Lecciones en el mercado

1768 Words
POV JOHANH Salimos del restaurante cuando aún estaba oscuro. El frío de la madrugada se pegaba a la piel como un maldito recordatorio de que dormir es para débiles o para ricos. Olivia iba a mi lado, con el ceño fruncido y cara de fastidio, envuelta en una chaqueta gruesa como si fuera una turista en Siberia. No se quejaba, pero su lenguaje corporal lo hacía por ella. La princesita nunca había madrugado para conseguir comida, y eso se notaba. Yo estaba de mal humor. No porque tuviera que estar ahí con ella, sino porque Niklas despertaría sin su desayuno. Joder, los niños crecen rápido, y cada momento cuenta. Pero nadie lo sabía. Olivia menos que nadie. —Vamos a conseguir las verduras primero —le dije sin mirarla—. Y tú vas a negociar. Olivia parpadeó, confundida. —¿Negociar? —Sí, princesa, negociar. Esto no es un jodido supermercado. Aquí, si no tienes huevos, te meten la verdura por donde no entra la luz. No protestó. Al menos aprendía rápido. Llegamos al mercado y el hedor a tierra húmeda, hojas podridas y sudor barato nos envolvió. Los vendedores ya estaban gritando sus ofertas como si fueran profetas del fin del mundo. Olivia se tensó al instante. —Vas a preguntar precios, pero no vas a pagar nada hasta que terminemos el recorrido. Mira, aprende, y luego lo haces tú. No le di tiempo de quejarse y me acerqué al primer puesto. Rápido, directo, sin pendejadas. El viejo que vendía tomates me reconoció y soltó su precio. —Treinta el kilo, güero. Me reí en su cara. —A mi abuela tal vez le vendas a ese precio. Dame cinco kilos a veinticinco. El viejo me miró feo, masculló algo entre dientes y terminó cediendo. Así se hacía. Olivia observaba todo con una mezcla de curiosidad y horror. Ahora le tocaba a ella. —A ver, princesa, ve por las cebollas. Quiero verte en acción. Avanzó con paso firme, pero la firmeza se le escurrió cuando el vendedor, un tipo barrigón con bigote sudoroso, le soltó una mirada de arriba abajo como si la estuviera desnudando con los ojos. —¿Qué quiere la güerita? —preguntó con voz rasposa. —Eh… cebollas —dijo Olivia con voz más aguda de lo normal—. ¿Cuánto el kilo? —Veintiocho, pero a ti te lo dejo en veintiséis, nomás porque estás bien bonita. Yo me crucé de brazos, divertido. La niña se quedó de piedra, con una mueca de asco en la cara. Pero lo mejor vino después. Mientras ella intentaba responder, el cabrón le pasó la mano "accidentalmente" por la cadera. No llegó a agarrarle las nalgas de lleno, pero la intención ahí estaba. Olivia se apartó bruscamente, roja de indignación, pero no dijo nada. Solo apretó los labios y extendió la mano con el dinero. —Nop. Así no —intervine—. Si cedes ahora, siempre te van a ver la cara. Me giré hacia el vendedor y le sonreí con esa sonrisa de hijo de puta que sé que tengo. —Oye, cabrón, si vuelves a tocar a mi gente, te meto las cebollas por el culo hasta que llores más que ellas. El tipo me miró desafiante al principio, pero luego bajó la vista y murmuró algo incomprensible. Le di una palmada en la espalda con fuerza suficiente para hacerle perder el equilibrio. —Eso pensé. Ahora, dale el kilo a veinticinco. Olivia me miró, furiosa y avergonzada a la vez. —No necesitaba que hicieras eso. —Sí lo necesitabas, porque no abriste la boca. Si no defiendes tu espacio, te lo van a pisotear. Aprende, joder. El resto del recorrido fue más o menos igual. Olivia intentaba negociar, y cada vendedor intentaba aprovecharse. Algunos con palabras, otros con miradas, y los más atrevidos con roces "accidentales". Yo me entretenía viendo hasta dónde aguantaba antes de explotar. Se notaba que estaba al borde, pero se mordía la lengua. Y eso me molestaba más de lo que debería. Cuando llegamos con mi proveedor de carne, le hice un gesto para que se quedara atrás. Esto ya no era su nivel. El carnicero era un cabrón grandote, con brazos como troncos y manos que podían partir huesos sin esfuerzo. Y tenía la boca más sucia que un baño público. Nos saludamos con un apretón de manos firme, una demostración silenciosa de que ninguno de los dos iba a ceder un carajo. —¿Qué quieres, cabrón? —preguntó con una sonrisa torcida. —La misma cantidad de siempre, pero no a tu precio de mierda. Soltó una carcajada. —Vas a pagar lo que yo diga, hijo de puta. —Voy a pagar lo justo, no por tus putos antojos. —Me cagas, Johanh. Siempre te sales con la tuya. —Porque soy más terco que tú, y lo sabes. Nos quedamos mirándonos unos segundos, en ese juego silencioso de egos que ya habíamos jugado muchas veces. Al final, el cabrón resopló y asintió con la cabeza. —Eres un chingado infeliz —gruñó—. Está bien, te lo dejo en el precio justo, pero solo porque me gusta tu jodida insistencia. —Eso pensé —dije, sonriendo. Mientras cargaban la carne, volví la vista