Mónica
Massino coloca una expresión de dolor en su rostro, algo que me sorprende y hace que mi corazón dé un salto. Pero, es un mafioso… los mafiosos mienten, son los maestros del engaño, del fraude, del dolor, de envenenar a la sociedad… No tiene corazón. ¿O sí?
Pero ¿por qué me hace esto a mí? ¿Qué mierda quiere de mí?
—Lo siento, Mónica— dice con la voz entrecortada. — Soy tu papá.
Mi risa histérica inunda el lugar. Incluso mi mano tiembla y sé que estoy en condiciones de locura como para matarlo sin más respuestas porque… estoy inestable… rota.
He estado rota y marcada toda mi vida.
Y él viene a derrumbar lo poco que me ha mantenido cuerda en este mundo.
—Maddalena Fiore era mi esposa. Nos casamos hace 37 años, en esta casa.
—No, no te creo, no puede ser posible.
—Lo es, Mónica.
—Pero… es mentira. ¿Por qué? ¿Qué quiere de mí? Soy una simple agente del FBI, o más bien desempleada, sin padres, y sí, lo quise matar, pero esto, ¿es su venganza? — Mi voz sale temblorosamente rápida.
—Mónica, baja el arma— Carlo me pide acercándose un paso hacia mí.
—¡No se acerquen! — grito con molestia. Mi mente comienza a aclararse y siento a los hombres de Massino detrás de mí, saliendo de las sombras para proteger a su jefe.
—Fuori di qui! Qualsiasi cosa sia successa, non toccarla, è mia figlia, il tuo capo.
(¡Fuera de aquí! Pase lo que pase, no la toquen, ella es mi hija, su jefa.) —Grita Massino.
Mi mano tiembla, pero no la bajo, sigo apuntándole.
Todos los hombres hacen una reverencia extraña hacia mí y salen del lugar, excepto Carlo, quien se queda firme a un lado de mí, parece respaldarme o, tal vez, está ahí para sorprenderme y someterme. Todo puede pasar.
Antes de que pueda preguntar, Massino extiende más fotografías hacia mí, incluso señala hacia un cuadro que veo por un segundo, antes de regresar mi mirada hacia él.
Era una foto de boda. La misma mujer de las fotografías y un Massino más jóvenes, están usando un vestido y un traje de boda. Mi mirada recorre todo el escritorio, lleno de fotografías, hasta unas en las que la niña parece de 7 años, y es igual a mí. Todo parece tan real.
—Es real, Giorgia. Tu nombre real es Giorgia Massino— dice con voz suave.
Mi respiración se agita.
—No quiero vengarme de ti y no te estoy mintiendo. Cuando subiste a mi camioneta, te dije que tu vida iba a cambiar. Yo… no quería que supieras, no quería alterar tu vida…
—¡¿No la querías alterar?! ¡¿Cómo no podría alterarse con esto?! ¡Todo esto parece muy bien planeado! ¿No? ¿Qué quiere de mí?
—No lo es, principessa.
—¡No me digas de esa manera!
—No lo haré. Solamente… escúchame, te contaré todo.
Nuestras miradas chocan, puedo ver que su dolor y su súplica son reales, parece genuino. ¡Vamos! Que lo único que conozco es ese rostro frío y poderoso, ahora, es más bien un hombre herido y con miedo.
¿Cómo se supone que crea que el hombre que he odiado por 20 años es mi padre? ¿El mismo hombre que he buscado para hundirlo en la cárcel o matarlo?
Mi vida ha girado alrededor de esa venganza personal. Todo.
Y ahora viene ese mismo hombre a derrumbar mi realidad, mi mayor objetivo en la vida… ¿Qué se supone que haga? ¿Cómo debería de tomarlo? Si no como una locura, una maldita broma del destino. Un castigo divino…
Entre mis locos pensamientos se filtra una pregunta. Entonces, ¿mis padres no murieron en ese incendio que es lo último que recuerdo? Si es verdad, ellos… ¿Me abandonaron?
¡Mierda!
La negación y la ira, todo me consumen.
Siento que mi pecho duele por todas las emociones.
Levanto mi mirada y puedo ver a Massino.
Está tranquilo, con una sonrisa en el rostro, una mirada de profundo orgullo, amor y… aceptación.
Hace un movimiento en su cabeza hacia mí, el mismo que me enseñó mi tía, que en Italia significa respeto. Y lo entiendo…
Sé que ahora sí significa respeto y también, significa que no va a defenderse…
Trago grueso ante ese gesto.
—No tengas miedo, principessa. Nadie te hará daño, decidas lo que decidas, ninguno de mis hombres te hará daño. Podrás salir de aquí y regresar a tu vida.
—No puedo creerte— mi voz sale entrecortada. Sus palabras me golpean, y por alguna extraña razón me siento triste por lo que he decidido hacer. Disparar.
—Es una promesa.
Le creo. ¡Vaya, mierda! ¡Le creo!
Suena muy real, sincero.
—Puedo morir en tus manos, MI Giorgia, MI Mónica. Gracias por volver a mí— Massino camina hacia el frente del escritorio, Carlo va a su lado. Doy unos pasos temblorosos hacia atrás, sin quitarles la vista ni un segundo.
Entonces… ambos se arrodillan frente a mí.
Muerdo mi labio para no llorar, porque la tristeza, la ira y la sorpresa de sus acciones son abrumadoras.
Los mafiosos no se arrodillan… Si lo hacen es frente a sus superiores, cuando han cometido un error, muestran que su vida es de los jefes, es una reverencia de sumisión y respeto, y que han aceptado su destino.
Ambos vuelven a asentirme y así se quedan por unos segundos, esperando morir.
***
Massino
Mi principessa está sufriendo, puedo verlo en sus ojos. Esto era lo que quería evitar, no quería que su mundo se destruyera, no quería herirla más de lo que ha sufrido a lo largo de su vida por mi culpa.
Pero decidió venir y esperó todo un mes en nuestra casa, es testaruda y persistente, y ella necesitaba saber la verdad para poder seguir adelante, para que decidiera quién quería ser. No podía quitarle eso, no después de dejarla abandonada por tantos años.
El único arrepentimiento que tengo en esta vida es no haberla protegido como debería. Pero ahora lo haré.
La familia Massino desaparecerá el día de hoy.
Mis mejores hombres la cuidará desde las sombras por el resto de su vida. Nadie sabrá lo que pasó hoy. La casa arderá como hace 20 años y borrará todo rastro de mi hija.
Una lágrima traidora baja por mi mejilla. Me permito llorar, me permito abrazar el hecho de ver a mi hija por última vez, verla como toda una mujer fuerte, valiente y esa mujer que va a superar esto. Me superará a mí, a su pasado y a este destino doloroso.
Le doy una sonrisa, antes de cerrar los ojos para abrazar el hecho de que voy a morir en sus manos.
El sonido de un disparo retumba por toda la habitación.
“Pronto estaré contigo, Maddalena, mi pequeño Joe…”