Johanh

1994 Words
POV JOHANH El peso diminuto de un piecito cayéndome en la cara me saca del sueño con una sonrisa. Mi enano duerme como reloj, despatarrado y ajeno al mundo, ocupando cada centímetro de la cama sin importarle mi comodidad. Lo miro con ternura, su boca entreabierta, el cabello revuelto en mil direcciones. No cambiaría esto por nada. Me levanto con cuidado, apartando su pierna con suavidad para que siga durmiendo. Antes de salir de la habitación, me detengo un segundo para ver su carita tranquila. Es mi motor, mi puto universo encapsulado en un cuerpo diminuto. Bajo a la sala y comienzo mi rutina de ejercicio. Necesito sudar, sentir que mis músculos trabajan, descargar la tensión de todo lo que me atormenta. Mi mente divaga mientras hago lagartijas, sentadillas y sprints en el patio trasero. Olivia. La jodida Olivia. Solo pensar en ella me crispa los nervios y me calienta la sangre en más de un sentido. Sus ojos furiosos, su boca diciendo mil insultos mientras la imaginaba con las piernas abiertas... Me sacudo esos pensamientos de la cabeza. No es una más. No puede serlo. Termino mi sesión y me meto a la ducha. El agua helada me baja la temperatura y me deja listo para el día. Me coloco una camiseta negra ajustada, jeans cómodos y bajo a la cocina. Como lo esperaba, Niklas está en la barra con los ojos aún pesados de sueño, mientras Monica le sirve su desayuno. —Buenos días, enano— le murmuro, besando su cabecita. Su carita somnolienta se ilumina apenas y me sonríe con la boca llena. Monica me lanza una mirada divertida mientras mastica su tostada. —Te despertó con una patada otra vez, ¿verdad?— pregunta burlona. —Como siempre. El cabrón tiene puntería. Nos sentamos a desayunar en silencio. Niklas está más concentrado en su cereal que en hablar, pero yo me pierdo en él. En cómo sostiene su cucharita con esfuerzo, en la forma en que arruga la naricita cada vez que mastica. Mierda, cómo lo amo. Cuando terminamos, me tomo un momento antes de irme al restaurante. Me siento con mi enano en la alfombra de la sala y jugamos con sus carritos. Lo hago reír, lo cargo, le hago cosquillas hasta que se retuerce de la risa. Me doy cuenta de que su pijama le queda corta, le llegan las mangas a media pantorrilla. —Vamos a tener que comprarte otra pijama, enano— le digo, sonriéndole. —¿De qué la quieres esta vez?— Niklas se lleva el dedo a la boca, pensativo, antes de soltar con ilusión: —De Spiderman!— Me rio y le revuelvo el cabello. —Spiderman, entonces. Me despido de Monica y de Niklas con un beso en la cabeza de cada uno y salgo al restaurante. Al llegar, encuentro a Matt en la cocina, revisando los insumos. Me acerco y empezamos a preparar el menú del día mientras hablamos. Le cuento de Niklas y su pijama de Spiderman. —Ese niño está creciendo como maleza— dice Matt, sonriendo—Todavía me acuerdo cuando lo podías cargar con un brazo— —Lo sé. Me va a pasar de altura en cualquier momento— respondo con una risa ligera.—Y para que conste, cabrón, aun puedo cargarlo con un brazo Añado, mostrandole un bicep, de forma presumida, el ríe. Pero la paz dura poco. Justo en ese momento, entra Olivia. Viste una blusa ajustada y jeans que le quedan como segunda piel. Sus labios están pintados de rojo, y aunque trato de evitarlo, mi mente ya está en la mierda otra vez. Matt, sin embargo, ni siquiera se inmuta. Se cruza de brazos y le dice con calma: —Vas a empezar desde abajo. Nada de privilegios. Así que prepárate— Una sonrisa maliciosa se dibuja en mi rostro. Desde abajo. Ya me imagino su carita de princesita mientras lava platos, trapea pisos y pela kilos de papas. Esto va a ser divertido. —Bienvenida al infierno, princesita— murmuro con una sonrisa de lado. Olivia me fulmina con la mirada, pero no dice nada. Matt me lanza una mirada de advertencia antes de irse. Yo levanto las manos en señal de rendición, pero por dentro mi cabeza ya está en otra parte. Imagino su cuerpo desnudo, la forma en que se vería retorciéndose debajo de mí, sus gemidos, sus malditos insultos transformados en jadeos. La quiero follar, joder, la quiero follar duro. La imagen se clava en mi cabeza como un maldito pecado, pero sacudo la idea de inmediato. Es la hermana de Matt. No puedo cagarla así. Respiro hondo y me repito a mí mismo: No. No vale la pena. No esta vez. Pero la tensión ya está en el aire, y sé que esta guerra apenas empieza. POV OLIVIA Desde el momento en que puse un pie en la cocina del restaurante, supe que mi existencia se iba a convertir en un puto infierno. No por el calor sofocante de los fogones ni por el ruido constante de platos y ollas golpeándose unos con otros. No. Mi infierno tenía nombre y apellido: Johanh. Ese cabrón sádico y condescendiente que parecía encontrar un placer perverso en hacerme sufrir. —Buenos días, princesa —fue lo primero que me soltó con su sonrisa de mierda apenas crucé la puerta—. Espero que hayas dormido bien, porque hoy vas a sudar como nunca en tu vida. Sabía que esto no iba a ser fácil. Sabía que Matt quería que me "ganara" mi lugar, pero jamás imaginé que empezaría desde lo más bajo, como si fuera una maldita esclava. No pasaron ni cinco minutos antes de que Johanh me lanzara un delantal y me indicara mi primer castigo. —A lavar trastes, realeza —dijo con sorna, señalando una montaña de platos sucios que parecía más alta que yo—. Y que brillen, ¿eh? No quiero ver ni un rastro de grasa. Intenté ignorarlo. Me arremangué y metí las manos en el agua caliente, sintiendo cómo la grasa pegajosa se adhería a mis dedos. Cada plato que restregaba era una humillación más. No pasaron ni quince minutos cuando Johanh se apoyó en la barra, observándome con una ceja arqueada. —Vaya, princesa, ¿nunca habías lavado un plato en tu vida? —se burló—. Tal vez pensaste que aquí solo necesitabas abrir las piernas para ascender, pero no, chiquita, aquí se trabaja. Lo fulminé con la mirada, pero él solo se rió, disfrutando cada segundo de mi sufrimiento. No era suficiente con lavarlos, tenía que secarlos y acomodarlos en su lugar. Cuando pensaba que al fin podría tomarme un respiro, me lanzó una bolsa llena de papas. —Pélalas todas —ordenó—. Y si dejas un pedazo de cáscara, te haré repetirlo. Pasé la siguiente hora en una esquina de la cocina, pelando papas como si mi vida dependiera de ello. La piel seca y áspera se adhería a mis manos y el cuchillo resbalaba con el sudor. No tardé en cortarme un dedo. —Ay, pobre princesa —se mofó Johanh, sin la menor pizca de compasión—. ¿Te duele? Tal vez prefieras volver a tu torre de marfil y jugar a la empresaria con Matt, ¿no? —Vete a la mierda —gruñí, apretando los dientes para no gritar del dolor. —Oh, qué ruda. Me encanta cuando te pones así —respondió con una sonrisa ladina—. Pero no hay tiempo para tus berrinches. Ahora, a trapear. Me arrojó un trapeador y un balde de agua sucia. Sentí que me hervía la sangre. ¿Trapeando el piso de la cocina? ¿En serio? Pero sabía que si me negaba, Matt diría que no estaba lista para el negocio. Así que me mordí la lengua y comencé a limpiar. Cada paso que daba, sentía los ojos de Johanh clavados