hacia Olivia. Estaba mirándonos con el ceño fruncido, como si intentara descifrar algo que se le escapaba. —¿Qué? —le solté. —Nada… solo que… no entiendo por qué tú puedes ser así y yo no. Le di una palmada en la cabeza, despeinándola como si fuera una niña. —Porque yo aprendí a no dejar que nadie me joda. Y tú, princesa, aún tienes mucho que aprender." POV OLIVIA No podía dejar de sentir el ardor en mis mejillas mientras dejábamos atrás la carnicería. El carnicero se había rendido ante Johanh con una mezcla de fastidio y respeto, reconociéndolo como un cabrón que sabía lo que hacía. Y ahora venía la segunda parte de este martirio matutino: más proveedores. Los siguientes fueron los de frutas y verduras. Pensé que sería más sencillo, después de todo, comprar plátanos o jitomates no podía ser tan complicado. Pero lo fue. Cada puesto tenía su propia lógica, su propia forma de operar y, para mi sorpresa, su propio tipo de comerciantes desagradables. El primer tipo con el que traté era un viejo gordo y maloliente que me escaneó de arriba abajo con descaro. Apenas abrí la boca para preguntar por el precio del jitomate bola, su sonrisa se ensanchó con un asco evidente. —Para ti, reina, veinte el kilo —dijo con voz babosa. Antes de que pudiera protestar, Johanh habló, divertido. —¿Veinte? ¿A cuánto se los vendes a los demás, cabrón? No me jodas. El tipo bufó, pero no dejó de verme. —Diecisiete —admitió. Johanh chasqueó la lengua y se cruzó de brazos. —Entonces a ella le cobras dieciséis. Porque ahora ella hace las compras. El hombre soltó una carcajada burda. —¿Y si mejor me da un besito y se lo dejo en quince? —Su voz fue más baja, pero lo suficientemente fuerte para que lo escuchara. Quise fulminarlo, pero antes de que pudiera decir algo, Johanh se adelantó y le arrebató una caja de jitomates. —En dieciséis. Y no te hagas el chistoso, cabrón, que a la próxima no compro nada aquí. El tipo soltó una risita, pero no discutió más. Yo, en cambio, apreté los labios y me tragué mi indignación. Este mercado era un lugar completamente distinto a cualquier cosa que conociera, y me estaban devorando viva. Así pasamos por más puestos. Johanh me hacía preguntar por los precios, me corregía, se burlaba cuando titubeaba y, cuando algún comerciante se ponía demasiado descarado, intervenía con su tono seco e imponente. Para cuando terminamos, sentía que había pasado un día entero en ese lugar de mierda. Nos subimos al coche y apenas cerré la puerta, solté un suspiro de fastidio. Quería estirar las piernas, quitarme estos tacones idiotas y no volver jamás a este maldito mercado. Pero no, Johanh tenía otros planes. —A ver, princesa —su voz goteaba burla—, ¿quieres que te diga todo lo que hiciste mal o prefieres seguir haciéndote la lista? Le dirigí una mirada asesina. —Déjame adivinar —dije con ironía—. No soy lo suficientemente dura para negociar con estos idiotas. —No es solo eso. Pareces una maldita turista rica que nunca ha pisado un mercado en su vida. Ah, espera… —Sonrió de lado, con esa expresión que me sacaba de quicio—. Es que nunca lo habías hecho, ¿verdad? —¡No es mi culpa! —exploté, girándome hacia él en el asiento—. No tiene sentido que hagamos esto. El restaurante tiene dinero, ¿por qué mierda hay que andar regateando cada centavo? Johanh me miró con incredulidad, luego soltó una carcajada seca. —Ay, Olivia… qué bonito es tu mundo de algodón de azúcar —ironizó—. ¿Tienes idea de cuántas veces nos quieren estafar? Si aceptamos el primer precio que nos dan, en un mes estamos perdiendo miles de pesos. Me crucé de brazos, pero él no había terminado. —Y luego está tu puta vestimenta. —Señaló mis tacones con desprecio—. ¿A quién se le ocurre venir a un puto mercado vestida así? Parece que viniste a un desfile de modas en vez de a comprar verduras. —¡Perdón por no haber leído el maldito código de vestimenta del mercado! —espeté, indignada. —Y tu actitud, Olivia. Es como si estuvieras rogando que te vean como un pedazo de carne. No es suficiente con la ropa, no, además te quedas tiesa y tartamudeas cuando te hablan. ¿Cómo no te van a joder? Quería gritarle que era fácil para él decirlo, que él no tenía que lidiar con los ojos asquerosos recorriéndole el cuerpo, pero su expresión me dejó claro que no le importaban mis excusas. —Mañana, gorra, nada de maquillaje, ropa holgada y tenis —dijo tajante—. Nada de joyas, nada de perfumes caros, y quiero que te sepas de memoria la lista de precios. No salimos de ahí hasta que los consigas. —¿Por qué te importa tanto? —pregunté de golpe, notando la intensidad en su mirada. Johanh me sostuvo la mirada por unos segundos, su mandíbula se tensó, y luego sonrió de lado. —Porque en la cocina nadie es especial, Olivia. Ni siquiera tú.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD