El mismo día New York Alexander Supongo que todos necesitamos ver para creer en algo. Tal vez por eso resultaba tan difícil aceptar la muerte de mi padre: nunca encontramos su cuerpo, ninguna prueba real, nada que confirmara su deceso. Solo un hueco en la historia. Al contrario, había un sinnúmero de dudas: el poco interés de mi madre en esclarecer el misterio, su frialdad calculada, y aquel anuncio de comprar las deudas de Henry Beaumont. Nada tenía sentido. Pero el detonante fueron los últimos hallazgos de Nicholas: las cuentas vacías en Suiza y esa llamada a Henry. Entonces la idea volvía a tomar fuerza—un complot, un asesinato o la posibilidad absurda pero latente de que siguiera con vida. Y ahí estaba, sentado en el auto, lleno de preguntas que parecían tragarse el aire. Nichola

