Capitulo 1

1897 Words
Mi nombre es Mirleth estoy por cumplir la mayoría de edad, se supone que debería ser el mejor día de mi vida; al fin cumpliré la mayoría de edad… pero la realidad es otra, estoy totalmente aterrada por el nuevo rumbo que puede tomar mi vida a partir de esto, las decisiones no las tomo yo, si no otra persona, que mueve los hilos como su perfecto títere.   A la edad de 3 años fui alejada de mis padres, por un grupo delictivo de trata de blancas que se hacen llamar "los caballeros" aunque de caballeros no tienen nada. Desde que tengo uso de razón eh trabajado para ellos, vendiendo chicles, paletas e infinidad de cosas en los metros y paradas de autobuses, la gente se me acercaba con temor; ya que «todo mundo sabe que cuando un niño pequeño anda solo por las calles vendiendo dulces es porque está siendo vigilado por su "dueño"» y los dueños o secuestradores tienden ser agresivos tanto con la gente como con uno. Hoy en día el país está siendo controlado por la delincuencia organizada, y el gobierno corrupto no hace nada mientras reciban su mochada de las ganancias de las mafias; la gente vive con temor de que sus hijos acaben como uno de nosotros ¡¡los vagabundos!! Y no piden ayuda a las autoridades correspondientes ya que en muchos casos hasta la policía está de parte de los delincuentes. Es muy triste ser un niño que no ha conocido lo que es el amor maternal o paternal, lo que es un abrazo, que te digan un te amo, yo te protegeré todo estará bien.   A veces siendo tan pequeña me dan celos de ver a niños jugando en los parqués con sus padres mientras estos los vigilan para que no se vayan a lastimar y si lo hacen les compran nieves para compensar el dolor. Me gusta imaginar que mi madre viene conmigo tomada de la mano para que nadie más pueda hacerme daño, entonces jugamos mientras ella me empuja en el columpio, donde la suave brisa hace que mi pelo honde logrando enredarse uno que otro cabello en las cadenas del columpio, pero mi madre está ahí para ayudarme a quitar mi cabello de las cadenas. ¿Si extraño a mis padres? como no tienen una idea, no hay día que pase y no piense en ellos. Sé que mi vida sería muy diferente si hubiese permanecido a su lado, si los bastardos de que me raptaron no me hubieran arrancado de su lado yo sería diferente, sabría leer, ser educada, y no una “rebelde” a la que golpean a cada rato cuando no llega a la cuota impuesta por el mano derecha del jefe.   Recuerdo mi primer golpe tan vivido como ese día...   Tan solo era una niña de 3 años... los recuerdos aún permanecen frescos al igual como las pequeñas cicatrices ya casi difuminadas que permanecen en los muslos como un mantra de lo que pasa cuando desobedeces: Me habían llevado a la parada del bus en México la estación central donde llegan los autobuses grandes. No tenía ni dos meses de no ver a mis padres; esa mañana había estado llorado mucho como todos los otros días pasado, eran las 6 a.m. para ser precisos, el frió me calaba los huesos mientras continuaba llevando la misma ropa del primer día del secuestro; un sencillo vestidito de pana beige acompañado de una torera de manga larga lanuda rosa, ya bastante desgastados que no cubrían del todo el frió que lograba hacer mis dientes castañetearan frenéticos.   Estaba en la central de autobuses con mi canasta en las manos intentando no temblar cuando una joven señora se acercó temerosa como todos: —Hola, pequeña— había dicho en voz baja. Su voz era suave y con un deje de tristeza aunque yo no entendí ni una sola palabra dicha, mi idioma natal era el inglés al ser nacida en Canadá y no sabía ningún otro idioma aparte de este.  Le acerqué mi pequeña canasta de dulces y ella supo lo que quería decir, tomo un chocolate, y una paleta, y me dio un billete que jamás había visto; era rojo y con un dibujo de un señor calvo en el centro. —¡Pequeña!— una solitaria lágrima rodó por su mejilla, yo solo quería que me llevara con ella para que los hombres malos no me hicieran daño otra vez, —¿qué te han hecho? No has de tener más de cuatro, eres tan pequeña y hermosa para esta vida— la señora saco un pañuelo blanco de ceda con el cual limpió mi carita llena de tierra y lágrimas secas, mi piel era blanca oculta entre toda aquella suciedad, típico de la mayoría de los canadienses con las mejillas rosadas, por lo cual se notaba más la suciedad en mí. —Señora— hablo fuerte Richard a sus espaldas. Por el tono en la voz de él supe estaba molesto, y eso me traería consecuencias. Encogiéndome de hombros en el lugar baje la cabeza orando como mi madre me enseño, cuando tenía miedo. Richard era uno de mis secuestradores o dueños como el solía recalcar cada que podía —si no piensa comprar nada más, le pido y se retire que la está dejando estancada y no llegara a la cuota y «le ira muy mal»— volteo a verme. Se relamió los labios con esa obscena mueca que ponía cuando veía a una de las otras niñas, yo me encogí de hombros asustada. No quería que me hiciera daño. —Como se atreven es una niña— alzó la voz la señora. Pero Richard era astuto y no le convenía un escándalo en un lugar público... así que sacó su pistola de manera que solo la mujer la observara, y con esta amenazó a la joven señora la cual se asustó y termino retrocediendo hasta perderse de vista entre la gente que esperaba transporte. No sin antes decir una palabra que no entendí.  Richard me dio una mirada furiosa y volvió a su lugar apuntándome con el dedo.   Ya casi estaba anocheciendo y el vaho de las bocas de los transeúntes terminaba uniéndose al resto del smok de la ciudad, mis tripas se comían unas a otras contrayéndose y comprimiéndose desesperadas, tenía la boca seca y los labios ásperos por la falta de agua. No había probado bocado alguno en todo el santo día. —Ten mocosa— remitió contra mi Richard, arrojando un pan dulce y un jugó de mango el cual por cierto odiaba, el parecía encantado haciéndome tomar el jugo cuando sabia no gustaba, pero de igual manera tuve que tomarlo, si no deseaba pasar otro día más con hambre y sed.    Ese día no fue tan productivo como los anteriores, la venta había sido escasa. Mire mi canasta con miedo, llena de dulces. Ya no quedaba gente a la cual vender en las calles, no sabía qué hora era, pero era de noche y el cielo comenzaba oscurecerse luciendo solitarias estrellas opacadas por la contaminación. —Vamos, camina— demando Richard con autoridad, pero solo me quede ahí viéndolo incrédula, sin saber que decía y que hacer —walk girl— gritó escupiendo rastros de la comida que se había devorado minutos atrás. Camine lento, temerosa hacia donde él se mantenía al lado de la camioneta con la puerta trasera abierta. Cuando menos lo espere sentí un fuerte tirón en la muñeca y bruscamente me alzo aventándome al asiento trasero de la camioneta golpeándome en las rodillas con los asientos al no alcanzar levantar los pies.  Sobe mi pequeña muñeca ya que me había hecho algo de daño y observe mis rodillas rojas que después se convertirían en grandes moretones.   Juan quien estaba manejaba el carro, aceleró a toda marcha esquivando carros y cruzándose alguno que otro semáforo en rojo. Richard y juan platicaban abiertamente ya que yo no entendía ni "PIO" pero Juan se miraba enojado, cuando lo veía por el retrovisor del carro tenía el ceño fruncido y apuntaba con su cara morena hacia mí.   Después de una extensa trayectoria en carretera llegamos a una casa a las afuera de México oculta entre la maleza y ruinas de un viejo rancho ganadero; el lugar en si era intransitable. —¿Y bien como les fue?— un señor de unos 30 años de barba larga y finta de matón se acercó a la camioneta mucho antes de que las puertas se abrieran. —La muy inútil se la paso causando lástima a las personas, y para colmo solo se detenían a exclamar su lastima ¡hay pobrecita!— se burló haciendo una voz irritante —como si su lastima la fuera a salvar de su castigo— los que se encontraban en el lugar rieron a grandes carcajadas; provocando que me asustara y comenzará a sollozar. Era tan frustrarte no saber qué era lo que decían, (pero que niña se frustra tan pequeña por cosas que no le deberían importar a tan corta edad). Antes de que pudiera reaccionar a nada, las risas cesaron y el barbudo volvió habla. —Ya sabes que hacer Richard— Richard me tomo de la mano y me jaloneo hasta un cuarto donde había pequeños rastros de sangre. Me arrojó con brusquedad al suelo haciendo que cayera con un estruendo de mis huesos golpeando el piso grasoso por la sangre seca, tomo un cinturón de charol que colgaba de un clavo en la pared y comenzó a golpear sin rumbo mi pequeño cuerpo, sonreí cada que lo hacía porque no sabía que más hacer si el llanto se escapaba como las palabras al viento perdiéndose en el filo del abismo.   Cuando paro, el dolor se apodero de mi cuerpo y llore con más fuerzas, apuñando los ojos como queriendo calmar el dolor... De pronto unas manos suben por mis piernas con agilidad hasta llegar a mis calzoncillos los cuales quita con agilidad. Pataleo logrando golpearlo en la cara pero eso no lo detiene, maldice sé que lo hace porque las palabras salen como el sisear de una serpiente. Sus manos se detienen una vez logra sacar por completo el calzón. El deslizar del zíper de su pantalón me asusta, se lo que sucede ahora; entonces comienzo a gritar por ayuda aunque sé que es en vano, tal ayuda jamás llegara.   Hay una luz de esperanza cuando la puerta se habré dejando ver a un joven de cabello n***o alborotado, el cual se lanza a los golpes con Richard.   —«QUÉ CREES QUE ESTAS HACIENDO»— grita el chico de cabello alborotado propinándole otro golpe en las costillas a Richard quien continua retorciéndose en el piso, se limpia la sangre del labio recargando la espalda en la pared. —¡Le daba una lección! Ebet…— escupe a un lado, un cuajo de sangre. —Vaya lección— alza una ceja mirando con desprecio al hombre frente a él. —Sabes que si él jefe se entera que tratabas de usar su mercancía te «MATA» cierto—Richard asintió temeroso. Todos los presentes en la casa sabíamos que el jefe si quería terminaba con nuestro sufrimiento o lo prolongaba por más tiempo. —Vamos pequeña— observe con miedo latente su mano estirada hacia a mí. Tenía una sonrisa muy bonita con dientes blancos y alineados; pero sabía que solo lo hacía para ganarse mi confianza, podría ser ingenua pero no tonta. Mire a Richard quien tenía esa mirada filosa hacia mí. Prometiendo dolor la próxima vez que nos viéramos. Mire la mano del chico una vez más y la tome con un apretón tomando el impulso de su fuerza para ponerme de pie y salir del cuarto con dificultad.   Ese día fue el primero que marco mi vida. ¿Qué clase de monstruo golpea con tal b********d a una pequeña e indefensa niña?   
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