Capítulo 7

2193 Words
Sentado en medio de la cama improvisada, Aris rodeaba sus piernas con sus brazos y descansaba su mentón sobre sus rodillas. Su mirada, silenciosa, seguía a la bestia incompleta en el otro extremo de la sala trabajando. ¿En qué cosa? No lo sabía, pero este parecía muy concentrado en ello. —Oye... ¿Qué estás haciendo? —preguntó. La bestia gruñó en su dirección, pero no fue un sonido que demostrara enojo o desagrado, más bien... Era la forma en que se comunicaba con él, justo como Aris le había pedido. —Oh, comprendo. Grr... Sin entender lo que realmente su salvador intentaba decirle, Aris suspiró y se recostó en la cama. Admirando el techo y la luz que se filtraba en algunos rincones, juntó brevemente sus cejas, pensativo. —Cassy... ¿Quiénes eran esas personas en la selva la otra vez? ¿Ellos eran tu manada? ¿Son malos? ¿Por qué atacaron a otros humanos? —indagó. Al no recibir respuesta, Aris giró brevemente su cabeza en su dirección. Al contrario de lo que esperaba, Cassy le miraba, con una extraña emoción fugaz pasando por sus ojos. —¿Ellos son malos? ¿Es por eso que estás aquí? ¿Porque eres diferente a los demás? Algo llamó la atención de la bestia, y se concentró en su tarea. Suspirando, Aris frunció sus labios en un gesto pensativo. Alzando su brazo, jugó con el hilo dorado que se filtraba por el techo, intentando tocar aquellas pequeñas partículas visibles solo ante la luz solar. Tenía dudas en su mente. Algunas eran importantes, acorde a su situación. Como... aquellos hombres lobos con los que se encontró, ¿eran realmente malvados? ¿Por qué razón mataron a esos humanos? ¿Estos eran los malos? ¿Cómo podría pedirles ayuda si querían matarlo? ¿Podría dejar la isla? ¿Cuánto tiempo llevaba náufrago? ¿Cómo estarían sus padres? Una persona más racional o preocupada estaría concentrada en ello, buscando y pensando una forma de salir de aquella isla. De dar una señal para que otros supieran que estaba vivo. Y, aunque en algunos momentos dichos pensamientos le atormentaban... la mente de Aris fácilmente se distraía con lo que tenía frente a él. Por ejemplo... el tema de su brazo. ¿Cómo se suponía que logró sobrevivir cuando una serpiente le mordió? ¿Qué fue lo que hizo Cassy para salvar su vida? No lograba entender cómo es que un gran lobo que no mostró comprensión ni emoción alguna más que un fuerte sentido de protección, pudo arrancarlo de las manos de la muerte, otra vez. Pero eso no era lo único extraordinario que hizo, no. Además de salvar su vida, también cuidó de él durante todo ese tiempo en que la fiebre lo tuvo al borde, delirando y soñando. Ahora último no solo preparaba aquella extraña medicina, sino que se preocupaba de que hubiera la suficiente comida como para que no tuviera que salir y arriesgar su vida otra vez. Era dulce, y mostraba que Cassy, dentro de toda esa forma feroz, podía racionalizar tal cual lo haría un ser humano. Siendo así, ¿por qué no cambiaba a uno por completo? ¿No podía o no quería? —Cassy... ¿Por qué no vives con el resto de tu manada? La pregunta flotó en el aire e hizo eco en cada rincón de la sala. La bestia no respondió, casi pareció ignorarle, prefiriendo trabajar en lo suyo. Extrañado, Aris giró su cabeza y lo observó. —¿Por qué no quieres hablar de ello? ¿No te gusta? ¿No quieres? ¿Qué ocurrió? —indagó. Cassy le dedicó una mirada de reojo un tanto despectiva. Su gruñido fue bajo y exasperado, como si no entendiera por qué insistía con un tema que claramente no quería hablar. Aris lo percibió, y aquello solo alimentó su curiosidad. —Estoy suponiendo aquí, pero creo que te alejaste porque ellos no son precisamente los hombres lobos más amables del mundo, ¿no? Y no lo digo solo porque los vi matando a otras personas —expresó intentando acomodarse en la cama improvisada para enfrentarlo sin colocar presión en su herida—. ¿Estoy en lo cierto? Ni una mirada. Ni un gruñido. Su amigo peludo lo ignoró totalmente. —¿No tienes familia? ¿Amigos? ¿Hermanos? ¿Alguien que extrañes al vivir aquí solo y aislado? Por un