Herondale se acercó a Frederick al terminar la séptima hora.
- Hola, soy Herondale, ¿cómo te llamas? –pregunto, su voz suave, juguetona.
- Frederick, pero todos me dicen Mikell –dice sintiendo un escalofrío recorriéndole la espalda.
- Que hermoso, ¿yo también puedo llamarte así? –pregunto, su tono era suave, persuasivo.
- C-claro –dice nervioso.
- Gracias –dice sonriendo al tiempo que ladea la cabeza.
- De nada. –Splendora echaba lumbre, esa maldita...
Cuando las clases terminaron, Herondale espero a que todos se fueran y abordó a la chica de atrás, Marguerite; tenía la tarea de limpieza, así que había ido por las cosas. Cuando regresó, se sorprendió de ver a Herondale recargada de espaldas en la ventana.
- Hola Marguerite –dice enderezándose.
- ¿Qué quieres? –dice en tono seco, no estaba de humor para soportarla.
- No seas mala conmigo, yo sólo quiero ayudarte –dice en tono suave, tranquilo.
- ¿¡Por qué no desapareces!? –grita molesta mientras alza las manos.
- ¿Cuál es tu deseo? –pregunta suave, sin inmutarse por la rabia.
- ¿Qué? –pregunta con sorpresa,
- Lo que escuchaste, quiero saber el deseo de tu corazón, yo puedo ayudarte –dice segura mientras se acerca a ella.
- ¿Cómo? –la mira con desconfianza y curiosidad.
- Con un don especial que tengo –dice con orgullo–. Puedo volver realidad todos tus deseos, amor, dinero, vida, muerte... lo que quieras –Herondale captó una chispa en sus ojos al pronunciar amor.
- ¿Amor? –Herondale sonrío, ella era suya.
- Sí, puedes tener al chico que amas, ¿tienes alguno? –pregunta con fingida curiosidad.
- Sí –dice ella soltando un suspiro.
- ¿Quién es? –dice suave, hipnótico, una cadencia a la que los mortales no podían resistirse.
- Ren Davis. –Sus mejillas se vuelven de un intenso rojo carmesí.
- Es un chico muy lindo, ya veo porque te gusta –dice dándole la razón, para ella, el único chico era Mikell.
- Lo amo –dice segura, el rubor de sus mejillas no se iba.
- ¿Se lo has dicho? –le mira atenta, se mostraba como la gran amiga a la que todo le podías contar.
- No, yo... –muerde su labio, podía sentir el miedo al rechazo.
- Tienes miedo –dice, era una afirmación, no una pregunta.
- S-sí –baja la vista apenada, apretaba los puños con fuerza.
- Puedo ayudarte –dice suave, acaricia su mejilla con ternura.
- ¿Sí?, ¿cómo? –dice en tono sarcástico y dubitativo.
- Te prometo que en esta semana, él te invitará a salir –dice segura, su sonrisa siniestra.
- Sí, claro –aparta la mano que descansaba en su mejilla–, vete con tus cuentos a otro lado.
- Te daré una muestra, hasta pronto. –Herondale camino a la puerta, ahí se detuvo y sin voltear a verla le susurro–. Yo cumpliré tu deseo –dicho esto, salió caminando con su regular aire imperial.
Maggie se quedó pensando en lo que Herondale le había propuesto, en verdad que estaba loca.
Herondale tomó su collar, tocó la espada central y esta se desprendió. Comenzó a caminar, su destino: el campo de fútbol americano a dos cuadras del instituto.
Cuando llego, observo que Ren estaba tomando agua, sonrío y se acercó con sigilo, con su dedo llamo su atención.
- H-hola, ¿te puedo ayudar? –pregunta nervioso, ella tenía una sonrisa que lo ponía nervioso.
- Hola –dice en tono suave–, sí, ¿me permites tu mano? –dice al tiempo que sonríe con coquetería.
- Claro –dice extendiéndole la mano, mira con sorpresa cómo saca una pequeña daga, la cual pincha su dedo anular, acto seguido, se lo lleva a la boca, chupa limpiando la sangre.
- Gracias –dice tras sacar su dedo, le sonríe lo más inocente que puede.
- ¿¡Qué demonios!? –grita molesto mientras se lleva la mano a la espalda.
- Cállate –dice en tono suave, pero imperativo; él obedece–. Ahora escúchame bien, a partir de ahora, le perteneces a Marguerite, sólo a ella, Maggie es lo único que te importa, ya no existe nadie más –le mira atento, ojos cafés contra ojos vino–. Eres suyo, ahora y siempre, ¿entendido?
- Sí –dice ido, ella sonríe victoriosa.
- ¿A quién aprecias más que a tu vida? –ladea la cabeza mientras sonríe, era tan divertido verlos así.
- Marguerite –dice de manera escueta, sin emoción.
- Bien, mañana le pedirás que sea tu novia –gira la daga mientras le mira.
- Sí –responde sin más, tendría que hacer algo para que cambiará su actitud.
- Bien, adiós –rueda los ojos, esta era la parte que no le gustaba de su trabajo.
- Adiós –le mira quedarse quieto, rueda los ojos de nuevo.
- Ya muévete –dice con fastidio, se da la vuelta y Ren vuelve a sus actividades.
Camina hasta la esquina donde la esperaba Vladimir, le había dicho que no era necesario, pero él había insistido.
- Buenas tardes, señorita –hace una leve reverencia.
- Hola Vlad, ¿está todo listo? –le mira atenta, casi con emoción, aunque bien podría ser expectación.
- Sí, Dimitri y Katria han terminado de acomodar todo –camina a la puerta de atrás, la abre para que entre la señorita.
- Bien, vámonos –le sonríe mientras se sube.
- Claro. –Asiente mientras cierra la puerta, camina hacia el lado del piloto, sube y arranca.
Les lleva diez minutos llegar al edificio, Vladimir aparco el auto en el estacionamiento, se bajó y ayudó a su joven ama a bajar. Caminaron en silencio hasta el departamento marcado con el número trece.
- ¿Perséfone? –pregunto Doreen.
- No, soy Herondale Luxfero –se gira para verla con fingida sorpresa.
- Perdón, te pareces mucho a una chica que conocí hace muchos años –se disculpa apenada.
- Seguro conoció a mi tía Perséfone –le sonríe con amabilidad, los humanos eran muy crédulos.
- Sí, ¿qué fue de ella? –pregunta con verdadero interés.
- Ella y mi madre murieron hace varios años –baja la vista simulando pesar.
- Lo lamento –dice afligida, podía ver el impulso de abrazarla.
- Está bien –se acerca y aprieta suave su mano–. Voy a vivir aquí a partir de hoy.
- Bienvenida –dice ella con una sonrisa.
- Gracias, ¿señora...? –le mira esperando que le dé su nombre, uno que ya conoce.
- Wentworth, Doreen Rosemary Wentworth –aprieta la mano de la chica, esta le devuelve el apretón suave.
- ¿Wentworth? Acaso... ¿usted es pariente de Frederick? –le mira con curiosidad y sorpresa.
- Sí, es mi hijo –dice con amor y orgullo–, que por cierto, tu tía ayudo a traerlo al mundo.
- Mi tía siempre fue muy buena –se lleva las manos al pecho simulando compasión.
- Es un placer conocerte –le sonríe con sinceridad, de verdad que el parecido era mucho.
- El placer es mío. –Había algo de sinceridad en eso, después de todo, era la mujer elegida para traer a este mundo al alma de un arcángel.
- ¿Herondale? –ella se giró topándose con Frederick y Ren; ambos venían sucios y sudorosos.
- Hola Mikell, hola Ren –les sonríe alzando la mano a modo de saludo.
- Hola Herondale –dice Ren sin mucho ánimo en la voz.
- ¿Qué haces aquí? –pregunta en tono un poco descortés.
- Frederick –lo reprende Doreen en tono bajo.
- Está bien –le sonríe a Doreen, era divertido verlo luchar–, soy tu nueva vecina, ¿qué te parece?
- ¿Te mudaste al 213? –pregunta sorprendido.
- Sí, mi tía era la dueña –dice como si nada.
- Bienvenida –dice con tono amable, más por su madre que por que lo sintiese así.
- Gracias –dice ella con el mismo tono, le regala una amplia sonrisa.
- ¿Te quedas a cenar, Herondale? –pregunta Doreen emocionada.
- No me gustaría causar molestias –dice con fingida pena mientras niega suave con la cabeza.
- No es ninguna molestia, además, no creo que con la mudanza hayas preparado algo para cenar, ¿o sí? –le pregunta en tono suave, casi divertido.
-No, de hecho no –dice con una sonrisa de lado.
- ¿Aceptas? –pregunta de nuevo Doreen.
- No me gustaría incomodar a su esposo –dice jugando con uno de sus mechones.
- No te preocupes, Dan murió hace dieciocho años –dice ella con voz tranquila, pero podía ver el dolor que eso le causaba, además del amor, ella entendía eso, el dolor de perder a la persona que amas, quizás en otra vida podría encontrarlo, como lo había hecho ella.
- L-lo siento, no fue mi intención –dice con fingida aflicción, no había querido preguntar algo que ya sabía, pero debía mantener su papel.
- No te preocupes –dice suave, como restándole importancia–, entonces, ¿aceptas? –pregunta con esa sonrisa tan amable.
- Con gusto, muchas gracias –dice con una sonrisa apenada. Todos se adentraron en el departamento con el número 214.
La cena fue muy amena; todo había sido tan divertido, eso era quizás algo que podía envidiarles a los mortales, todos sus hermanos eran tan apartados, pero eso era culpa de su padre.
A eso de las diez, Herondale se despidió con una sonrisa sincera.
- Buenas noches querida –dice Doreen en la puerta.
- Buenas noches señora Wentworth, Mikell, Ren –alza la mano, haciendo un ademán de saludo.
Ellos asintieron y Herondale salió del departamento.