Prefacio - El lugar de los deseos

847 Words
Esperaba sentada en un rincón el término de su condena; cuando aquello pasara, lo buscaría, y esta vez, sería suyo. - Espero que aprendieras la lección –dice una voz profunda, ronca. - Sí, padre –dice sin ninguna emoción en su voz. - Bien –sonríe complacido–. Necesito que busques el lugar donde los deseos abunden. - Me he perdido más de cien años de cambios, así que no sabría por dónde empezar –dice lo más neutral que puede, intentando esconder el veneno en sus palabras. - Volverás a la tierra y lo buscaras –dice en tono autoritario. - Como ordenes, padre –dice de forma mecánica. Él abre la puerta de la celda y ella sale cabizbaja, con paso triste, pero elegante. - Tu madre desea verte antes de que te marches –dice con desinterés. - Iré en seguida –dice con voz plana, la verdad le apetecía poco hablar con su padre. - Llévate a Katria y Vladimir, los necesitaras –le mira de reojo, ella miraba al frente. - Gracias, padre –dice, el sarcasmo pintando su respuesta. - Espero que esta vez no me decepciones –dice en tono frío, él no acostumbraba a dar segundas oportunidades. - No lo haré, padre –dice con voz plana. No quería volver a ese calabozo, pero más que nada, deseaba encontrarlo. - Bien –dicho esto, se alejó con ese caminar arrogante que ahora, le molestaba con el alma. Ella camino al cuarto de su madre. El pasillo era largo, alto y un tanto angosto, por lo que sólo podían pasar dos personas al mismo tiempo. En la entrada, esperaban dos Lamias, a diferencia de ella; ellas eran parecidas a Lilith. - Deseo ver a la gran Lilith, mi madre –dice en tono autoritario, ellas eran sirvientas. Estas asintieron y le cedieron el paso, abriéndole la puerta. El cuarto de su madre estaba tapizado con seda y satén en color n***o, rojo carmesí y lila. - Veo que tu padre te ha levantado el castigo –le sonríe, verla era caer hipnotizado por su belleza, una máscara que usaba, en realidad, parecía un c*****r andante. - Sí, me ha dicho que deseabas verme –le mira restándole importancia a su padre, deseaba tanto poder deshacerse de su control, obtener su tan apreciada libertad. - Sí, quiero darte algo que te ayudara allá, en la tierra –señala con su dedo hacia arriba. - ¿Qué es? –pregunta sin emoción en su voz. - Ropa, zapatos, joyería y maquillaje –podía notar la emoción en la hipnótica voz de su madre. - ¿Maquillaje? –arquea una ceja mientras le mira con disgusto–. Eso sólo lo usan las cortesanas, madre –dice casi con asco. - Los tiempos han cambiado, ahora lo utilizan las mujeres modernas –hace un ademán con la mano para restarle importancia. - Es bueno saberlo –dice un poco molesta. - Lo sé, ahora –dice tomando un vestido n***o, de manga larga, pero corto de la parte de abajo– un baño y luego, te pondrás esto. Se despoja de su largo vestido; se sumerge en la tina retirando la suciedad de más de cien años. Cuando termina, se seca y se coloca el vestido; se ajustaba a sus caderas y a su pecho, era más sencillo y le sería más fácil moverse. - Es más cómodo –dice apreciando su reflejo en el espejo. - Lo sé, ponte esto –dice extendiéndole unas botas y unas medias largas, lo siguiente que su madre le coloco, fue el maquillaje. Cuando está lista, se observa en el espejo de cuerpo entero; se veía más que espectacular. - Gracias, es hora de irme –dice dándose la vuelta, quedando de cara con su madre, toma las cosas, la abraza y sale. Camina con paso firme, y no se detiene en ningún momento, a pesar de que fue llamada por sus hermanos un par de veces. Después de todo, ninguno de ellos era Lucca, así que no había necesidad de detenerse. Cuando llega a la puerta del Sheol, Vladimir y Katria ya la esperaban. - ¿Alguno de ustedes sabe cómo se vive allá arriba? –les mira con atención. - Sí –respondió Vladimir–, estuve hace poco en la tierra. - ¿Hace cuánto? –pregunta con amabilidad, Vlad y Katria eran como de la familia, ellos habían estado ayudándola en el calabozo, bueno, lo más que les permitía su padre. - Tres meses –dice con respeto hacia su joven ama. - Eso está bien, no creo que en tres meses cambie todo –les asiente complacida–; es hora de irnos –dice sin voz autoritaria. Conocía a Vladimir y Katria desde que era una bebé, y más que empleados, eran como sus tíos, al menos para ella. Vladimir toma las cosas de su joven ama antes de partir a la tierra utilizando el portal que iba directo a Yorkshire del Norte, y de ahí, a Craven.
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