momento, Cassy se detuvo. Su cuerpo pareció congelarse y él solo se quedó ahí, quieto, como pensando en sus palabras. Sus orejas se movieron sobre su cabeza, y su cola se enrolló alrededor de su cintura. Percibiendo cierta aura deprimente, Aris se enderezó hasta sentarse. —Lo lamento, seguramente tienes tus propias razones para estar aquí excluido y yo molestándote con preguntas que no quieres pensar —pronunció con un tono culpable y apenado—. No es necesario que respondas o lo pienses; mi curiosidad y distracción a veces sacan lo peor de mí. En esos momentos, solo tienes que ignorarme. Aquella peluda cola se desenroscó y descansó al lado del gran cuerpo. La bestia no le observó ni le gruñó, no mostró señal alguna de que le hubiera escuchado, pero el hecho de que retomara lo suyo le dijo todo a Aris. Sonriente, el joven humano flexionó sus piernas hacia adentro, doblándolas. Apoyando sus codos en sus rodillas, se inclinó recargando su mentón en su mano derecha. —Por cierto... ¿recibiste alguna ayuda esos días en los que estuve luchando con la fiebre? —indagó, con su mirada fija en la silueta de su espalda—. Tengo una sensación... Es extraña, ¿sabes? Sé que no fue más que un sueño, no tuvo que ser más que eso, pero... La bestia gruñó corto, como diciendo que cortara con su parloteo. Aris rió suave, sin molestarse. —¿Hay otra persona viviendo aquí aparte de ti? Me refiero a un hombre, parecido a ti, pero un poco más pequeño y... bueno... con apariencia humana —aclaró—. Sé que vi a alguien, de cabello largo y espalda ancha, pero no recuerdo cómo era su rostro. Y probablemente me querrás decir que no fue más que un producto de mis delirios por la fiebre; yo mismo me digo eso cada vez que lo pienso, solo... Tengo la sensación de que fue real y que lo he visto antes, pero no recuerdo en dónde —explicó—. ¿Vino alguien? Cassy emitió un gruñido que reflejó desinterés puro. Aris asintió e imitó su respuesta. —Tienes razón, lo estoy pensando demasiado. Tras finalmente terminar lo que estaba preparando, Cassy giró y se acercó. Deteniéndose ante Aris, mostró dos cosas que no fueron especialmente del agrado del joven castaño, a pesar de las buenas intenciones de la bestia. En una mano, tenía la extraña pasta verde de dudoso aroma. Mientras que en la otra, había un cuenco tosco lleno de una papilla espesa de frutas machacadas y verduras en trocitos. Se lo ofreció, insistente. Poco después de que Aris pidiera un caldo y describiera lo que era, Cassy apareció con aquella papilla de frutas. Por supuesto, tras superar una fiebre que dejó su cuerpo débil, estuvo tan agradecido por el gesto de la bestia que se comió absolutamente todo. Con el pasar de los días, la papilla se transformó en su platillo principal para desayunar, almorzar y cenar. Estando convaleciente, era algo que su estómago toleraba a la perfección. El problema era que una comida repetitiva se volvía un tanto... aburrida, hasta el punto de quitarle el apetito. Lo que hizo que Cassy comenzara con sus inventos al añadir verduras a las papillas, y terminara con una especie de experimento que transformó el sabor a uno pasable, pero no agradable. Ahora que se encontraba mejor, el cuerpo de Aris estaba pidiendo algo más que frutas y verduras; quería carne, bebidas, dulces. —Yo... Gracias, pero creo que por el día de hoy, paso —expresó, empujando suavemente ambos cuencos hacia el cuerpo de la bestia. Por supuesto, este los volvió a empujar, instándole a tomarlos. Lo que hizo que Aris lo alejara de vuelta e iniciaran una pequeña lucha entre ellos. Al derramar un poco en su ropa, ambos solo lo observaron. —Bueno, en peor estado no puede quedar —dijo con un tono calmado y despreocupado, la camisa estaba endurecida por sangre seca, barro y sudor. Sus pantalones no estaban mejor, manchados de verde oscuro por hierbas y de marrón por tierra vieja. Una mancha más no hacía gran diferencia. Pero el aroma que emitía su propio cuerpo, eso... era otra cosa. Aris lo miró, luego la papilla y volvió a olerse. —Cassy... —dijo con suavidad, señalándose