Capítulo 4 - Todo tiene un precio

2107 Words
Al día siguiente, Herondale se topó con Frederick al salir de su departamento. - Buenos días Mikell –dice ella con una pequeña sonrisa. - Buenos días Herondale –dice con tono cortés, aún no sabía cómo comportarse con ella. - ¿Te acompaño? –pregunta en tono inocente y una pequeña sonrisa. - Claro –dice devolviéndole la sonrisa, bueno, no le haría nada si iban al mismo lado. Herondale se acomodó la mochila y siguió a Frederick. Esa mañana, Herondale lucía unos vaqueros azules deslavados, una blusa con cuello en v, de color crema y unos botines del mismo color. Sus ojos estaban delineados en color n***o, sus largas pestañas tenían una ligera capa de máscara, sus labios tenían un suave rosa pálido. Era hermosa, ¿por qué no podía dejar de pensar en ella? ¿Por qué le atraía tanto? Algo dentro de él le decía que era peligrosa pero, ¿por qué no quería alejarse de ella? Herondale sonreía feliz, los pensamientos de Frederick la hinchaban de felicidad, a pesar de todo, él la amaba, supiera quién era ella o no. - ¿Tienes mucho viviendo ahí? –pregunto para romper el hielo. - Sí, toda mi vida –dice de forma distraída. Seguro que ella era consciente del movimiento tan sexy que hacían sus caderas al caminar. - ¡Wow! –dice con fingida sorpresa–. Nunca pude quedarme más de tres años en los lugares donde viví. - ¿Y eso? –pregunta volviendo su vista al frente, ¿desde cuándo le gustaba ver el contoneo de una chica? - Mi tía viajaba mucho, cosas de su trabajo –se encoge de hombros, no era mentira, ella había tenido que desplazarse a muchas partes del mundo para reunir la mayor cantidad de almas. - ¿Vives con ella? –pregunta, para después recordar que está viviendo sola. - No, ella murió hace dos años, y mi madre hace diez –se encoge de hombros, juega con las correas de su mochila. - Lo siento –dice apenado por sacar a colación un tema doloroso. - No te preocupes –le sonríe animándole–; ¿extrañas a tu papá? - No lo conocí, así que no sé –se encoge de hombros mientras se rasca la cabeza. - Te entiendo, yo tampoco conocí a mi papá –suspira, ojalá no lo hubiera hecho–, él murió a los pocos días de haber nacido. - Mi madre dice que si no fuera por tu tía, yo no estaría aquí –le mira atento, ella lucía muy tranquila. - Creo que deseabas nacer, de lo contrario, no creo que hubieses vivido –le sonríe, le mira curiosa. - Eso dice mi mamá, también dice que soy un guerrero –dice algo apenado, pero podía ver que se sentía orgulloso por eso. - Eso es bueno –le sonríe, no sabía que tan acertado era eso, lo de ser un guerrero–. ¿Eres feliz? Esa pregunta lo pillo desprevenido: - Sí, ¿tú no? –le mira intrigado frunciendo de manera leve el ceño. - Sí, soy muy feliz ahora –le guiña un ojo, como si guardará un gran secreto. Frederick volvió la vista hacia ella y vio la enorme sonrisa en su rostro, ¿qué secreto se oculta tras esa sonrisa? Volvió la vista al frente y se perdió en sus pensamientos. A los pocos minutos llegaron al instituto, todos los observaron extrañados nada más entrar al salón. Herondale observo a Ren junto a Marguerite, su sonrisa se hizo más grande. Marguerite reparó en ella y le sonrío, Herondale le devolvió la sonrisa. Frederick observo el intercambio, algo sorprendido y curioso. Ayer Maggie parecía odiarla a muerte, y hoy, ¿le sonreía como si fuera su mejor amiga? Era todo muy extraño, menea la cabeza alejando aquellas maquinaciones, camino hasta su asiento y esperó con paciencia la llegada del almuerzo. Cuando el almuerzo llego, Herondale guio a Maggie hasta la azotea. - No puedo creer que sea por ti –dice en tono sorprendido. - Pues lo es –le dice con superioridad–, y es sólo una pequeña muestra de lo que puedo hacer. - Ren