Capítulo 3

2338 Words
Aris despertó con un tirón áspero en su pecho que lo mantuvo quieto. En silencio, con sus ojos cerrados, rezó mentalmente porque todas las experiencias vividas no hubieran sido más que una horrible pesadilla y que al despertar, estaría durmiendo en algún rincón de su pequeño loft. Levantando uno de sus párpados, miró brevemente a su alrededor. Al no encontrar aquella vasta naturaleza verde y húmeda rodeándole, le confundió y a su vez animó. —Si fue un sueño... —murmuró cerrando su ojo. Al abrirlos juntos, Aris contempló algo que no esperó. Ciertamente, no era la selva, pero tampoco se trataba de su departamento o incluso del barco en el cual viajaba. Grandes paredes de piedra cubiertas de grietas y musgo se elevaban a su alrededor. De lo que alguna vez fueron estantes colgando de las vigas, solo quedaban jirones oscuros moviéndose con la brisa que se colaba por los ventanales rotos. El techo tenía huecos por donde entraban rayos fríos de luz, iluminando motas de polvo en el aire que daban la ilusión como si fueran luciérnagas atrapadas. Las enormes ventanas estaban cubiertas parcialmente por enredaderas que se filtraban desde afuera, como si la selva quisiera recuperar la estructura piedra por piedra. Había muebles... o lo que quedaba de ellos. Un sillón descosido con las patas rotas, una mesa robusta pero llena de arañazos profundos que parecían hechos con garras, estanterías antiguas volcadas en el piso y libros desparramados por todas partes. Muchos estaban húmedos, hinchados por la lluvia. Otros abiertos, sus páginas arrancadas o cubiertas de barro. La palabra caos quedaba corta para describir la estructura, era un reino detenido en el tiempo, abandonado a la naturaleza y a la locura. ¿Cómo es que llegó ahí? ¿Quién lo ayudó? ¿Qué le ocurrió? Dichas dudas le golpearon, pero sin una respuesta para ellas, Aris las descartó. Pronto se estaría enterando de todas formas; no había razón para estresarse pensando en ello, cuando ya tenía suficientes cosas de las cuales preocuparse. Al incorporarse un poco, un latigazo agudo recorrió su brazo herido. Sus facciones se deformaron del dolor, y al mirar hacia abajo se encontró con una especie de vendaje torpe y grueso, hecho con tiras de tela arrancadas de algún mantel viejo sobrepuesto. Pero lo más extraño de ello fue... que había una mezcla de hierbas frescas bajo la tela. Y no cualquier hierba; era exactamente la que necesitaba, la que pidió a aquella bestia. Hierba Selenia. Pétalos de Lira. Musgo de Luna. Por supuesto, estas no estaban perfectamente aplicadas, pero allí se encontraban, sobre su piel, ayudándole con su herida. —¿Cómo...? —susurró. No tenía recuerdo alguno de haber tratado su herida. Sí, tenía ciertos momentos de haber encontrado las plantas tras buscarlas por su cuenta, pero... su mente se volvía n***o después de ello. No, mentía. Ciertas imágenes de una figura extraña, grande y oscura corriendo a velocidad era lo último que permanecía en su memoria. A caso... ¿Aquel ser realmente intentó ayudarle? ¿Entendió sus palabras? Usando de apoyo su mano derecha, Aris se incorporó en la especie de cama improvisada con pieles gruesas y mantas deshilachadas. Buscando con la mirada, sus ojos color miel repararon en cierto grabado en el piso. Curioso deslizó su mano hasta el borde. El piso era frío, de piedra irregular, con marcas profundas que parecían hechas por años de pasos... o por una criatura inquieta encerrada sin escape. Siguiendo una especie de patrón tallado directamente en la piedra, su dedo subió, bajó y se deslizó. —C... a... s... s... ¿y? Juntando sus cejas, Aris deslizó varias veces su dedo por las últimas letras, pero aun así fue imposible de adivinar. El tiempo había hecho de las suyas, borrando el tallado. —¿Qué nombres llevan aquellas letras? ¿Cas? ¿Casper? Pero había una i... ¿Cassy? ¿Cassidi? —juntando sus cejas, Aris negó suave. Ante ese leve movimiento, el mundo a su alrededor se sacudió lo suficiente como para que buscara apoyo en el suelo con sus manos. Seguido, su estómago rugió y su cuerpo pareció protestar, recordándole su débil estado. —Bien, ahora que mi herida ya fue "revisada" supongo que debería preocuparme por colocar algo de comida en mi cuerpo para recuperar fuerzas —expresó en un suspiro a la nada. El silencio se rompió por un suspiro leve, pero profundo. Aris giró la cabeza. Justo ahí, en un rincón oscuro, a unos metros entre las sombras. El cuerpo de aquella bestia descansaba con su gran cuerpo hecho en una bola. Su pecho subía y bajaba lentamente, y a pesar de que