Lo quiero todo

4227 Words
KASANDRA. —Leo, ¿quién es? —pregunté asomándome. Lo vi parado, sin habla. Me acerqué y vi quien se encontraba al otro lado de la puerta. Allí estaban Scarlett y Liam, ¿qué hacían allí? ¿Liam se lo habría dicho? ¿y por qué Leo se había quedado blanco como si hubiese visto un fantasma? —Hola—les saludé. —¿Qué hacéis por Liverpool? —Nosotros...—comenzó Liam. —¿Qué es eso de que Liam y tú estuvisteis juntos? —preguntó Scarlett recuperando la compostura. —Scarlett, fue hace muchísimo tiempo. Te lo ha contado Liam, eso está bien. —No está bien—respondió. ¿Cuál era el problema? — Me ha dicho que sigue enamorado de ti. — Liam no sabe lo que quiere—respondí. —Siempre ha sido así. —¿Sabes que él la vio sin camiseta? —le preguntó a Leo. ¿Pero de qué iba? —Sí—respondió él. —Ella no ha hecho nada malo, si es lo que insinúas. Si tienes problemas con tu prometido es tu problema. —Ella es mi amiga y mi dama de honor—contestó ella. —Es una... —Por eso dejo de serlo y no voy a ir a tu boda—respondí yo. —Estoy cansada de este drama que te has querido montar, porque entre él y yo no hay nada, y no lo habrá. Scarlett se giró y se fue alejando, Liam se quedó y suspiré cansada. Me miró y lo miré con indiferencia, él había tomado su decisión hacía mucho tiempo, y yo tomé las mías, ahora sólo éramos dos desconocidos. Cerré la puerta y Leo me miró. —Te acuerdas que te conté que vino una mujer a pedirme que le vendiera la empresa de mi padre—me dijo. —Sí. —Es ella—respondió todavía flipando. Lo miré entendiendo lo que pasaba, mi prima llegó y el ambiente volvió a cambiar. Nos pidió detalles de cómo nos conocimos, si yo tenía alguna manía rara. Escuchó como si le estuviésemos contando la historia de amor más épica del mundo, mi tía nos miraba con los ojos húmedos de la emoción. Nuestra primera cita se hizo de rogar, nos encontrábamos casi siempre en la cafetería y nos sentábamos juntos. Uno de esos días ya tenía claro que le pediría una cita, él no lo había hecho, podría hacerlo yo. ¿A dónde lo llevaría? Llegó como siempre, lleno de papeles guardados en un archivador. Le fui a saludar, pero se adelantó. —¿Querrías venir conmigo mañana a... a una cita? —preguntó cortado. Sonreí. —Sí. ¿Dónde? —Estate preparada a las cuatro de la tarde. ¿Quieres que te recoja en tu casa? —Vale—respondí sonriente. —Vale. Bueno adiós—se despidió. Iba todo recto, parecía que le habían metido un palo por el culo, iba a reírme, pero menos mal que no lo hice. Se volvió y vino hacia donde estaba. —¿Cuál es tu dirección? —comencé a reírme. —Esta—dije y saqué un rotulador. —Lo voy a hacer así que me hace ilusión. —le apunté mi dirección en el brazo. Me sonrió y se fue. Que raro era que un hombre tan guapo no supiera pedir una cita. Al día siguiente me desperté tempranísimo, con nervios y sin saber qué ponerme. Llamé a Paola, se acercó a mi piso y me dio opciones, aunque al final descarté todas. Fui a la playa a surfear para soltar tensión y funcionó. Al final me decidí por un peto corto y una camisa bonita blanca de flores, llevaría el pelo suelto, con una goma por si acaso, un bolso cruzado y unas sandalias. Leo llegó a su hora, yo salí de casa sonriente, aunque un poco nerviosa. La cita no era precisamente romántica, pero nos lo pasamos como dos enanos. Fuimos a comernos unos helados a una heladería en el paseo marítimo, estuvimos hablando de todo. Casi nos atropella un ciclista que iba algo distraído e hizo que Leo me tirara su helado encima. Me reí muchísimo a pesar de que mi peto estuviera sucio y lo limpié con pañuelos y servilletas húmedas. —Lo siento—me repetía una y otra vez Leo. —No pasa nada—le respondía. —Vamos a algún lado y le doy agua. El peto es vaquero, se secará rápido. Fuimos a un bar cercano y me metí en el baño, después de esto la cita solo podía ir escalando posiciones. Cuando llegué Leo me había pedido una cerveza y le sonreí. —¿Lo conseguiste quitar? —Sí. Está todavía mojado—respondí tocando la parte de arriba del peto. Me había quitado un tirante para que no se notase. —Lo... —No lo repitas más—me apresuré a decir. —Invítame a cervezas, esa será tu deuda. El bar era curioso, muy americano. En el centro había un toro mecánico, en el que la gente se montaba para cabalgar. Siempre había querido probarlo... —¿Quieres probar? —preguntó Leo. —¿El qué? —pregunté haciéndome la nueva. —El toro mecánico. —Mm... si—respondí tímida. —Pues vamos, yo también. Divertidos fuimos hacia donde se pedía los tickets para poder probarlo. Hicimos una apuesta, quien ganara llevaría un sombrero vaquero y se haría todo lo que quisiera durante el resto de la cita. Primero fue él, la verdad es que tardó en caerse, yo me bebí el resto de la cerveza y me subí. La adrenalina que sentí fue inexplicable, aunque a pesar de que él ganase, me hubiese vuelto a montar. —Vaquero, me has ganado—dije cuando me encontré con él. Él se rio. —¿Ahora hay que hacer todo lo que diga? —Sí—respondí afirmando a la cabeza. —¿Me responderás a todo lo que te pregunte? —preguntó. —Eso depende—contesté dándole un sorbo a mi cerveza. —¿Cuál es tu sitio favorito de aquí? —La playa—respondí. Me cogió del brazo y tiró hacia fuera del local, ¿a dónde íbamos? Estábamos en el paseo marítimo, todo estaba iluminado. A Leo se le deshizo la coleta y maldijo al sombrero. Me lo puso y vi su pelo largo como le caía por la cara, ¿podía ser todavía más guapo? Se volvió a hacer el moño y me pilló mirándolo. —¿Qué pasa? —preguntó. —Nada—respondí haciéndome la que no tenía idea. —Está precioso el paseo Le sonreí y me devolvió la sonrisa, después me abrazó. Leo es tan grande, le olí, que olor tan masculino, tan... me estaba poniendo hasta tonta y todo. Habíamos hablado de música, de cómo veíamos las relaciones. Me sorprendió el que respetase tanto la libertad del otro... y a la vez que fuera tan correcto para otras cosas, y que tuviera tanto sentido común. Me obligué a separarme de él. —¿A dónde vamos? —pregunté. —A la playa—respondió con una sonrisa, se la devolví. Saltó a la arena y yo me quité las sandalias para notar la arena. —¿Qué haces? —Quitarme las sandalias. La arena está fresca a la noche. Quítate los zapatos, así lo notarás—respondí. Me hizo caso. —Pues sí—contestó cerrando los ojos. Sonreí y me fui corriendo. Leo abrió los ojos, pero yo ya me encontraba cerca de la orilla. Corrió hacia mí y yo me giré, estuvimos caminando en silencio, oyendo el mar de fondo y los ruidos del paseo marítimo. Nos sentamos en la orilla, me apoyé en él y cogí aire. ¿Se podía estar mejor que ahora? —Esto es vida—le dije mirándolo. —Lo es—respondió. Nos miramos durante un rato largo, estaba tan a gusto con él... Parecía que todo lo que me había ocurrido con Liam se borraba cuando estaba con él, empezando de cero. Me vi tímida, aunque a él también. Acercó su cara a la mía, pidiendo permiso para besarme, se lo di y nos besamos en la playa. Él se inclinaba hacia mí y yo hacia él intentando colocarnos, para estar en la mejor posición para... besarnos y meternos mano. La regla de la primera