Seis

2743 Words
 Después de aquella charla con Jay, en donde pasé más vergüenza de la que había pasado en toda mi vida, fui hasta el supermercado. Dexter y Jude me acompañaron, murmurando que no tenían más nada que hacer por el momento, y sería bueno que alguien me enseñara la ciudad. Ellos parecían conocérsela de memoria, así que dejé que me llevaran por los lugares turísticos y luego al supermercado, donde compré todo tipo de comida. Saludable y no.    Para cuando volví, ya era muy tarde. Dexter me había dicho que tenía que ir a estudiar, y Jude iba a su propia casa también. Cuando llegué a la casa, esta estaba oscura, silenciosa y vacía. Al parecer, Jay ya se había ido a su pelea, porque no había rastro de él en el lugar. Era mejor de esa forma, después de que me escuchara hablando con mi mejor amiga sobre él, no sabía cómo iba hacer para mirarlo a la cara. No solo lo había insultado, si no algo peor, había dicho que era sexy, mientras discutía con Britanny si sería una buena pareja para mí o no. De ahora en adelante, llamaría mientras estuviera en el baño, con la ducha encendida.    Me di una ducha y preparé la cena, haciendo un homelet de vegetales que salió delicioso. Le dejé uno a Jay, porque el trato había sido sobre que yo tenía que cocinar para él, y yo siempre cumplía mis tratos. Además, no me molestaba en lo absoluto, me gustaba cocinar para los demás, lo había hecho toda mi vida y se sentía bien hacerlo de nuevo. Al menos ahora no tenía el miedo de que si la comida salía mal, me darían una paliza por ello.    Me puse mi pijama de pantalones de chándal y camiseta y me metí en la cómoda cama, saboreando la soledad. Le envié un mensaje a Britanny para decirle que todo estaba bien, y que en cuanto pudiera la llamaría. La chica había estado excesivamente preocupada por mí, incluso peor que mi propio hermano. Pero la entendía, ella fue la que tuvo que verme en el suelo de la cocina de mi propia casa, con sangre en mi cuerpo, al punto de la muerte.    Tal vez si mi hermano no hubiese escuchado a través del teléfono, yo hubiera muerto. Devon nunca me llevaba al médico por voluntad propia cuando me golpeaba, siempre era yo la que le rogaba porque me dejara salir. Él extrañamente se apiadaba de mí y me llevaba el mismo, pero eso solo era cuando los golpes eran demasiado graves, cuando sabía que podía morir en sus brazos. Tal vez mi muerte significaba demasiados problemas y terminaba cediendo.    Sacudí mi cabeza de los malos pensamientos, al parecer no podía dejar de pensar ni de recordar sobre mi vida con Devon. Tenía que superarlo, pero era tan difícil, el miedo seguía allí, sobre todo cuando todo había sido tan reciente. Él no me había llamado hasta ahora, pero eso no significaba que no lo hiciera de nuevo, y la incertidumbre de cuándo pasaría estaba carcomiéndome.    Cuando por fin el sueño estaba encontrándome, me tranquilicé a mí misma, ahora estaba a más de tres horas de Alabama, y él ni siquiera sabía a donde me había ido. No había forma de que me encontrara, y si en un caso lo hacía, había un sexy y enorme peleador en la casa para ayudarme.    Con eso, me quedé dormida.                                                       ***      Un sonido en mitad de la noche me despertó.    Sonaba como llaves, y puerta abriendo y cerrándose. Me alarmé de inmediato ¿Devon estaba llegando borracho de nuevo? Tenía que hacerme la dormida, si me encontraba despierta, entonces encontraría un motivo para golpearme, o algo peor, intentaría hacer el amor conmigo. Hacía mucho tiempo que él y yo no teníamos relaciones, siempre lograba evitarlo, aunque Dios sabia lo mucho que costaba. Para que dejara de tener ganas sobre mí, tenía que volverme una persona indeseable, y una vez que eso ocurría, él se enojaba conmigo y me golpeaba.    