Nunca había dormido tan bien en mi vida. Pasé de dormir en una cama vieja con grandes huecos, a dormir en una cómoda cama de la puñetera mansión de los Orejuela. Estaba durmiendo en la habitación que le pertenecía a Carlos, o bueno..., la que su padre le había acomodado para que se quedara cuando le daban vacaciones en el ejército. Los Orejuela no habían crecido en esta mansión. Bueno, Alejandro sí, pero Carlos y Fernando habían pasado sus primeros años de vida y gran parte de su infancia y preadolescencia en un bonito y sencillo pent-house en la zona de Cañaveral, esa misma zona en la que yo había alcanzado a vivir cuando mi padre tuvo dinero. Doña Lina se había comprado ese pent-house con el sudor de su frente en sus primeros años como la CEO de Bustamante Coffee, y no había ten

