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Conexión Real

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Blurb

Cassian Chrysomallis gobierna entre sombras. Tras perder a su compañera en un ataque brutal, el alfa dominante sucumbió a su propia furia perdiendo la razón, y con su lobo tomando el control, el rey que su pueblo adoraba desapareció en la oscuridad. Aislado, convertido en una bestia incapaz de proteger a los suyos, Cassian acepta que su historia ya está escrita... hasta que un intruso inesperado rompe su condena.

Aris Hood, un joven humano tan temerario como luminoso, irrumpe en su vida con una curiosidad que desafía al miedo. Curioso, valiente, lleno de luz y preguntas que nadie se atrevería a hacer, Aris ilumina su camino devuelta con una sonrisa terquísima y un corazón que no se deja intimidar por colmillos ni leyendas, convirtiéndose en la única chispa capaz de atravesar la oscuridad que envuelve a Cassian.

Poco a poco, Aris comienza a derribar, uno a uno los muros, reconstruyendo lo que el dolor destruyó, y encendiendo en Cassian una luz que él creía extinguida para siempre.

Entre secretos de sangre, traiciones reales y un destino que nadie vio venir, Cassian deberá decidir si permitirá que esta inesperada chispa lo guíe fuera de la oscuridad... o si esta logrará arrebatarle para siempre el trono y la cordura.

Esta es una historia de redención, poder y un vínculo imposible, una conexión real que podría cambiar el destino de toda una manada.

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Capítulo 1
Agitando sus piernas para no hundirse en las profundidades del mar, Aris observaba en un silencio expectante cómo, a tan solo unos pocos metros, el barco en el cual estuvo viajando hacía unos minutos con rumbo a la isla Wolf Heart, en donde habitaba la manada Vont Kleist, ardía en unas intensas llamas. Si alguien le preguntara cómo es que terminó todo de esa forma, el joven humano no tendría una respuesta sincera. En un segundo, Aris se alejó de las demás personas con las cuales viajaba, con sus dedos picando por reflejar la hermosa vista del mar con la ciudad alejándose en sus pinturas. El caos estalló de pronto, gritos asustados y angustiados invadieron cada rincón, junto al inconfundible sonido de armas. El fuego comenzó, el barco perdió el equilibrio y su cuerpo cayó por la borda. Sin querer verse atrapado bajo la gran máquina, Aris nadó para tomar distancia, lo que aparentemente le salvó de convertirse en un posible rehén, o bien... una víctima de un cruel ataque despiadado de... —Piratas —musitó Aris por lo bajo. Tal vez el barco que los atacó no tenía una bandera como tal, pero era bastante obvio que no se trataba exactamente de buenas personas, considerando las armas que portaban y la agresividad con la cual trataban a todo el mundo. Algunos eran atrapados por ellos, otros eran lastimados y asesinados, mientras que unos pocos... alcanzaban a lanzarse fuera del barco en llamas. La situación era tan impresionante que no se sentía del todo real. Se suponía que un viaje en barco era seguro. Que los humanos estaban en buenos términos con los hombres lobo. Y, aun así... estaba ocurriendo. ¿Por qué? ¿Quién podría haber atacado el barco? ¿Otros hombres lobos? ¿Humanos? ¿Por qué razón? ¿Qué dirían sus padres al enterarse? ¿Qué tan preocupada estaría su madre? ¿Y sus pinturas? ¿Dónde estaba su maletín con sus instrumentos para dibujar? Chasqueando su lengua al no tener una respuesta, Aris observó a su alrededor. Considerando la situación, no era buena idea solo quedarse mirando lo que ocurría, lo volvería un blanco fácil. Pronto, las personas malas se percatarían de su presencia y bien podrían secuestrarlo, lastimarlo o hasta... asesinarlo, en el peor de los casos. Estando en medio del mar, sin ninguna pista que le indicara exactamente en dónde se encontraba, Aris no pudo hacer más que girar y comenzar a nadar en dirección contraria al lugar del ataque. Por supuesto, él nunca fue realmente una persona atlética que gustaba de ejercitarse, y a pesar de tener un cuerpo delgado y una estatura que ni siquiera entraba en la altura promedio de un hombre, a medida que se alejaba, el cansancio comenzó a afectar su nado, volviendo sus movimientos torpes. Sus extremidades pesaban, su ropa se sentía como miles de kilos extra y sus pulmones quemaban al no tener el oxígeno suficiente. Con todo ello, Aris siguió esforzándose en seguir y colocar sólo un poco más de distancia, un kilómetro más. En el instante en que el aire parecía no llegar del todo a sus pulmones, se detuvo. Agotado, apenas agitando sus brazos y piernas para mantenerse a flote, vigiló a su alrededor. No encontró nada más que un extenso tono azul brillante que reflejaba el cielo, volviendo imposible averiguar dónde comenzaba o terminaba. Los barcos parecían haberse quedado atrás, pero seguía en medio de la nada, sin ningún avistamiento de alguna isla. —Debí de haber dejado que me tomaran como un rehén —pronunció en un bajo tono quejoso. Tal vez debería sentirse mal por decirlo, especialmente por aquellos que si fueron atrapados. Pero en ese momento en que el cansancio nublaba su mente y su cuerpo amenazaba con rendirse, Aris no se sentía para nada culpable. O así fue hasta que tuvo un vistazo de una extraña figura que se deslizaba en el agua. —Un... ¿monstruo? —musitó, confuso. En silencio, Aris frunció sus cejas e intentó concentrarse en la extraña figura. De a poco, la sombra se fue acercando, adquiriendo una forma. Reconociendo una moto de agua, la cual se deslizaba suavemente en el mar, el joven humano se sintió animado de ver a otra persona, y alzó su mano queriendo llamar su atención, pensando que la ayuda finalmente había llegado. Pero dicho pensamiento se extinguió tan pronto como la persona que montaba el aparato disparó su arma. Un grito de dolor puro hizo eco en todo el mar. Otro disparo resonó en el aire. Aris se quedó quieto, con su respiración contenida en sus pulmones. Un miedo frío recorrió todo su cuerpo. De la nada, todo el cansancio que sentía desapareció como por arte de magia al reconocer que estaba nuevamente en peligro. Lentamente, bajó su mano sin querer llamar la atención. Girando, se dispuso a nadar. No importaba la dirección, solo tenía que alejarse silenciosamente. Por supuesto, con la suerte que se estaba cargando ese día, a los pocos segundos, el sonido de una bala rompiendo en el aire resonó. La segunda vez que sonó, Aris sintió un frío roce cerca de su nuca que le arrancó un gritito asustado. Aun así, no se detuvo, porque si lo hacía, todo se terminaría. Y si se terminaba, no podría pintar nunca más, y eso era algo que no podía permitir. —Aún me falta mucho por pintar y conocer... —murmuró con esfuerzo. Tensando su mandíbula, Aris se esforzó por seguir nadando, aun bajo la lluvia de balas que caía sobre él. De pronto, una extraña corriente marina lo llevó hacia abajo, para seguido expulsarlo hacia arriba. Su cuerpo se movió, viéndose perdido en una corriente invisible que lo arrastró de un lado a otro, jugando con él. A momentos, el mar lo arrastraba hacia el fondo, reteniéndole el tiempo suficiente como para pensar que se ahogaría, para luego soltarlo. Tosiendo y escupiendo agua, Aris luchó por mantenerse a flote mientras seguía siendo arrastrado a donde sea que el mar le estuviera llevando. La claridad se vio cubierta por una densa niebla que parecía cubrir todo el mar, quitándole la vista. Fue un refugio que lo ocultó de las balas, pero a su vez, una cruel prueba que lo desorientó. Y como si dicha corriente marina no hubiera sido lo suficientemente mala, el mar se agitó en grandes olas que volteaban por completo a Aris, queriendo arrastrarlo al fondo. Luchando por subir a la superficie, las mismas olas lo volvían a arrastrar hacia abajo en un malvado juego con su vida que terminó agotando toda su energía. Perdiendo el conocimiento, el mar hizo y deshizo lo que quiso con el joven humano, hasta que finalmente, una ola lo arrastró a la orilla de una playa escondida y pequeña. Allí, el cuerpo permaneció inmóvil por unos eternos minutos. Una fresca ventisca corrió, Aris convulsionó y expulsó el agua que tragó. Jadeante, se inclinó hacia un costado y se volvió una pequeña