Pero entonces, abrí mis ojos y miré la habitación, recordando con alivio que no estaba ya con Devon, y que no había pisado mi casa en más de dos semanas. Aunque los ruidos seguían siendo extraños, no estaba en mi propia casa, así que no sabía que demonios era lo que sucedía. Tal vez Jay había ganado la pelea y estaba borracho, o algo mucho peor, había perdido y ni siquiera podía caminar correctamente, tomando en cuenta todo el ruido que hacía.    Ganado o perdido, iba averiguarlo. Me deshice de mi manta y salí de la cama, sin preocuparme por tomar mis pantuflas para dormir, de todas formas, nunca la usaba, así que no importaba. Cuando llegué a la puerta, respiré profundo antes de abrirla, no sabía con lo que me iba a topar fuera, estaba perdida aquí.    El valor llegó cuando escuché como los estantes de la cocina sonaban abriéndose y cerrándose, como si alguien estuviera buscando algo en ellos. Abrí la puerta lentamente y me asomé desde afuera, a simple vista no había nadie, pero mi habitación estaba exactamente frente a la cocina, por lo que podía ver claramente un enorme cuerpo moviéndose por allí.    No llevaba demasiado tiempo aquí, apenas dos días, pero reconocía a Jay. El hombre era instintivo, aparte de ser hermoso y frio, también era grande y musculoso, no lo suficiente como para llegar a ser un fisiculturista, pero si para tener un muy buen cuerpo. Y un excelente culo.    Aparté la mirada de su culo y salí de la habitación. Hacía frio afuera, por lo que me abracé a mí misma mientras iba hacia la cocina, donde el chico estaba. Miré el reloj de pared que había en la sala, eran las tres treinta de la mañana, demasiado temprano para estar despierta.    Jay no lució sorprendido cuando me vio entrar en la cocina, tenía su común frialdad. A pesar de que las luces estaban apagadas, y de que había una oscuridad casi aterradora en todo el apartamento, podía ver como sus ojos gris hielo brillaban. Me recordaba a mi niñez, cuando había tenido un gato de ojos azules que siempre brillaban en la noche, aunque sus ojos eran mucho más hermosos e intensos. No había competencia.    No parecía haber nada raro en él, pero entonces, me di cuenta de que tenía su brazo agarrado a su pecho. Y de que había algo goteando de allí. Era sangre.   —¿Qué demonios te pasó? —pregunté acercándome a él, pero me esquivó con rapidez.   —Nada que te importe —respondió secamente.    Quería tomar el vaso de vidrio que estaba en la encimera y pegárselo en la cabeza, pero yo no era una persona violenta. Además, estaba sangrando ya, no era necesario que le hiciera otra herida. Ignoré su grosera manera de hablarme, perder una pelea no debía ser fácil, porque no dudaba de que la hubiera perdido, estaba sangrando muy mal. Encendí la luz de la cocina, haciendo que ambos parpadeáramos rápidamente. Él gruño una maldición cuando me acerqué a un más a su cuerpo, tratando de evaluar el daño que tenía. No era su brazo el que sangraba, era su mano.    Sus nudillos estaban rotos, y ahora que miraba su rostro mejor, también tenía la boca partida. Joder, había recibido una paliza. Sabía lo que se sentía, y la humillación que eso conllevaba. Lo más inteligente seria que me diera la vuelta y me fuera a dormir, dejarlo solo con su amargura y que tratara de curarse a sí mismo, pero una parte de mí no podía hacer eso.    Sabia por experiencia lo malo que era tener que curarte a ti mismo cuando había recibidos múltiples golpes, y eso no era tan fácil tampoco. A través del tiempo, había aprendido a usar un botiquín a la perfección, y siempre que Devon se había metido en problemas, lo había curado con éxito. Podía hacer lo mismo con Jay, aunque el seguramente me odiara por ello.   —¿Qué es exactamente lo que estas buscando? —pregunté curiosa.   —El maldito alcohol.    Puse los ojos en blanco, podía apostar a que ya lo había acabado y esperaba mágicamente a que apareciera más. Los hombres siempre se les olvidaba comprar nuevos insumos, lo que era tonto, ya que se veía que Jay usaba el alcohol lo mismo que un chef usaba su cuchillo.   —Creo que tengo uno en mi habitación, iré por a buscarlo.    Antes de que pudiera responderme o decirme algo, me di la vuelta y caminé de vuelta hasta mi habitación. Fui hasta el baño, donde había visto un botiquín de primero auxilios cuando revisé ayer. Cuando lo encontré, tomé el alcohol, decidiendo que el también necesitaría algodón para las heridas. No eran graves, así que se recuperaría mañana mismo. Si, yo era toda una experta en heridas hechas por golpes.    Cuando regresé a la cocina, suspiré de alivio al ver que Jay seguía allí, solo se había movido para sentarse en uno de los taburetes. Su expresión estaba completamente en blanco, pero poda decir que debajo de toda esa mascara de frialdad, también había un hombre derrotado. Haya sido por la pelea o no, pero Jay era más de lo que dejaba ver.    Él no me miró cuando me acerqué con el botiquín, pero si gruñó cuando no lo dejé tomar el alcohol por sí mismo. En cambio, lo abrí y tomé el algodón, untándolo solo un poco, lo suficiente para que no ardiera demasiado. Era mucho más fácil cuando alguien te curaba por ti, más practico y mucho más rápido. Y aunque sabía que él no quería que lo tocara, no estaba dispuesta a echarme para atrás.    No tenía idea de por qué estaba haciendo esto por él, obviamente Jay había dejado claro que no le agradaba, y que no le agradaban las personas en general. Pero él me había dejado dejar en su casa sin pagar un centavo, eso tenía que ser. Sí, la excusa del agradecimiento era perfecta.   —Puede hacerlo por mí mismo —murmuró Jay cuando se dio cuenta de que no lo iba a dejar curarse solo—. No necesito tu maldita ayuda.    Le fruncí el ceño.   —¿Por qué estas tan gruñón? —pregunté molesta— Solo estoy tratando de ayudarte, no es mi culpa que hayas perdido la pelea.    Alzó una de sus cejas.   —¿Quién te dijo que había perdido la pelea? —preguntó con engreimiento.    No, no podía ser. Estaba golpeado, y sus nudillos estaban sangrando y en carne viva, tuvo que haberla perdido ¿verdad? Mi cara debió mostrar la confusión que había en mi cabeza, porque Jay sonrió de esa maldita forma tan sexy y a la vez tan fría que hacía que mis piernas se apretaran juntas.   —El otro tipo quedó aún peor —su voz oscura me dio escalofríos—. Yo no tengo ni un jodido rasguño en comparación de cómo está él.    Si su intención había sido asustarme, lo había logrado. Ignoré el escalofrío de mi cuerpo y lo miré fijamente, tratando de hacerme ver valiente. No había duda de que Jay podía hacerme daño si quería, sería como aplastar a una mosca. Sus manos estaban cerradas en puños encima de su regazo, y se veía tanta fuerza en ellas, que sentí pena por el hombre que había peleado contra él hoy. Debía estar fatal.    Me concentré en él, ignorando el estremecimiento de mi propio cuerpo. Me metí dentro de sus piernas, haciendo que Jay se tensara visiblemente. Al parecer, no era la única incomoda con la cercanía. No estaba tratando de seducirlo, solo quería acercarme a él para poder curar sus heridas. Al menos, trataba de convencerme a mí misma de ello.    Su cuerpo estaba caliente, y olía a sudor, pero era excitante. Había pasado tanto tiempo con un mismo hombre, uno que ni siquiera me provocaba deseo s****l, que tener a otra cerca me ponía nerviosa. Apliqué un poco de algodón impregnado sobre la herida de su labio, no jadeó, no gimió, ni siquiera hizo una mueca de que le estaba doliendo. Seguramente tenía una fuerte resistencia al dolor, así mismo me habían dicho los médicos, pero en realidad, sólo era que estaba muy acostumbrada a recibir golpes.    