a sí mismo—. Estoy asqueroso. La bestia ladeó la cabeza, confundida. —Quiero bañarme —intentó explicar, usando las manos para restregar su cuerpo—. Agua. Mucha. Limpio. —señalo hacia afuera—. Quiero oler bien. La bestia negó de inmediato, con un gruñido bajo le empujó el cuenco hacia el pecho. —Sí, sí, ya sé que tengo que comer —suspiró Aris—, pero... escúchame, ¿sí? La bestia pareció entender su pedido, pero no estaba muy dispuesto a que saliera. Aris respiró hondo y sonrió con esa sonrisa dulce y testaruda que siempre le traía problemas junto a sus bonitos hoyuelos. —Hagamos un trato. Tú me llevas a un lugar con agua —señaló hacia afuera—. Yo no me alejo. No corro. No me pierdo. Y cuando volvamos... —tomó el cuenco y lo alzó solemnemente—. Me como todo. Sin quejarme. La bestia le observó en silencio, pensando en sus opciones. —Todo. Lo prometo —insistió Aris. Hubo un silencio largo. El bosque parecía escuchar sus respiraciones. Finalmente, Cassy gruñó una vez, corto, resignado... y se puso de pie. —¡Sí! —Aris sonrió, levantando el puño—. Gracias. La bestia resopló, pero Aris no percibió nada malo ahí. Apenas hizo el intento de levantarse antes de que Cassy lo tomara fácilmente entre sus brazos. Al salir de la casa, lo sostuvo con uno solo, demostrando su excepcional fuerza sobrenatural y lo llevó por el bosque sin problema alguno. De esa forma, se aseguró de que el joven humano no se alejara y perdiera, evitando que se encontraran con personas indeseadas. El lago estaba oculto entre árboles altos y piedras cubiertas de musgo. No era enorme, pero sí profundo y claro, con agua quieta que reflejaba el cielo como un espejo roto. Plantas acuáticas flotaban cerca de la orilla, y un ciervo bebía más adelante. Al percibir su presencia, levantó la cabeza antes de alejarse entre los arbustos con un salto rápido. —Es... precioso... —murmuro sin palabras. Cassy se detuvo a unos metros y lo dejó en el suelo. Se quedó cerca y atento, escaneando el entorno. No parecía relajado, pero tampoco tenso, solo... alerta. Aris se acercó al borde con cuidado. —No te voy a mentir —dijo, mirándolo por encima del hombro—. Si me caigo, me ahogo. Así que no te rías. Cassy no respondió, pero se colocó un poco más cerca. Con torpeza, Aris comenzó a quitarse las prendas. La tela húmeda y sucia pesaba como si se resistiera a dejarlo, pero aun así siguió hasta que se quedó en ropa interior y entró al agua con un jadeo. —¡Está fría! —se quejó—. Muy fría. Temblando inicialmente ante el cambio de temperatura, Aris se mantuvo en su lugar y comenzó a lavarse con cuidado, primero el brazo herido y luego el resto del cuerpo. Frotó la suciedad, el sudor y el miedo acumulado. Lavó su ropa golpeándola contra una piedra plana, concentrado, decidido a no pensar en la mirada constante que sentía clavada en la espalda. Pero la sentía, intensa y constante. —No... no es muy educado mirar —murmuró, sin girarse, sintiendo el rubor en su rostro. Cassy no apartó la vista, ni hizo el gesto alguno de hacerlo. Aris suspiró y siguió con lo suyo, aunque ahora cada movimiento se sentía más consciente. El agua le llegaba a la cintura cuando terminó y levantó la camisa empapada para escurrirla. Fue entonces cuando el viento cambió. Un soplo frío recorrió el lago, agitando la superficie. Cassy se tensó de inmediato. Sus orejas se movieron como si percibiera algo que Aris no, cambiando su postura por completo. —¿Qué pasa...? —alcanzó a preguntar Aris. Cassy no esperó. En dos zancadas estuvo en el lago junto a él. Lo tomó con cuidado, pero con firmeza, levantándolo del agua como si no pesara nada y cubriéndolo parcialmente con su propio cuerpo. —¡Oye! —exclamó Aris, agarrándose instintivamente a él. Entonces lo vio. Aun lejano, pero visible entre los árboles, la silueta de un hombre. La bestia gruñó bajo, apretándolo un poco más contra su pecho antes de comenzar una marcha rápida. A lo lejos, alguien gritó, pero no fue de amenaza, sino más bien una súplica porque se quedara.
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