bolita que luchaba por respirar. Sus ojos parpadeaban, asustados y desorbitados. Sin poder enfocar correctamente, imágenes borrosas pasaban ante él. Al cerrarlos, no pudo encontrar la fuerza para volver a abrirlos y perdió el conocimiento, demasiado agotado. (* * * * * ) Al despertar, lo primero que brotó entre los rellenos labios pálidos y resecos, fue un quejido doloroso. El sonido fue bajo y débil, lamentable. Así es como se sentía Aris precisamente. Cada centímetro de su pequeño cuerpo dolía, lo cual no era sorprendente considerando su esfuerzo nadando, para luego convertirse en una pelota con la cual el mar se entretuvo empujando de un lado a otro. En sí, era bastante sorprendente que estuviera vivo, Aris realmente pensó que su vida llegó a su fin en un punto. Pero estaba vivo. Todo dolorido, pero... —Vivo... —dijo en una exhalación. Abriendo sus ojos, el joven humano finalmente se esforzó por enfocar su vista. El tono azul le confundió un poco, no sentía el agua, ni que su cuerpo estuviera mojado. Juntando brevemente sus cejas, Aris se incorporó con movimientos lentos. Al sentarse, sus labios se inclinaron en una mueca. La sensación de humedad en sus pies llamó su atención. Al alzar la mirada, se encontró con el mar jugando tímidamente, acercándose sólo un poco para luego apartarse rápidamente, como si temiera asustarlo. Lo cual era un poco tonto considerando todo lo que hizo con él. Negando, sus labios se fruncieron ante el mareo que provocó aquello. Respirando profundo, se observó a sí mismo en busca de alguna herida. Además de estar hecho un completo desastre y de que su piel estuviera salpicada con algunos hematomas, no veía realmente una grave. Sí, tenía unos rasguños en su piel, unos más grandes que otros, y una herida de bala estaba en su brazo izquierdo, pero fuera de eso no había nada más. —Espera, ¿herida de bala? —musitó en un tono bajo, concentrándose en su brazo izquierdo. La manga de la camiseta estaba rota e indudables manchas de sangre estaban en la prenda. Al levantarla un poco, sus labios se presionaron con fuerza ante la vista. Unos seis centímetros en su piel; estaba abierta y con un profundo tono rojo manchado con granos de arena. Se veía horrible, un tanto dolorosa, pero no lo suficientemente profunda como para atentar contra su vida. Aunque los puntos sí podrían ser necesarios. —¿Habrá un hospital por aquí? —murmuro, luchando con la curiosidad de tocar su herida. Con esfuerzo, Aris se levantó. Sus pies se hundieron en la arena y su mirada viajó hacia una densa neblina que cubría todo el mar, apenas revelando unas olitas que llegaban a la orilla. Sólo que, el sonido del mar claramente estaba escondido entre aquel manto blanco, anunciando el peligro corría si decidía seguir con ese camino. —Pero qué engañoso y peligroso... —musitó y giró. Detrás de él, el panorama no se veía mucho mejor. Era un muro verde impenetrable. No era solo una línea de árboles espaciados, sino una masa densa y oscura que parecía absorber la luz. A primera vista, los árboles se veían gigantes con madera grisácea y rugosa, formando un dosel cerrado en tonos verdes intensos que apenas permitía ver fragmentos del cielo. En el frente, destacaba una maraña de arbustos espinosos y lianas gruesas como sogas que colgaban enredándose entre sí, formando una especie de cortina natural que ocultaba la tierra detrás. Admirando entre ambos, Aris suspiró largo y pesado, comprendiendo que el único camino que podía seguir era hacia el manto verde. Así como estaba de cansado y lastimado, no podía volver al mar, mucho menos enfrentar aquella misteriosa corriente marina o sus salvajes olas, no sin una embarcación correcta. Con la decisión tomada, el joven humano respiró profundo y avanzó. Su piel expuesta sufrió uno que otro rasguño al cruzar los arbustos espinosos, pero aun así siguió hasta cruzarlos. Del otro lado, parecía un mundo completamente diferente. La luz del sol se filtraba a duras penas, creando rayos esporádicos que con suerte iluminaban el suelo. El ambiente era notablemente más fresco que en la playa, saturado de una humedad calurosa. Al adentrarse, el suelo cambió a una gruesa capa de hojas caídas, ramas y restos de frutos, con un intenso olor a tierra mojada y descomposición dulce. A medida que avanzaba, veía helechos gigantes con hojas que le llegaban a la cabeza, plantas con hojas anchas como orejas de elefante que atrapaban la poca luz y hongos de colores vivos creciendo en la base de troncos caídos, advirtiendo sobre su toxicidad. Todo era nuevo, muy diferente a los bosques que estaban en la ciudad. Se sentía mucho más vivo, real y nada artificial. Incluso el zumbido constante de insectos o el chirrido repentino de alguna ave oculta era fascinante, y los dedos de Aris picaban por pintar cada lugar que miraba. Y era justo en ese instante en que más lamentaba no tener su maletín con sus pinturas. Largos minutos eternos transcurrieron, en los cuales Aris no encontró señal alguna de civilización. Sólo hubo encuentros con animales, algunos pequeños, otros medianos y unos cuantos peligrosos. El cansancio comenzó a abordarlo nuevamente, recordándole que su cuerpo lastimado no estaba en sus mejores condiciones para seguir investigando. Deteniéndose un momento, lamió sus labios, deseando una gota de agua. En ese instante, un sonido diferente cruzó en la selva, uno de voces humanas. Animándose, el joven humano siguió dicho sonido, hasta que un grito agonizante zumbo en cada rincón. Ocultándose detrás de un árbol, Aris observó. Dos hombres vestidos de forma extraña parecían estar abrazándose, hasta que uno retrocedió liberando su ensangrentada espada, provocando que el otro cayera al suelo, quejándose de dolor. Aris podría no saber qué estaba ocurriendo, pero instintivamente entendía que acercarse no era una buena idea. Retrocediendo, mantuvo su vista en la escena, volviéndose testigo de cómo mataban a sangre fría a una persona. Una vez hubo la suficiente distancia, corrió. Se alejó con todas sus fuerzas, gastando la poca energía que le quedaba. Pero eso dejó de importar, tras percibir que algo le perseguía. Aris no quiso voltear y averiguar qué o quién era, y sólo siguió corriendo, directo y sin ningún camino. En un momento, los árboles desaparecieron y llegó a una especie de claro rodeado de flores blancas. Al cruzarla, pequeños estornudos le invadieron al agitar el polen, pero aun así la cruzó y siguió adelante. En un punto, sus fuerzas se acabaron, y su corrida se transformó en una caminata. Arrastrando los pies, Aris se acercó a un muro de piedras mohosas y cayó al suelo. Cerrando sus ojos, Aris solo pudo rezar internamente, por haber perdido lo que sea que le perseguía.

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