El que me tiró se levantó aprovechando mi estado de shock, chasqueó los dedos y su séquito fue a por mí. Me sujetaron 3 hombres no muy gentiles de pies y manos como si uno no hubiese bastado.
—Llevárosla al fondo, nos organizamos y le hacemos las preguntas luego.
Mi cabeza rodaba por mis hombros y mis ojos tardaban más de lo normal en enfocar o divisar cualquier cosa que estuviese ante mí. Era una muñeca maleable que no podía escapar de ellos. Dos hombres fuertes habían atrapado mis brazos y tapado mi boca para no poder hacer otra cosa que emitir quejidos que de inmediato fueron ahogados por los gritos que había escuchado la vez anterior.
—María, tranquila— dijo uno de los que me sujetaban, a la chica que chillaba retorciéndose en el suelo.
—¡Cómo coño quieres que esté tranquila! Llevadme ya a la base— volvió a gritar agonizada.
—No ha llegado el coche, la tenemos, que es lo importante.— volvió a pronunciar el hombre refiriéndose a mí a la vez que me inyectaba algo azulado en el brazo.
Podía sentir como ardía en mis venas y se esparcía poco a poco por mí cuerpo.
Todo parecía un sueño, algo inexistente. Tan pronto como empezaba una conversación terminaba otra en palabras vacías fuera de mi percepción. Podía sentir como me agitaban y me movían al son de ellos para entrar en un vehículo. El blanco y el n***o se alternaban en mi cabeza dependiendo de si podía abrir o no los ojos. Al oír el eco de las voces aumentar y un motor aproximándose, mi vistas permanecieron oscuras durante todo el viaje en el vehículo.
Luz.
¿Dónde estaba y por qué llevaba un saco en la cabeza? Estaba en un lugar extranjero a lo que estaba acostumbrada y parecía lista para espantar pájaros.
—¿Estáis seguros de que es ella?— Preguntó un hombre. Reconocía su voz, era el mismo que me había placado.
— Sí Jefe— contestó alguien desconocido.
¿Jefe? Mierda.
—Dejadme a solas con ella, si no salgo en 5 minutos, buscadme— volvió a ordenar.
Algunos abandonaron la habitación y cerraron la puerta silenciosamente. Por otro lado, unos pasos decisivos y sonoros se acercaron de forma despaciosa para que el dueño de estos movimientos me retirase la bolsa de la cara dejándome ver dónde me encontraba.
La respuesta más completa a esta pregunta sería en un sótano lúgubre y tenebroso, delante del ser más exquisito que había tenido el honor de ver en mi vida. Su piel morena resaltaba bajo la luz de la habitación que también dejaba ver, que bajo su ropa, era fornudo. Sus ojos enfurecidos penetraban los míos que acompañada de su bella mandíbula apretada expresaba el inexplicable odio que sentía por mí.
—¿Para quién trabajas?— escupió casi de inmediato apoyando una mano en la silla en la que me habían colocado.
—Para... para nadie ,me despidieron hace un mes de Giorgio's si es a lo que se refiere—dije nerviosa pensando en que quizás no era lo que él estaba buscando. Tampoco quería que pensara que le estaba tomando el pelo
— Sabemos que fuiste tú—enfatizó—esa casa...
— ¿Sabéis lo que fue? Si buscas a alguien en específico tienes a la persona equivocada— pregunté sobresaltada, no podía estar hablando de cómo se apagó el fuego.
—Soy yo el que hace las preguntas, bonita... Y tenemos a la persona correcta.
Era admirable la voz de serie policiaca que había puesto al decir tal frase, podía poner a cualquier persona nerviosa pero yo no me iba a quedar callada mientras preguntaba cosas de las que no tenía ni idea. Estaba más interesada en saber qué iría hacer cuando se diera cuenta de que interrogarme era inútil.
—Y soy yo quien no sabe responderlas ¿Qué vais a hacer conmigo? ¿Matarme o venderme como esclava? —pregunté ya centrándome en lo que debía. Estaba en peligro y ese hombre podría ser un criminal o aún peor, un asesino en serie que había planeado que yo fuese su próxima víctima.
—¿No vas a luchar? solo estás atada con cuerda y podrías intentar matarme.
Sin duda estaba loco, debía buscar alguna manera de librarme de él.
—Por favor no sé de qué me hablas. Déjame irme, prometo no decirle a nadie que unos psicópatas me han abducido si me libera—dije sin pensar que no debería haber llamado así.
—Deja de hacerte la tonta, tus juegos para despistar no van a funcionar contra mí. ¿Quiénes son tus compañeros?
—Volvía a casa sola—juré con cierta desesperación en mis palabras.
—Te abandonaron cuando llegamos pues.
—No tengo compañeros que no sean los de clase—respondí. No era posible que hablara de ellos.
El hombre parecía analizar cualquier movimiento muscular de mi cara o cualquier brillo diferente en mi mirada. Suspiró, creo que por cansancio de no poder sonsacarme nada útil.
—¿Te sueles burlar así de la gente?—gruñó no contentado con mi respuesta.
—De verdad, sé que te puede parecer raro tras todo esto, pero sinceramente no se de qué hablas.
—¿Eres de la imposición ? ¿O acaso eres una espía de la institución?—inquirió agarrándome el pelo con fuerza y echándome la cabeza hacia atrás.
—No sé que es eso— lloriqueé tensando mis músculos.
—¡No me obligues a torturarte!—gritó soltándome bruscamente y dirigiéndose hacia la puerta.
—Por favor, no le miento.
—¿Por qué no me atacas?—dijo con un aire más frío y enfadado mientras se volvía a dirigir a mí. Había un pequeño brillo de locura en sus ojos.
—Estoy atada— pronuncié nerviosa para después tragar saliva.
—Venga atácame—ordenó haciendo grandes movimientos con sus brazos.
—No me puedo mover.
—Atácame, muéstrame de lo que eres capaz.
—Pero...
—¡Ataca!—gritó pegando su frente contra la mía sin dejar de mirarme intensamente a los ojos.
No pude más, esos gritos me recordaban al borracho de mi novio. No entendía nada, me habían abducido y encima me faltaba el respeto de tal manera. Mis ojos no podían aguantar el cúmulo de lágrimas y empecé a sollozar como no lo había hecho en meses.
—¡Maldita sea!—dijo llevándose las manos a la cabeza. Se alejó un poco como si fuera a rodearme. Sin embargo se fue.
Quedé sola en la habitación escuchando los bramidos de una conversación fuera de la sala. Parecía que había empezado a tirar cosas al suelo y a gritar a sus compañeros. Era un monstruo, un hombre horrible que me había encerrado así sin más. ¿Cómo esperaba que le atacase si me habían atado a una silla para su inútil interrogatorio?
Entonces me di cuenta de que no era una cuerda cualquiera la que me amarraba, tenía un aparato conectado que emitía un leve zumbido que aumentaba o disminuía según lo que sentía. Lo sabía porque contra más se me pasaba la pena más callaba, hasta quedarse en silencio.
El monstruo volvió a entrar de golpe, esta vez acompañado por la chica que había estado agonizando. Esta, parecía estar más que normal y seguía sus pasos acelerados a la perfección.
—Hazlo—ordenó el hombre.
—Aparece que es una elemental Damián—dijo mientras analizaba el aparatito del que me había percatado anteriormente—Te está mintiendo.
¿Qué?
—Muy bien chica—dijo Damián apretando su respirar—¿Ana verdad? parece que vamos a tener que ir a malas.
—¿Cómo sabes mi nombre?—dije seria, no se lo había dicho y no me pintaba bien que lo supiera.
—Sabemos muchas cosas de ti pequeña—prosiguió la mujer—Dónde vives, que quieres hacer con tu vida...
—Y sabemos lo mucho que quieres a tu padre—interrumpió el joven hombre haciendo mucho hincapié en las últimas palabras—siempre podemos hacerle una visita.
Oh no, eso no. Se podían meter conmigo, gritarme, torturarme físicamente o incluso matarme si lo deseaban, pero a mi padre no lo tocaba nadie. Podía captar cómo la ira crecía en mí y sentí un inmenso calor llegar a mis mejillas. La máquina empezó a pitar fuertemente y cada vez con intervalos más cortos.
—Aléjate María—dijo patidifuso observando la máquina—Algo va mal.
—Esto no puede pasar con los de Agua—respondió María empujándole hacia atrás junto a ella—No es normal.
Mis músculos apretaban contra las cuerdas y parecía que proyectaba humo de mi cuerpo. Sin embargo, es lo que realmente estaba pasando y los dos no se estaban perdiendo ni un minuto de ello. Mis ojos enrabiados habían cambiado de color, ahora mi iris era de un color anaranjado fuerte, casi rojo imitando a la lava. No veía el cambio pero lo sentía, por otro lado, ellos si lo veían. Empecé a jadear asustada y dejó de pitar la máquina.
—Es imposible, juraría que fue ella—dijo María acercándose a mi para examinarme.
—Explícame esto— dijo algo asustado sin moverse de dónde estaba—No puede serlo, tenemos una base de datos con todos.
—Lo es, es una elemental de fuego.