Cuando terminé, coloqué una curita con suavidad, porque aunque no se estuviera quejando no quería que le doliera. Sus ojos estaban en mí, aunque estos estaban tan fríos, que no me decían nada, era como muertos.   —Pareces saber lo que estás haciendo —dijo, viéndome cortar otra curita para ponerla sobre su ojos, repitiendo el mismo proceso.    Le di una sonrisa sin humor.   —Créeme, tengo bastante experiencia curando golpes —dije, sin querer sonar dramática, aunque había un deje de dolor que ninguno de los dos pudo pasar por alto.   —Tu hermano no me dijo por qué estabas aquí, pero a mi parecer, estás escondiéndote de alguien —comentó, y estaba sorprendida, era más de lo que habíamos hablado durante mucho rato.   —Mi exmarido, me… me golpeaba —solté por fin, era difícil decirlo en voz alta, contárselo por primera vez a alguien que no tenía idea de mi vida. — Vine aquí para huir de él.    No había querido que nadie supiera sobre mi vida pasada, pero estaba consciente de que, si Devon me seguía hasta aquí, él único con el poder de ayudarme era el hombre frente a mí. Mi hermano estaba a kilómetros de distancia, ahora me encontraba sola, sin siquiera mi mejor amiga y su marido. Jay Colton, podía parecer ser un hijo de puta frio, pero si Jett me había enviado aquí, era porque confiaba mi seguridad en él.    Jay cerró sus ojos con fuerza cuando dije esas palabras, parecía afectado de cierta manera. Sus manos se apretaron en mi cintura y quise jadear, no por la fuerza, si no por el poder de su toque. Ya me sentía mojada, quería saltar sobre él y que me tomara en esos brazos fuertes, que me hiciera las mismas cosas con las que había estado fantaseando desde que lo conocí.   —No digo esto muchas veces, porque no me interesa una mierda la vida de los demás, pero si alguna vez necesita que te ayude con eso, pídelo —murmuró, parecía de verdad interesado en ayudarme, aunque de nuevo, sus ojos estaban fríos y su expresión muerta, así que no podía decirlo con certeza.   —¿Tú puedes ayudarme a defender? —pregunté, dejando de lado el anticonceptivo y las curitas, ahora estaba verdaderamente interesada. — Puedo pagarte, no tengo mucho dinero, pero dime lo que cobras por entrenarme y lo haré.    Me miro durante un rato en silencio, esa expresión seria como la mierda. Estaba poniéndome cada vez más nerviosa, quería que dijera algo, que dejara de ser tan frio, pero sus razones tendrían. Suspiré, pensando que no iba a responderme, cuando por fin habló.   —No voy a cobrarte por eso —dijo por fin, lo que me alivió. — Odio a los malditos cobardes que golpean a las mujeres, necesitas aprender a defenderte, porque si en algún momento vuelve a ti, no puedes depender de nadie más que de ti para protegerte.    Asentí mientras hablaba, embobada con sus palabras. Se levantó, quedando al menos quince centímetros por encima de mí. estábamos tan cerca, que podía inclinarme y lamer su pecho, sin importarme que estuviera sudado. Nos miramos a los ojos, tenía que inclinar mi cuello para hacerlo, y a pesar de que estaban sin vida, podía sentir la fuerza de sus palabras.    Él tenía razón, necesitaba aprender a defenderme, no podía depender de otras personas para cuidarme. Ni de Jett, ni de Britanny, ni de Jonathan y tampoco de Jay. No porque creyera que ellos no iban a defenderme si se diera el caso, porque mi hermano podía volver en cualquier momento, mi mejor amiga era una fiera cuando se metían con los suyos y su esposo haría lo que fuera por ella, inclusive Jay, que no me conocía de nada, estaba segura de que me protegería. Pero tenía que hacerlo por mí, para poder respirar tranquila por la calle, para poder volver en algún momento y recuperar mi casa, mi vida y mi futuro.   —Mañana comenzaremos a entrenarte, levántate temprano —ordenó, antes de pasar a mi lado e irse a su habitación, sin ninguna otra palabra de despedida. 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD