VIDA 1 [Parte 4]

1519 Words
Airam se removió entre unas sábanas desconocidas, y sintió el cuerpo adolorido. Abrió los ojos para encontrarse en una cama que no era la suya y descubrir que se encontraba completamente desnuda. Una sensación calurosa recorrió su cuerpo, sintiendo cómo la sangre se le agolpaba en las mejillas y orejas que, justo en ese momento, subían de temperatura y, seguramente, cambiaban de color a uno rojizo. «¿Qué fue eso?» Se preguntó, y supuso que ese era el placer del que tanto hablaron sus amigas.  —Buenos días —fueron las palabras en la voz de su amo las que la sacaron de sus pensamientos. —Se... Señor Gamaliel —trastabilló completamente nerviosa, fallando en el intento de incorporarse. El pelirrojo sonrió. —Fue fantástico lo que pasó, y también estoy algo cansado; pero el día sigue, León te espera en la biblioteca —informó Gamaliel, logrando que la chica se relajara. Airam asintió y, con demasiada vergüenza, se vistió ante la mirada escudriñante del que sonreía ampliamente. » Sabes —dijo y garraspó el hombre que comenzaba a sentir el deseo de recorrer su cuerpo, amarrándose a la cintura de la chica, mientras le quitaba las prendas que ya se había puesto—… León puede esperar —dijo besando su cuello por la espalda—. Vamos a la ducha —ordenó jalándola de una mano al cuarto de baño, donde la historia antes contada se repitiera. Y se repitió una y otra vez, al punto que hubo veces en que Gamaliel le permitía a ella llevar las riendas o marcar el ritmo. Ella se convirtió en una experta en darle placer, y verla disfrutarlo le complacía enormemente. A partir de ese primer encuentro s****l, muchas cosas cambiaron, pero solo para ella y el pelirrojo que amaba tenerla entre sus brazos. Ella estaba mucho más segura de sí misma, al punto de llegar a amar todos esos atributos que la hacían la preferida de su señor. Algo muy obvio, después de Airam, Gamaliel no se volvió a llevar a ninguna otra mujer a la cama. Y, aunque frente a todo el mundo ellos solo eran amo y sirviente, dentro de las cuatro paredes que atestiguaban sus entregas, su relación de intimidad rayaba un poco en la amistad. Airam confiaba completamente en Gamaliel, y él la adoraba. El hombre disfrutaba verla caminar por los pasillos de su casa, de alguna manera se había convertido en más que la sirvienta de ese lugar, pues, debido a sus muchos conocimientos y habilidades, era como la tutora de León, que la adoraba demasiado. Viviendo bajo el mismo techo, pues desde un inicio la joven se instauró en las habitaciones de servicio de la casa, eran pocos los momentos en que no la veía ese hombre, o no la escuchaba, pues ella, a pesar de que en un inicio se movía cautelosa y asustada, con el paso del tiempo ganó la confianza de caminar con la cabeza alta, permitiendo a los demás disfrutar de su elegancia. Airam no era una joven común, todos lo pudieron ver, así que nadie se explicaba cómo era que había terminado como la esclava de la casa Uzel, y, mucho menos se explicaba Gamaliel cómo era que había sido tan maltratada. Lo único que el hombre podía imaginar era el alcance del daño que ella había recibido, pues la manera en que la había conocido, todas esas marcas de heridas y moretones, y sin contar el terror que se imprimió en su cara antes de que él la poseyera por primera vez, eran clara evidencia de que había sido usada para que el otro se desquitara con ella. Le parecía un poco delicado deducirlo así, pero no había duda alguna si recordaba la forma en que la había rescatado y el reporte del médico que la había atendido, es decir, Salomo Uzel tenía fama de tener mal carácter, pero no de ser violento, así que había piezas en ese rompecabezas que no terminaban de encajar. No quería enamorarse de alguien cuyo trasfondo no conocía, sobre todo por las condiciones en que se encontraban en ese momento. No era común que un señor se relacionara con una sirvienta, mucho menos si tenía antecedentes como esclava, a menos que fuera solo para desfogar. Pero a ella la quería para mucho más, la quería para pasar el resto de su vida a su lado y el resto de sus noches en su cama. Estaba loco, y muy obsesionado