Jaxon estaba de pie junto a mí, con nuestra pequeña Luna dormida en mis brazos. La miraba como si no pudiera creer en su existencia, con delicadeza, le acarició la frente, y yo sentí cómo el nudo en mi garganta se hacía más difícil de ignorar. —Tengo que ir —dijo en voz baja, como si no quisiera despertarla, o como si no quisiera que yo misma lo escuchara. —Debo enfrentar mi destino. Tomé a mi hija en brazos, negándome a soltarlo, sentía que algo malo podría avecinarse. Él se inclinó y me besó en los labios, fue un beso muy lento, con ese tipo de beso que sabe a una despedida larga. —No, mi amor —pedí con la voz quebrada, sentía cómo las lágrimas comenzaban a correrme por las mejillas. Regina se adelantó unos pasos, tomó de la mano a Jaxon y lo miró fijamente a los ojos. —Vamos