sus párpados estaban abajo, podía sentir que estaba alerta. —Hey... —llamó, pero no recibió respuesta—. Sé que estás despierto. ¿Por qué me ignoras? Por supuesto, Aris no recibió respuesta alguna. Su mirada se desvió hacia las letras talladas. —¿Tu nombre es Cassy? ¿Cass? ¿Casper? ¿O Cassidi? —preguntó y otra vez, no hubo respuesta—. ¿Realmente estás durmiendo o estás fingiendo? Entrecerrando sus ojos en su dirección, Aris lo observó largamente en silencio. Había algo diferente en él, se veía... distinto. —Fuiste tú quien me ayudó, ¿cierto? —preguntó, señalando su vendaje—. Si lo hiciste es porque en realidad puedes entenderme. O al menos, yo quiero creer que es de esa forma desde que estoy aquí y mi herida fue... tratada —expresó mirando su brazo—. Además, me hace sentir menos solo hablarte, así que, aunque no me respondas, yo te seguiré hablando. Las ramas golpearon suavemente una ventana rota y el viento entró como si la casa exhalara con ellos. Aris miró otra vez el interior, esta vez observando algo más. Los restos de un pasado que no entendía y una triste e intensa... Soledad. —Parece que estás muy solo... Hablar conmigo podría ayudarte a sentirte mejor. Puedes aullar o bien gruñir. Aunque no lo creas, soy experto en interpretar los gruñidos, ya que es la única forma en la que mi hermano se comunica conmigo cuando mis padres no nos observaban —comentó casualmente. Otra vez, no tuvo respuesta alguna. Ni siquiera una señal que indicara que aquella bestia estaba realmente despierta y no era solo un presentimiento que traía. Con su estómago rugiendo otra vez, recordándole que necesitaba alimentos que repusieran su energía, Aris miró su vientre. —Bien, supongo que si me puedo mantener despierto, es porque aún tengo la energía para levantarme y buscar comida —murmuró frunciendo sus labios. Si recordaba bien, aquel lugar donde se desmayó por segunda vez, había una especie de pequeño lago o arroyo que le vendría bien en ese momento. Necesitaba lavar bien su herida y nunca estaba de más lavar cualquier fruta que encontrara en su camino. Ignorando el agotamiento, Aris se empujó y se levantó de la cama improvisada. El suelo bajo sus pies no se movió, lo cual fue una buena señal. Mirando a su alrededor en busca de la salida, un resoplido suave escapó de entre sus labios tan pronto como contempló un gran hueco en la pared en donde los restos de una ventana yacía. Y a su lado, una puerta inservible que colgaba de una bisagra. —La ventana será. Tiene una apariencia mucho más firme que esa puerta —expresó por lo bajo. Paso a paso se dirigió hacia esta, por poco y tropezando con aquellas enredaderas que hicieron su camino por el suelo, volviéndolo inestable al intentar devorar la piedra. Al llegar a la ventana, dirigió sus mieles ojos hacia la esquina para despedirse de la bestia. Intensos ojos le observaban fijamente en silencio. No eran hostiles, pero tampoco amistosos. Eran simplemente... vigilantes. —No te preocupes, volveré pronto. Solo necesito buscar algo de comer antes de que me desmaye otra vez —explicó. Mostrándole su sonrisa más confiable a la bestia, Aris salió por la ventana con cuidado. Una vez lo logró, admiró la casa. Ante sus ojos, parecía un castillo olvidado por los cuentos y devorado por la selva. Con dos torres, estrechas y puntiagudas, estas se elevaban hacia un cielo grisáceo, cubiertas de losas rotas y tejas que faltaban. La fachada era de piedra oscura, ennegrecida por el tiempo, la humedad y quizá... por incendios pasados. Hiedra espesa trepaba por cada muro, abrazando la estructura como dedos insistentes, y en ciertas zonas, las enredaderas eran tan densas que ni siquiera se distinguía la superficie original. En otras partes, la naturaleza había abierto grietas donde raíces y pequeñas plantas emergían con obstinada vida. Al verla, Aris no pudo evitar sentir que había tropezado con un secreto... uno que llevaba demasiado tiempo solo en medio del bosque. —¿Cómo es que llegaste hasta aquí? —preguntó, dirigiendo su mirada hacia la bestia que le observaba desde el agujero. Por supuesto, como ya sabía, no obtuvo respuesta alguna. —Solo por curiosidad... ¿Sabes dónde puedo encontrar comida? ¿Alguna fruta o verdura? Ya sabes, tipo manzana, plátano, durazno —pidió, haciendo mímica de cómo se comía cada una de ellas. Silencio absoluto. Suspirando, Aris agitó su cabeza quitándole importancia. Girando, estudió a su alrededor. Al no ver nada conocido, rodeó la casa apoyándose en la pared mohosa hasta que llegó al lugar donde había caído. Se detuvo por un momento, y tras reconocer el camino que tomó la última vez antes de desmayarse, Aris lo siguió, alejándose de la casa para adentrarse en la naturaleza. Pasando los árboles gigantescos que custodiaban la casa como guardianes silenciosos, tuvo cuidado con sus raíces sobresaliente que serpenteaban formando una frontera natural, casi como si el bosque mismo protegiera o escondiera a la criatura que vivía dentro. El aire alrededor era frío, húmedo, lleno de ese olor a tierra mojada y hojas antiguas. El canto de los pájaros apenas se escuchaba, incluso los animales parecían mantener distancia, como si supieran que aquella casa, aunque era hermosa, seguía siendo peligrosa. En su camino, Aris cogió un par de frutas que estaban a su alcance, sólo unas simples manzanas y un par de plátanos, nada de otro mundo y que podría comer sin temor a ser envenenado. Encontrándose con un pequeño riachuelo de agua cristalina, el joven castaño se detuvo en este. Haber encontrado el lago habría sido mucho mejor, pero con la poca fuerza con la que contaba en ese momento, prefería no arriesgarse. Tomando asiento en el húmedo suelo, lo primero que hizo fue lavar las dos manzanas. Reuniendo agua entre sus manos, lavó su rostro con cuidado y mojó su cabello. Empujando sus dedos entre las hebras, se aseguró de quitar cada rastro de tierra, barro y suciedad en este. Peinándolo todo hacia atrás, cerró sus ojos un momento y respiró profundo. Su cuerpo seguía sintiéndose pesado; en algunos lugares dolía más que en otros, su energía era baja y, aun así, tras lavar su rostro, Aris podía sentir cómo su humor mejoraba un poco. Exhalando lento y profundo, abrió sus ojos y examinó su herida en el brazo. Quitando el resto de hojas que se adhirieron a la piel, dejó caer gotas de agua para llevarse el resto de ellas, incluyendo la tierra y restos de sangre seca. Una vez estuvo limpio, aplicó nuevamente las plantas que había llevado con él. Lavando el trozo de tela, lo colocó y ajustó a su brazo correctamente. Un ruidito de dolor se le escapó y el sonido de unas ramitas quebrándose hizo eco en el bosque. Mirando sobre su hombro, Aris entrecerró sus ojos y buscó a su alrededor. Al encontrar aquellos ingeniosos ojos, sonrió suave al reconocer a ese gran lobo. Escondido entre la naturaleza, le observaba en silencio, como si cuidarlo fuera un instinto más fuerte que la propia razón perdida. —Estoy bien, sólo estaba limpiando mi herida —explicó. Los árboles se sacudieron y una corriente de viento trasladó el eco de un disparo por todo el lugar. Una exclamación de dolor brotó de sus labios. Alzando su mano, Aris tocó su mejilla, encontrando unas pequeñas gotas de sangre que antes no habían estado allí. Otro disparo sacudió la selva, pero un gruñido más fuerte, inhumano y completamente furioso atravesó todo el lugar. Pronto, la bestia estaba corriendo en dirección a Aris, pero a diferencia de antes, su apariencia era otra. Ya no era aquel enorme lobo de n***o pelaje intenso, sino que... había vuelto a esa especie de monstruo atrapada. Como una sombra, este paso por su lado, dejando una corriente de aire, y luego siguió de largo. Intentando asimilar la situación, Aris giró y escuchó unos gritos de completo horror, seguidos por unos de agonía pura. El grotesco sonido de huesos rompiéndose y piel siendo desgarrada lleno el bosque, y luego solo hubo un absoluto silencio. Aquella cosa apareció entre los arbustos espinosos, y esta vez... Aris lo pudo apreciar mejor. Su cuerpo era musculoso y estaba cubierto parcialmente de pelaje. Su espalda, ancha y curvada, parecía soportar un peso invisible. Sus grandes manos con garras peligrosas estaban manchadas de sangre, al igual que su rostro, o lo que debería de serlo. Este parecía tener una estructura de un hombre, pero su mandíbula estaba estirada y endurecida por rasgos lupinos. Su mirada vacía y fría yacía fija solo en Aris, con la misma intensidad con la cual un depredador observa a su presa. Alzando su cabeza hacia atrás, emitió un aullido bestial, oscuro y poderoso que sacudió toda la selva. Dándole otra mirada, las orejas sobre su cabeza se movieron, su cola se agitó y luego corrió a toda velocidad nuevamente, con aquel gruñido amenazador. Solo, Aris tragó costosamente. Por extraño que fuera, por un momento, en aquellos ojos azul verdoso, sintió como si estuviera comprobando que estaba bien, aunque no hubo nada que le transmitiera aquello, sólo... era una sensación en él. —Al menos... ahora sé que si es un hombre lobo... —murmuró a la nada.
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