con aquella chica que tanto le atraía, pero no podía solo tirarse a hacer lo que se le antojaba e ignorar las habladurías de la gente y asumir las consecuencias de ello. De por sí, y sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, ya se había ganado la fama de blando y protector de los esclavos, pues había ayudado a muchos a salir del maltrato; con ella no había sido diferente, la había ayudado porque se le notaba que necesitaba ayuda, pero las cosas estaban avanzando rápido entre ellos, y eso le estaba enloqueciendo. Necesitaba saber con urgencia quien era ella, para decidir qué hacer con ese sentimiento que nacía en su corazón. Fue por eso que, cierta mañana, en que ella despertaba amarrada al cuerpo del chico por las manos de uno que le miraba sonriente, ella debió dar algunas explicaciones que le dolió tener que dar. Su primera reacción, al descubrir que ambos estaban despiertos, fue dejar la cama, para iniciar sus actividades diarias, pero esa no era la intención del pelirrojo, y se la hizo saber evitando que saliera de la cama al abrazarla por la cintura y aferrarse con fuerza al cuerpo de esa joven. —Quédate conmigo —ordenó el hombre para luego dejar un par de besos en la espalda de la que había retozado entre sus brazos toda la noche anterior—. Hoy no trabajo, así que tus labores del día son quedarte en esta cama conmigo por todas las horas que yo quiera. Airam sonrió en respuesta de la sonrisa del hombre que le miraba, y la trataba, como si la cosa más preciosa fuera. —El amo manda —accedió la chica feliz, dejándose abrazar aún más por ese que la tenía completamente a su merced, por acuerdo mutuo. La chica suspiró entre los brazos del hombre que la pegaba a su pecho, y miró a la nada mientras se establecía un agradable silencio que el pelirrojo rompió. —¿En qué piensas, princesa? —preguntó Gamaliel provocando que el ceño de la chica se frunciera. —Hace mucho tiempo nadie me llamaba princesa —dijo lacónica la mujer. —¿Quién te decía princesa? —preguntó el hombre un poco molesto de no no haber sido el primero esa vez. —Mi papá —respondió la cuestionada—… y todo el reino —señaló, reglándole una sonrisa algo difícil de descifrar. —¿Eres una princesa? —cuestionó Gamaliel a la chica en su cama, con demasiada sorpresa y algo de incredulidad. —Si... no —titubeó ella—… bueno, al menos lo fui hasta antes de que Salomo me sacara del palacio y la provincia que gobierna mi padre y me convirtiera en la basura que rescataste de sus manos… Ahora soy tu esclava. Airam bajó la mirada, intentando ocultar sus lágrimas. La historia que había recordado era una que le dolía todo el tiempo, mucho más cuando debía ponerla en palabras. —¿Tu papá te vendió? —cuestionó Gamaliel sorprendido. —¡No! —aseguró la chica con mucho ímpetu—. Él jamás haría algo como eso, de hecho, hace poco supe que sigue buscándome. —¿Y por qué no lo buscas? Si él es un rey puede recuperarte fácilmente. —¿Crees que quiera de princesa a una esclava que fue mancillada por tantos hombres como dedos en sus manos? Yo no lo creo. —Pero es tú papá. —Pero las cosas no funcionan así, lo sé y lo sabes. La melancolía envolvía el rostro de la chica y Gamaliel debió reprimir todas las emociones que le estaban volviendo loco. No podía conjeturar nada aún, pero había muchas cosas pasando por su cabeza, y unas cuantas estaban arreglándose luego de eso si se dejaba llevar. Pero no podía hacerlo, por eso decidió respirar profundo y pensarlo cuando todo en su corazón y cabeza estuviera menos alborotado. —Wow —exclamó Gamaliel y suspiró aun incrédulo—... me acosté con una princesa —dijo haciendo reír a una que, momentos antes, estuviese a punto de llorar inconteniblemente. —Dije que ya no soy princesa —inquirió la chica permitiendo que el tono burlón que uso el hombre espantara su melancolía—... Ahora soy tu esclava —le recordó rosando sus labios con los de él. —¿Quieres contarme la historia? —preguntó él, pero ella negó con la cabeza—. Pero quiero escucharla —insistió el amo y a Airam no le quedó más que contar, pues tal como lo había dicho, era el amo quien mandaba. 
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