cita... esa de no te acuestes con un chico en la primera cita, nos la saltamos. No porque tuviésemos sexo, si no que dormimos juntos después de besarnos como adolescentes. LEO. Estuvimos un par de días en Liverpool mientras visitábamos las partes más emblemáticas conocidas por los Beatles. Kasandra solía estar inmersa en tiendas de discos, y saludábamos a sus antiguos compañeros de clase. Nos encontramos incluso a su novio del instituto, él se dio cuenta enseguida de su presencia. Kasandra es preciosa, para no darse cuenta, y encima con esa presencia que hacía que no te dejaba indiferente. —¿Kasandra? —preguntó él. —¿Nick? —respondió ella. Los dos se fundieron en un abrazo que duró por la parte de él algo más de lo debido. Se preguntaron qué había sido de su vida en aquellos años. La vida de Nick no era del todo glamurosa como la de Scarlett, y entendí lo que vio en él. Nick eran de esos chicos bohemios que le importaba más sus ideales que lo que podría tener, también le gustaba la buena música y no era feo, resultaba objetivamente atractivo. En esos momentos Nick tenía una tienda de discos antiguos a la que nos invitó, yo todavía no tenía claro si ir o no, pero Kasandra eligió por los dos, fuimos. —¿Desde cuándo salís? —preguntó él. Yo sabía que detrás iba una intención oculta. —Unos cinco años—respondió ella y me agarró el brazo, luego me miró y sonrió. —Pues es bastante tiempo—contestó él. —No lo suficiente—siguió Kasandra. Tenía ganas de besarla, pero me contuve. La tienda de discos era preciosa, los dos nos perdimos en ella, veíamos algún disco y se lo enseñábamos al otro. Compramos bastantes para llevárnoslos a California, paseamos por los sitios a los que ella iba cuando vivía allí y decidimos ir al día siguiente a Londres para que yo pudiese visitarlo. Una vez en el tren con destino a Londres estuvimos oyendo música mientras cada uno leía un libro. Había conocido a su tía, había visitado la tumba de sus padres y había conocido a sus amigos, e incluso a dos ex. Me acordé de cuándo ella conoció a mis padres y me reí, fue bastante divertido. Acabábamos de mudarnos juntos y yo les había dicho a mis padres que me había ido a vivir con una chica. Mi padre me había preguntado que tal me iba y yo con toda naturalidad se lo había contado. Kasandra se había ido una semana a Nueva York por trabajo y había vuelto dos semanas después. Por aquella época, aunque todavía duraba la situación, cuando nos separábamos durante mucho tiempo, al volver nos teníamos muchas ganas. Kasandra como cada tarde iba a surfear y después volvía. Yo ese día no había bajado a la playa si no que me había quedado en casa porque había tenido reunión con los demás profesores. Cuando la vi sonreí y ella me devolvió la sonrisa, sabíamos lo que significaba. Me acerqué por detrás mientras ella sacaba zumo de la nevera y la envolví entre mis brazos. Le dio un sorbo y se giró hacia mí, le planté un beso aunque ella seguía con el bikini, ese beso me supo a naranjas. Me quité la camiseta que llevaba y ella se rio, me quitó la coleta del moño y me quedé con el pelo suelto. Me abrazó y lamió uno de mis pectorales, luego el otro, yo no pude más y la subí a horcajadas, estaba muy excitado. Ella metió su cabeza en mi cuello y resopló excitada. Kasandra sabía ponerme a cien, no dejaba de besarme y sólo nos separábamos para respirar, yo estaba a punto y le hice una señal y ella negó con la cabeza. En la cama se sentó sobre mí y le quité la parte de arriba del bikini, le lamí, le pellizqué y soplé cada uno de sus pezones. Ella no paraba de estrecharme para sí, la vi como bajaba una mano hacia el sur de su cuerpo, no me molestó. Nos lamimos un buen rato hasta que la penetré, yo llegué antes al orgasmo, y la ayudé a que ella también llegase. Seguimos en la cama besándonos, restregándonos, no podía dejar de pensar que hacía muchísimo que no la tenía entre mis brazos. Ella parecía que estaba igual, comencé a embestirla de nuevo, al principio de forma lenta y luego rápida, ella se corrió antes que yo. A pesar de llevar un año juntos nos gustaba seguir explorando para conocer lo que nos apetecía a cada uno. Le agarré las manos hacia arriba, quedando expuesta a mí y al mundo y me excitó mucho, pero no solo a mí si no a ella también, volvía a estar húmeda y le sople en el ombligo a lo que recibí un gritito de placer por su parte. Proseguí lamiendo esa parte, decidí subir hasta sus pechos, ella volvió a gritar y a retorcerse de placer y después bajé hacia su monte de venus que me recibió mojado. —Date prisa—me exigió. Con la lengua fui jugando hasta que decidí que era el momento de penetrarla. Kasandra ahí tuvo varios orgasmos a la vez, descubrió que era multiorgásmica. Por mi parte recibí una felación que me llevó al último de los cielos. Nos quedamos dormidos de puro agotamiento, oliendo a semen y sexo. Kasandra siempre me decía que yo era muy generoso en el sexo y yo pensaba lo mismo de ella. Calculo que nos dormimos aproximadamente a las cuatro de la mañana y a las nueve llamaron a la puerta. —¿Quién es? —preguntó ella enredada entre las sábanas. —No lo sé—respondí. —Ve tú a abrir. —No quiero—contestó. —Ve tú por favor, será el periódico o vete a saber qué. —Vale—dijo, se puso mi camiseta y se fue hacia la puerta. Oí como se daba golpes por el salón, estaba media dormida, con el pelo revuelto y algo sucio por la maratón de sexo e iba sin braguitas. Me gustó la imagen, después podríamos continuar. —Hola, ¿Quiénes son? —Hola, somos...—sabía de quién era la voz. Mierda, intenté buscar mis calzoncillos, mis pantalones algo con qué cubrirme—¿vive aquí Leo? —Sí—contestó ella. —Está dentro, ¿Quiénes son? —Somos sus padres—respondió mi madre. Por lo que me contó Kasandra se quedó blanca como la leche, mi madre coincide. Después se puso roja y se giró, pero yo ya estaba allí. —Papá, mamá. ¿Qué hacéis aquí? —les pregunté. —¡Leo! —gritó mi hermano corriendo hacia mí. —Yo debería irme a duchar—respondió ella y me fulminó con la mirada. —Siento que la casa esté desordenada y... —Tranquila—respondió mi madre. Mis padres entraron, yo todavía necesitaba ducharme. Mi hermano no paraba quieto con los vinilos. Kasandra me mataría, pensé que me degollaría, pero para mi suerte no fue así. —Max, deja eso—le dije. —Déjalo—Una voz venía de atrás. —¿Te gusta la música? —Sí—respondió Max. Kasandra sonrió. —Elegimos uno de los discos y lo ponemos. Max, la pequeña fiera, se calmó, él y Kasandra, que iba con un vestido blanco y unas sandalias marrones, eligieron un disco mientras mis padres se tomaban un café. Le hice una señal a Kasandra para que estuviera con mis padres, me miró con cara de pavor, fue hacia donde estaban y se puso a charlar con ellos. Mis padres me contaron que les cayó genial. Literalmente mi padre me dijo Se ve que es una chica muy educada con los pies en el suelo. Y mi madre más contenta que unas pascuas dijo Ella te quiere muchísimo, espero que la cuides mucho. Mi hermano por otro lado creo que medio se enamoró de ella. Ese día mi madre insistió en ir con Kasandra de tiendas, mi hermano, mi padre y yo dijimos que no nos uníamos, pero mi hermano decidió ir. Lo dicho, enamorado de ella, hacía más cosas por ella que yo. A Kasandra no le gustaba ir de tiendas, pero acompañó a mi madre a que se comprara un par de cosas, ella mientras tanto ante el aburrimiento se puso a probarle cosas a mi hermano. Se iban a la sección de niños y le probaba cosas que a mi madre le encantaban. Mi madre y Kasandra se entendieron a la perfección. Es cierto que Kasandra estaba nerviosísima, pero mi madre también. Ella sabía perfectamente que yo no me iría a vivir con cualquier chica, tenía que ser importante. A mi padre le cayó bien, sobretodo por la música, los tres éramos unos melómanos. Al llegar los dos por la noche Kasandra se tiró en la cama exhausta. —Estoy agotada—me dijo. —Les has caído genial—respondí sonriente. —¿Tú crees? —preguntó ella. —Claro. Te adoran—contesté. Ella se desnudó y se metió en la cama. Kasandra siempre ha sido algo extravagante, le gustaba ir desnuda por la casa cuando no había nadie, decía así soy libre. Yo me lo quité todo y la abracé. —Estoy demasiado cansado para hacerte ahora el amor—le dije. —Tú siempre me lo haces—respondió. —Ayer lo hicimos y también follamos. —No me gusta esa palabra—le dije. —Ya, pero existe—contestó. —¿Cuándo vuelvo follamos o hacemos el amor? —Siempre lo hacemos—le respondí tocándole la cara. —¿No ves que te amo? Me la jugué a que no me respondiera, a que se callara y que existiera un vacío incómodo. Me besó y me susurró yo también te amo. Podríamos habernos acostado esa noche pero del agotamiento nos quedamos dormidos haciendo la cucharita. Londres lo recorrimos juntos, caminando por Central Park, yendo a la estatua de Peter Pan y luego fuimos por Oxford Street, parándonos en los escaparates. Y entonces los vimos. SCARLETT. Allí estaban, los dos, una pareja que parecía haber salido de una revista para hípster bohemios, paseando por Oxford Street. Ella iba guapísima, unas botas negras largas, por encima de las rodillas, con un vestido estampado de flores, un abrigo largo n***o y una bufanda con los tonos del vestido. Llevaba hasta un gorro la mar de mono. Y él, con unos vaqueros negros con las rodillas al aire, una camiseta blanca, una chaqueta de cuero, con un pañuelo largo, y unas gafas de sol. Seguía llevando su moño y su barba desaliñada, era sexi. Miré a Liam, él miraba a Kasandra, ¿en qué momento la había invitado a la boda? Parecía una auténtica modelo, y yo iba impresionante, iba de Chanel, CHANEL, cualquier hombre le gustaría estar conmigo y allí estaba mi prometido, babeando por otra. Noté que Leo me reconocía y me sentí algo halagada, fui hacia donde estaban con una sonrisa de suficiencia. —¿Qué hacéis aquí? —pregunté y Leo comenzó a reírse. —Pensaba que lo de las bandas callejeras no iban contigo—contestó mirándome de arriba abajo. Quería que viera que solo era una pija. —Kas...—comenzó Liam. Ella lo miró enfadada—¿Podemos hablar? —No—negó ella. —Scarlett, esto no es territorio de nadie. Podemos estar aquí. La envidié, lo decía con una calma, sin echar a nadie en cara nada. Yo quería echarle en cara muchas cosas, entre ellas que fuera la ex de mi prometido y que él tenía dudas en casarse conmigo. —Nos vamos—dijo ella. —Adiós, que os vaya muy bien a los dos. Me quedé ahí parada, sin saber qué hacer. Ella y Leo se fueron cogidos de la mano, apoyados el uno en el otro. Había algo que hacía que estuvieran en sintonía, ¿qué era? Los vi sonreírse, Leo quitándole