CAPITULO 2

1829 Words
Cuando recién llegue aquí, era la única niña pequeña y pura. Las demás eran chicas que no pasaban de entre 15 y 18 años las cuales fueron o matando o vendiendo al mejor postor. Pero ahora que ya han pasado 12 años no termino de explicarme como es que aun continúo aquí manteniendo mi integridad intacta. Aunque tampoco negare que nadie trato de propasarse conmigo, lo cual provoco muchas pérdidas en la organización, perdidas que fueron fácilmente reemplazadas. A las demás chicas las prostituían, las vendían o las obligaban a trasladar drogas a otros países dentro de sus cuerpos muchas morían antes de llegar a su destino pero a nadie parecía importarle encontrar el cuerpo sin vida de una chica a orillas de la carretera. Pero a mí... Solo me tenían aquí encerrada en un cuarto a cuatro paredes sin poder ver rayo de sol, a excepción de las veces que acompañaba a jeques poderosos a reuniones importantes, era algo así como una especie de “dama de compañía”. Recuerdo la primera vez que tuve que acompañar al jeque de abudabí, quien estaba de visita en México por unas ventas mayoritarias de tierras para futuros negocios de dudosa procedencia; no sé como pero los negocios de "los caballeros" traspasaban fronteras ¡eran mundiales!   —Mirleth— llamo Richard, sacando las cobijas con las que me tapaba de un tirón, ya que aún me encontraba dormida. —No tarda en llegar el jeque de abudabí por ti, solo tienes un par de horas para alistarte antes de que llegue—. Sabía que no podía desobedecer ninguna orden sino quería agregar más recuerdos a mi cuerpo. La última vez que desobedecí, tuvieron que darme 4 puntadas cerca de la ceja y de eso no hacía mucho. Me levanté de la cama caminando hacia la ducha, me despoje de la ropa y abrí el grifo de la regadera di un respingo al sentir las agujas del agua helada clavarse en mi piel, pasado cinco segundos deje que el agua recorriera mi cuerpo, relajándolo, llevándose consigo la fatiga de un día agotador. Tenía que aprovechar al máximo estos lujos que pronto terminarían. Aun no entendía como era que aún permanecía aquí y no me habían vendido con nadie, sabía que tenían compradores que les ofrecían bastante dinero por mí. En cada negociación su respuesta siempre era un «NO» rotundo. —«Que haces»— grité, al ver a Richard quien se encontraba en la puerta de la ducha viéndome, a pesar de los años que habían pasado seguía manteniéndose joven. —Ya es tarde y el jeque no tarda en presentarse, más vale que te apures, El jefe también estará presente. ¿El jefe? Hacía mucho tiempo que no lo veía, quizá desde que tenía... Emm —no lo recuerdo— Solo sé que me daba mucho miedo. —Toma, el jeque mando esto— tome la bolsa de papel que me tendía, en la cual venia un vestido de terciopelo tinto con un gran escote en la espalda llena de tiras con pedrería más accesorios de oro puro. —Ahora, puedes salir. Necesito cambiarme— dije con un deje de fastidio ante su habitual acoso. Cuando salió y estuve segura que no volvería a estar de mirón; retire la toalla con la que me cubría dejándola caer al suelo. Tome el vestido deslizándolo con delicadeza por mi cuerpo, un par de medias negras hasta los muslos y me coloque los accesorios que había dentro de la bolsa. Del suelo tome las zapatillas más altas que tenía en color n***o y salí del cuarto hacia la sala donde ya se oían charlas sobre dinero. —¿Y cuánto quieres por una noche con la chica Braden?— sin duda era el jeque por su peculiar acento. —Sabes que eso no es negociable Akjman. —Pagaría lo que fuera por esa chica, sus fotos en la página de damas de compañía son exitantes pero, me tendré que conformar con su compañía esta noche— desde mi escondite en el umbral podía ver el imperturbable rostro del hombre extranjero. Llevaba un turbante en la cabeza y un impecable traje n***o en tres piezas con pantalones muy ajustados que marcaban el contorno de un arma en su espalda baja. —Es pura ¿cierto?— sonrió al ver que entraba en la sala, se puso de pie admirándome de pies a cabeza. —No se para quien la reservas Braden, pero de algo si estoy seguro— sonrió evaluando la mercancía a llevarse— te daría toda mi fortuna por esta chica, además de pura es muy bella— beso mi mano en saludo cuando estuve a su lado. —Para quien la reservó eso no te incumbe Akjman— el jefe le dio una mirada calculadora, hizo una señal a uno de los lacayos y este salió de la sala. —Y si, es pura y estas advertido. No-se-to-ca...— tomo asiento tras el escritorio. Alcanzo la copa de vino llevándola a su boca bebiendo el contenido en un solo trago. Miro fijamente al extranjero apuntando con la mano ocupada —a menos que quieras morir— le dijo en tono de burla. —Ok, ok amigo. Aquí está tu paga— dejo dos fajos de billetes verdes, para después tomarme de la mano y apuntando la puerta. —¿Por qué tanta prisa, amigo?— la burla burbujeando en su voz, como la espuma en su copa nuevamente llena —no te la puedes llevar aun— me detuve al oír a Braden. Baje la mirada asustada cuando apunto con el dedo su lado izquierdo —ven acá Mirleth.   Sus ojos escanearon mi cuerpo de manera desquiciada deteniéndose en mis caderas y el pequeño busto cubierto por la tela del vestido. Su dedo se paseó por mi mejilla antes de que se inclinara y susurrara en mi oído: —Eres realmente hermosa— y regreso a su postura arrogante y fiera que intimidaba a todos. —Este fin saldrás de México hacia Canadá, donde te esperará Ebet mi mano derecha, una vez ahí te llevara con mi hijo Bastian, él te dará tu estrenada hermosa— tomo mi barbilla fuertemente marcando sus feos y ásperos dedos en la mejilla y me beso bruscamente. Era asqueroso. Lo golpe con la palma abierta y fue un gran error ya que abofeteo mi rostro dos veces. La risa que soltó al ver mis lágrimas fue maquiavélica, desquiciada. —Más vale que te portes bien con él señor o te dará tu merecido, estúpida zorra— escupió aun costado mío. De su bolsillo trasero del pantalón saco un pañuelo con el que se limpió la inexistente sangre. Exagerado. Salimos de la casa de seguridad en una camioneta tipo Nissan negra blindada, Lo que duro el transcurso de llegada estuve seria, jugando con los dedos o viendo por la ventana esquivando la mirada del hombre que me daba miedo y desconfianza. La camioneta aparcó en un estacionamiento lujoso con valet parking, toldos verdes que cubrían del sereno los lujosos carros y seguridad privada armada hasta por los codos con pecheras, chalecos y anteojos especiales con infrarrojo. Un carro con chapas de oro y plata era custodiado por cinco mastodontes, del cual bajo una mujer de piernas delgadas y cintura pequeña; llevaba un vestido coloro carne y tacones dorados como el anillo que decoraba su anular izquierdo, seguido de ella un hombre de estatura baja, bigote blanco y un exagerado sombrero con plumas doradas. Parecía un duende de circo si me lo preguntaban. Pero claro que jamás lo diría en voz alta.   Ajkman bajo en cuanto la puerta de su lado se abrió una copa de licor esperaba por el siendo sostenida por un camarero quien llevaba una elegante mascara negra cubriendo su cara. No espere ser sostenida de la mano para bajar del coche y a trompicones llegue fuera del coche escuchando refutar a Ajkman en su idioma. La casa era inmensa y bonita por su exterior, hombres con radios y armas de alto calibre resguardaban la entrada recibiendo la invitación plateada y a cambio entregaban un botón de oro que era colocado en la pechera del saco como medallas de honor.   —¡Akjman, amigo!— un señor delgado como un suricato de ojos pequeños ,se aproximaba a toda prisa sin perder el porte de matón. —Sirrilo, cuanto tiempo sin verlo— dijo Akjman con su acento árabe. —¡Bha! tonterías…— respondió desdeñoso, salpicando licor de su copa al mover la mano —pero, y quien es esta bella dama que te acompaña. —¿Dama?— se carcajeo —esta es una de las zorras que tiene Braden, y déjame decirte que eh pagado bastante por ella. —Y ya veo porque... pero si es realmente bella. ¿Cuántos años tienes preciosura?— levantando su mano acaricio mi mejilla, el muy asqueroso. Saque mi cara de su alcance. La repulsión corriendo mi cuerpo por su sucio toque; cuando lo vi a los ojos quise correr del lugar. Escapar del lugar sonaba prometedor, el corazón me latía fuerte cuando el hombre se rio y negó con la cabeza. Su mano posada en la culata de la pistola ¿iba a matarme? —Thu, Thu, Thu— chasqueo la lengua Akjman, mientras con su dedo índice y su cabeza negaba burlándose en mis narices —eso no se hace— dijo entre dientes levantando su mano para cruzarla en una bofetada a mi rostro. Me mordí el labio aguantando las lágrimas que se aproximaban a deslizarse por mis mejillas. Algunos presentes ya se giraban a ver nuestra «escena dramática» por parte de los “hombres”. —Ahora contesta al señor, si no quieres que te golpe— amenazo con su mano alzada haciendo que me encogiera. —Vaya que es rebelde, necesita que la domen... ¿y bien? —Diecisiete... —¿Diecisiete qué?— pregunto con voz fuerte el viejo. —Diecisiete años, señor.   Después de una larga noche donde hubo una extensa variedad de drogas nuevas que serían lanzadas a las calles este próximo fin de semana, más una alta colección de los mejores licores del mundo las mujerzuelas paseando con sus diminutos vestidos cortos mostrando a los pervertidos sus cuerpos dando más razones para que los muy idiotas poco hombres se creyeran con el derecho de pisotear nuestra dignidad a su gusto. No entendía como muchas de ellas estaban ahí por su propia voluntad.   La penúltima vez que un tipo trato de golpearme por haberme negado a su petición comprendí que llevaba un letrero colgado del pecho con luces rojas que decía entre parpadeos "humíllame a tu antojo" o "pisotéame cuando gustes" pero yo no podía hacer nada para defenderme no sin correr el riesgo de la amenaza de muerte. Salimos de aquel lugar ya entrada la noche y el congreso de mafiosos había acabado con un par de hombres con sobre dosis tirados por ahí. Akjman tenía que llevarme de vuelta a la casa de seguridad a las afueras de México, pero una vez dentro del coche en vez de tomar la carretera México 15 se desvió. —¿A-Adónde vamos?— pregunté. El corazón me latía a mil por hora imaginando los miles de escenarios en los que podrían encontrar mi cuerpo. —A un lugar privado, donde pueda estar contigo a solas— su mano se deslizo apresurada por la abertura del vestido en la pierna y comenzó a besarme toscamente, enrollando su mano en mi cuello ejerciendo presión. Yo luchaba contra él; pero era en vano si él tenía mucha más fuerza que yo y se encontraba encima de mí, empujando mi cuerpo contra los asientos.
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