Su mochila.
—¿La quieres? —le pregunté nuevamente, y él asintió.
—Tráemela.
Le hice caso como niño bueno, tomé su mochila que estaba encima del escritorio y se lo alcancé. De inmediato, Nick metió su largo brazo dentro de la mochila. Buscando algo, pero frustrado, la tiró contra la pared. Quizás lo que Nick buscaba no estaba allí, no sabía como demonios ayudarlo en ese momento.
—¿Qué buscabas? —resoplé de inmediato, Nick no supo que decirme en ese instante.
—Un cigarrillo, ¿por qué preguntas tanto?
Me dejé caer a su lado, la ventana estaba abierta par en par. Como si se hubiese roto en pedazos, pero estaba entera. Era mi imaginación, y mi mente sólo estaba en descubrir la verdad. Lo miré por encima de mi hombro, estaba destruido. Nick se giró, pude notar lo morado que estaba poniéndose su ojo izquierdo. Sentí pena por él.
—¿Fue papá? —dije sin más, él asintió—. ¿Qué pasó?
—Te defendí, aunque ni siquiera me avisaste que saldrías.
Entonces, mi padre golpeó a Nick por mi culpa. Me sentí más que culpable, cero inocente. Con la conciencia cargándome en los hombros nuevamente. Me sentí ridículo, como también obsesionado.
Me quedé callado unos minutos, la sangre comenzaba a hervirse de furia. Si bien, nuestro padre nos había enseñado que fumar era cosa del diablo y que probablemente todas las personas murieran de eso algún día. Me apegué un poco más a él, quién me miró desconcertado y malhumorado por la extraña situación.
—¿Es por lo de Rusty, cierto? —solté, quería ir a ese punto de escuchar de sus palabras todo lo que podía decirme. Quizás no le había afectado, pero no había razón para verlo fumar y caer en una profunda depresión.
—No es por eso, quizás un poco, pero no es por él.
—Pero papá dijo que... —y me callé al ver su fría mirada.
Nick se levantó, quitando un par de billetes de su bolsillo. Me los entregó de inmediato, aunque los miré un largo tiempo sin tomarlos y sin entender el porqué de esa entrega.
—Me olvidé los cigarrillos en la casa de Paul, ve a buscarlos.
Intrigado, me levanté y tomé los billetes. No obstante, no conocía a ese tal Paul. Me quedé perplejo en medio de su habitación.
—¿Quién es Paul? —dije despacio.
—Un amigo, tú sólo ve y ya.
Asentí antes de que recibiera un golpe de su parte, o al menos quizás iba a hacerlo ya que Nick se irritaba demasiado rápido. E incluso, salí corriendo de la casa tomando la bicicleta. Por otro lado, me había dado cuenta que salí sin fijarme si mi padre estaba o no. Su auto no estaba, eso significaba que se había ido quizás. Ebrio, hecho pedazos. Y así estuvo desde que mi madre se fue.
Tomé el camino junto a la bicicleta a mi lado, ese Paul vivía cerca como también en el lado peligroso de Génova. Nick me había indicado ir por las calles asignadas, siendo un atajo excepcional del que estaría agradecido o volvería con una pierna menos a la casa. No obstante, pedaleé rápido esquivando algunas miradas que comenzaban a asustarme como todo niño escapando de la oscuridad. Tragué saliva al sentir el viento en mi cara, estaba llegando a la casa de Paul.
Pero tuve que frenar al ver lo extraño que ocurría. Vi al diácono del padre Domingo en la entrada de su casa, discutiendo con él. Paul era alto, calvo, y de tatuajes hasta detrás de sus orejas. Mirada en el horizonte, asintiendo todo lo que el diácono le dictaba. No podía escuchar desde mi lugar, pero me imaginaba lo peor.
Una vez que vi que el diácono ya se había ido, salí de las hierbas con mi bicicleta y frené provocando un ruido antes de que Paul pudiera cerrar la puerta. Él se giró, mirándome desorientado, con la mirada perdida aún en ese horizonte.
—Soy el hermano de Nick, vine por sus cigarrillos... —dije de antemano, Paul me sonrió y se agachó.
—Eres todo un niño bueno, pero no puedo venderte cigarrillos a ti —contestó de forma sarcástica, me bajé de la bicicleta y noté lo alto que era—. ¿Por qué no vino él? —agregó, esta vez con voz dura y firme.
—Fue golpeado... —respondí lentamente, agachando mi mirada—, por mi padre. Y esta herido, así que no quiso salir de la casa. O eso creo.
Se quedó pensativo, pero luego me hizo pasar al salón de su casa. Me quedé perplejo en el pasillo, sin decir ni musitar nada. Veía el interior de la casa, tan pequeña como acogedora. A un costado, dos hombres corpulentos fumando cigarrillos de m*******a. Y al otro costado, una chica enrollando un billete.
—Aquí tienes, y dile a Nick que necesito verlo lo más pronto posible. Tenemos que hablar seriamente de algo importante —espetó, le agradecí por los cigarrillos y como mi miedo comenzó a crecer, comencé a darme cuenta con el tipo de gente que Nick se estaba enrollando.
Al salir, suspiré como si estuviera muriéndome. Tomé la bicicleta, y sin dejarme llenar de dudas nuevamente, tuve la necesidad de ir hasta la biblioteca. El sol comenzaba a salir, el cielo ya no estaba nublado y la iglesia de Génova estaba resplandeciendo toda su luz. Frené de golpe, abriendo mi boca como si estuviera viendo lo peor del Universo.
Al ver las dos puntas afiladas, en las torres de la catedral, me di cuenta que al final de estas, habían dos formas extrañas y particulares. Muchos decían que eran dos cruces, pero no lo eran. Eran más bien, dos puntas en dirección a un lugar. Como dos flechas indicándome a dónde ir. De inmediato, pedaleé nuevamente siguiendo esa señal, esas flechas. Tomé el camino rápido por el centro de Génova, un parque cerrado que por aquella suerte estaba abierto.
No quería perder de vista las dos torres, pero siguiendo nuevamente el rumbo, me di cuenta que se dirigían al cementerio de Génova. No obstante, pedaleé más rápido contrarreloj, siguiendo el camino de la verdad y yendo por las dos pistas que me faltaban.
Al llegar al cementerio, dejé la bicicleta en la entrada. En ese momento, me había dado cuenta que estaba detrás de la catedral. Las dos puntas, apuntaban a directamente a un lugar. Al final del pasillo, que estaba una gran tumba con una lápida dorada ya gastada por los años. Y allí, una escalera que me subía hasta lo alto de esa tumba.
Cuando subí, con la desesperación de encontrarlo todo, me llevé una mano a la boca por haberlo visto todo. La tumba, llevaba grabada una de las dagas. Parecía ser la primera. Y en el otro extremo, llevaba la otra daga. Ambas enfrentadas. Y en el medio de esta, las siglas en griego.
ιερό θάνατο: Santa Muerte.
Según el traductor.
Intrigado por saber el nombre de quién estaba dentro de esa tumba, soplé con cuidado en toda la tapa de la tumba. Haciendo volar el polvo por doquier. Vi el nombre marcado en letra gótica: Thomas Murphy Harrison. No sabía quién demonios era, pero de inmediato saqué una foto con mi móvil. Cuando me fui de allí, me fijé la fecha de su nacimiento como fallecimiento. Ambas exactas: el cuatro de Agosto, una de 1876 por su nacimiento y la otra de 1916 por su muerte.
Pero lo más intrigante, era que Rusty había muerto un cuatro de Agosto.
El cuatro de Agosto del 2016.