me pidió que fuera su novia –chilla con emoción, se sentía flotar. - Yo se lo ordené ayer –le sonríe mientras se mira las uñas, odiaba los colores claros. - Muchas gracias –casi brincaba de la emoción. - Lo siento Marguerite, pero esto tiene un precio –dice en tono serio, aquí venía la parte divertida, para ella, claro estaba. - ¿Cuál? –le mira seria, frunce el ceño, ¿le pediría dinero? - Si quieres que perdure el hechizo, tienes que sellar un contrato de sangre, en él, me concedes a mí tu alma –dice como si le explicará alguna ecuación simple. - ¿Cuándo? –muerde su labio tras hacer la pregunta, ¿cuánto tiempo podría disfrutar de su amor con Ren? - Al morir –dice de manera escueta. - Acepto –dice de inmediato, sonríe, sabía que sería muy fácil. - Bien, extiende tu mano –se acerca a ella, Marguerite obedece sin rechistar. - ¿Qué vas a hacerme? –pregunta entre curiosa y un poco asustada. - Tomaré un poco de tu sangre –dice mientras saca su collar, desprende la daga central. - Alto –rueda los ojos exasperada, se vuelve con una fría sonrisa en el rostro, no dejaría ver lo molesta que estaba. - Largo de aquí Splendora –dice en tono frio, pero cargado de odio. - No te permitiré corromper esa alma –dice con la misma frialdad. - Bien, sin alma no hay trato –dice volteando a ver a Maggie, se encoge de hombros y se mira las uñas. - No, yo quiero darte mi alma –dice segura sujetando el brazo de Herondale con suplica. Herondale sonrío, Splendora sabía que no podía intervenir ahora: - Lo siento Splendora, ella ya ha decidido –dicho esto, le pinchó el dedo a Marguerite y se lo llevó a la boca–. La marca de la espada te acompañará por siempre, al igual que Ren. - Gracias –chilla emocionada, salta para darle un abrazo. - De nada –ríe bajo por la acción, era la primera vez que alguien le agradecía de esta manera–. No olvides recomendarme con tus amigos, conocidos y parientes. - Claro –dice antes de correr eufórica hacia el salón. - Maldito demonio –dice Splendora en la vieja lengua. - Ángel entrometido –le replico Herondale. - No te saldrás con la tuya –se acerca a ella apretando los puños. - Ya me estoy saliendo con la mía querida –sonríe de manera burlona–. Adiós Splendora –dicho esto, le manda un beso, se dio la vuelta y se marchó. Chasquea los dedos, un pergamino y una pluma aparece; anota el nombre de Marguerite, tras terminar, desaparece las cosas. Con ella llevaba 3893, estaba muy cerca de alcanzar su objetivo. Sonríe y continúa caminando rumbo al salón. Al entrar al salón, notó que Sole, su hermana mayor; estaba sentada en su pupitre. - Hola hermanita –dice con una fingida sonrisa. - ¿Qué deseas Sole? –dice sin ocultar el fastidio en su voz. - Sólo quería ver tu nuevo mundo –mira a su alrededor con desinterés, le sonríe con falsedad. - Señorita –dice el profesor de matemáticas–, le pido que salga del salón. - No quiero, tú no eres nadie para mandar a una hija de... –cubre la boca de su hermana con su mano. - Calla Sole –le mira mal–, lo siento señor Ferrar, vámonos –dice Herondale tirando de su mano sacándola del salón casi a rastras. - Que aguafiestas –dice divertida mientras es arrastrada a las escaleras. - Tengo mejores asuntos que atender que estarte cuidando –suelta molesta, sus hermanos eran unos idiotas. - Tú no quieres que me divierta –sin verla, sabía que estaba haciendo puchero, rueda los ojos. - Puedes divertirte en cualquier lado, menos aquí –sentencia mientras sube las escaleras con rapidez. - Que insolente –dice con fingido dolor, sonríe divertida. - El demonio hablando de infiernos –gruñe bajo con molestia. - Bien, me voy –dice divertida soltándose del agarre de su hermano– sólo te aviso que tal vez, pronto venga Daan. - ¿Para qué? –le pregunta frunciendo el ceño. - Para nada –dice mientras comenzaba a reírse y así desapareció. Herondale regreso al salón, en silencio se situó en su lugar, ninguno de sus hermanos le preocupaba, sabía cómo manejarlos, pero no a Daan. Suspira con frustración, en verdad esperaba que no viniera. - ¿Estás bien? –pregunta Frederick sacándola de su melancolía. - Sí, es sólo que... mi prima, la chica de hace rato; me dice que tal vez Daan, su hermano mayor; vendrá de visita –dice removiéndose algo incómoda. - ¿No te cae bien? –le mira atento, tras decirla, entendía que sonaba algo estúpido teniendo en cuenta la forma en la que estaba reaccionando. - Sí pero... Daan tiene un carácter difícil –dice tras suspirar, de verdad no deseaba que viniera. - Ya veo –dice serio mirándole con atención–, si quieres, puedes venir a mi casa el día que él venga. - Gracia Mikell, pero no puedo evitar verlo, es obligatorio –hace una mueca mientras se encoge de hombros. - La oferta está disponible, no sólo con él –le guiña un ojo, a pesar de insistirse en tener cuidado, verla así le hacía sentir algo cercano a la preocupación. - Gracias –dice sonriéndole con sinceridad, en verdad apreciaba el gesto. El corazón de Frederick comenzó a latir con fuerza, aquella sonrisa había causado grandes estragos en él, incluso más que esas coquetas sonrisas que solía regalar. Herondale volvió la vista la frente y perdió la mirada en el verde pasto de la pizarra, no necesitaba prestar atención para saber de qué hablaba, quisiera o no, de eso se encargaba su cerebro. Esa tarde, Herondale camino sola por el parque, allí encontró a una indigente que pedía una moneda. - Una moneda para esta pobre anciana enferma –tosía como parte de su acto, podía ver la falsedad. - Puedo darte más que eso, salud, dinero... lo que quieras –dice, nada cómo reclamar un alma para hacer sentir mejor a cualquiera. - ¿Cuál es el precio? –le mira atenta, sabía que nada era gratis en esta vida. - Tu alma –dice de manera simple, ella parecía saber sobre negocios. - Puedo pedir varias cosas –era más una afirmación que una pregunta, a ella no le importaba si era 1 o miles de deseos, sólo le importaba el alma. - Sí –le sonríe complacida, era un trato seguro. - Quiero dinero y juventud eterna –asiente, era algo que muchos solían pedir, pero la eternidad podía ser solitaria, al menos, gran parte de su adolescencia. - Bien –dice desprendiendo la daga de la vida y el pentagrama–; extiende tu mano. –La mendiga extendió la mano y con la daga le pinchó el dedo; una cristalina gota escarlata cayó en el pentagrama. En el acto, la mujer retrocedió en edad, alcanzando los veintidós, veintitrés, la andrajosa ropa le quedaba grande. - No veo el dinero –le mira molesta, seguro le había mentido. - Observa tus bolsillos –dice Herondale con irritación; la mendiga obedece, al hacerlo, encontró varios fajos de billetes. - Gracias –dice la mendiga antes de echarse a correr, dejándola sola. Le quedaban 3894, su padre le había impuesto 4 mil de castigo, algo benévolo viniendo de él; después de eso, sería libre. Herondale camino de regreso a su departamento, al llegar, se encontró con Mikell. - Hola vaga –dice con una sonrisa juguetona. - Hola señor no vago –dice copiando su sonrisa. - ¿Vienes a cenar? –se acomoda la mochila de deportes, justo regresaba de entrenar. - No quiero abusar –dice con pena, la verdad es que le encantaría ir, las cenas en casa de Mikell eran muy divertidas. - Claro que no, a mamá le encantan las visitas –le anima sonriendo, ella termina de aceptar sonriendo. - Sí es así, entonces acepto –se acerca a él, rodea su brazo y caminan a la casa de él riendo como dos viejos amigos.
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