en mi espalda. —Mmm, bonita vista —soltó de pronto, con su tono descarado. —Muérete, imbécil —mascullé sin dejar de mover el trapeador. —Oh, princesa, si sigues hablando así me voy a emocionar —contestó con una risa baja. Pasé el resto del día alternando entre limpiar, cargar cajas de verduras y lavar más platos. Y cuando pensé que ya había tocado fondo, Johanh me llevó a la parte trasera y señaló el baño. —Hora de limpiar la pocilga —dijo con una sonrisa burlona. —No. Ni de broma —solté con furia—. No voy a limpiar baños. —Entonces puedes largarte —respondió encogiéndose de hombros—. Avísale a Matt que renunciaste el primer día. Quise golpearlo. Quise arrancarle esa sonrisa de un puñetazo. Pero en lugar de eso, agarré un par de guantes y me metí en la asquerosa pesadilla que era ese baño. Entre el olor a orina, las manchas de quién sabe qué y el maldito imbécil de Johanh asomando la cabeza de vez en cuando para soltar algún comentario sarcástico, sentí que estaba perdiendo la cordura. Cuando finalmente salí, con la cara roja de rabia y el cuerpo cubierto de sudor, me topé con uno de los ayudantes de cocina, un chico amable que me ofreció un vaso de agua y una toalla. —Toma, Olivia, debes estar agotada. —Qué conmovedor —la voz de Johanh interrumpió la escena—. ¿Quieres ayudarla? Perfecto. Ahora vete a limpiar el almacén. Y hazlo bien o dormirás ahí. El chico abrió la boca para protestar, pero Johanh ya le estaba lanzando una escoba. Me quedé boquiabierta. ¿En serio había castigado a alguien solo por intentar ayudarme? Ese cabrón no tenía corazón. —Aquí nadie ayuda a la princesa —dijo con una sonrisa cruel—. Si quieres sobrevivir en mi cocina, lo harás sola. El día transcurrió con más humillaciones, más burlas y más trabajo sucio. Pero lo peor de todo fue la cebolla. Después de horas de limpiar, pelar, cargar y trapear, Johanh me puso frente a una montaña de cebollas y me ordenó que las picara. —¿Qué esperas, princesa? —se burló—. ¿O quieres que alguien lo haga por ti? Ah, cierto. Nadie puede ayudarte. Tomé un cuchillo con la mandíbula apretada y comencé a cortar. No pasó ni un minuto antes de que mis ojos comenzaran a arder como el infierno. Las lágrimas brotaban sin control y la visión se me nublaba. —Vaya, nunca pensé que te vería llorar tan rápido —dijo Johanh con fingida sorpresa—. ¿O será que esto te trae recuerdos de alguna otra vez que te hice llorar? Me quedé helada. No. No podía estar hablando de aquella noche, ¿verdad? Pero cuando alcé la vista, vi en sus ojos la misma burla de siempre. No tenía idea. No me recordaba. —Eres un imbécil —espeté, con el rostro ardiendo. —Y tú una princesa malcriada —replicó él con esa sonrisa de mierda—. Pero al menos ahora estás aprendiendo lo que es el trabajo duro. Me daban ganas de arrojarle el cuchillo, pero en lugar de eso, seguí picando cebollas con furia. Con cada lágrima que caía por mi rostro, juraba que iba a encontrar la manera de hacerle pagar. Cuando finalmente terminó mi turno, estaba exhausta, apestando a comida y con los músculos adoloridos. Y lo peor de todo era que ese cabrón había ganado. Había disfrutado cada segundo de mi miseria. Pero si pensaba que me iba a rendir, estaba jodidamente equivocado. —Nos vemos mañana, princesa —me dijo al salir, con esa sonrisa burlona—. Trata de no soñar con cebollas. Lo odiaba. Lo odiaba con cada fibra de mi ser. Pero más que nada, odiaba el hecho de que, a pesar de todo, todavía me excitaba la idea de hacerlo sufrir tanto como él a mi
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