Seis meses habían pasado desde aquella noche en el bosque, seis meses desde que vi por última vez a Jaxon, desde que me sentí amada y también traicionada. Mi vida había cambiado por completo. El tiempo no se detuvo para esperar que yo sanara, simplemente avanzó, llevándome consigo como una hoja arrastrada por el viento. Y ahora estaba aquí, sentada junto a una camilla en el hospital, con mi mano aferrada a la de Henry. Las máquinas pitaban a su alrededor, constantes, inquebrantables, recordándome que cada segundo contaba. —Ya no lo intentemos más, Daph —dijo de pronto Henry, su voz estaba débil pero sonaba decidida. —Estoy destinado a morir como papá. Mi corazón se hizo trizas en un segundo. —¡No digas eso! —respondí al borde del llanto—. No puedes rendirte, Henry, yo no puedo queda