algo de la cara a ella y después besándole. El estómago comenzó a dolerme, y no era por mariposas exactamente. Llamé a mi madre para contarle el fracaso de Estados Unidos. Ella me contestó seria, pero a la vez ¿divertida? —Claro que lo conoces Scarlett, ese chico iba a las mismas fiestas que nosotros. Tú ibas siempre detrás de él, pero no te prestaba atención. Hice memoria, me acordaba de esas fiestas o reuniones para los mayores. Un chico al que siempre iba detrás... Comencé a recordar, él siempre destacaba, era mayor que yo, iba con su padre a reunirse con los demás y luego se quedaba en algún lugar leyendo algún libro. Era guapo un rato, y parecía tan interesante. Me atreví a acercarme y presentarme. —¿Qué libro lees? —le pregunté. Él me miró y me indicó el título. —¿Pablo Neruda? ¿Ese quién es? —yo no era muy ducha en cuanto a libros, no me interesaban. Él puso los ojos blancos. —Un poeta chileno. No me presenté, me fui a otro lado y se puso a hablar con otros chicos. Él tan guapo, yo también lo era, podríamos ser una pareja como la de las revistas. Al año siguiente me propuse que si lo veía le saludaría y le diría algo, como... que me gustaba Neruda. Le expliqué mi plan a Kasandra y ella me apoyó. Insistí en que viniera conmigo, le dejé ropa, no podía ir en modo roquera, le presté un vestido sencillo azul marino por debajo de las rodillas y unos tacones. Lo vi de nuevo al lado de su padre y fui a por el mío, dejé sola a Kasandra, lo importante era ser novia de ese chico. Cuando conseguí dar con él, el chico misterioso y guapísimo había desaparecido. Me entristeció, busqué a Kasandra por la fiesta y la vi sentada en un rincón, probablemente no aguantaba más con los tacones, y el chico yendo a donde estaba ella con una bolsa de hielos. Él le quitó uno de los tacones y sacó una tirita, ella se rio y abrió el libro de él, le hizo algún comentario y él se rio. Parecía que él tenía algo en la cara, ella se lo indicó pero él no se lo consiguió quitar, ella se rio, se lo quitó y sopló. ¿Una pestaña? Quise llorar, sabía que Kasandra ni sabía quién era, pero sentí cómo el estómago se cerraba y sentía ¿celos? —Scarlett—me dijo ella saludándome. Yo me acerqué algo dubitativa. —¿Qué te ha pasado? —pregunté. —Me han hecho daño los zapatos—explicó ella. —Ahora vuelvo con más tiritas—dijo él. Ella tenía la cara roja y una sonrisa de oreja a oreja. —Kasandra vámonos—le dije cuando él se fue. —¿Por qué? —preguntó. —Porque nos tenemos que ir, mi madre nos ha dicho que hay que irse— le dije. Era mentira, pero no quería ver esa situación más. —Espera, que le quiero preguntar cómo se llama—me dijo emocionada. —¿Encontraste al chico? —No estaba en la fiesta. Vámonos. —Vale... Ya me lo dijo mi tía, ir en tacones solo con catorce años no está bien. No voy a ir más con tacones. Me debería despedir, al menos agradecérselo... Ella no se despidió de él, en los siguientes años no usó más tacones. Kasandra me dijo que había soñado con él, con el libro y que siempre la encontraba. El chico no volvió a aparecer por ninguna fiesta y yo me quedé con esa duda. Hasta ese momento, Leo y Kasandra se habían vuelto a reencontrar sin saberlo, ¿el destino? Fui hasta donde se encontraba Liam, Kasandra se quedó con Leo, mi primer amor; y yo me quedaría con Liam, por el que ella se quedó en Estados Unidos. LIAM. Verla con él fue un duro golpe, ahí me di cuenta que la había perdido. Me di cuenta de que había sido un error el haberla dejado ir y hacer caso a mi madre. ¿Pero qué podía hacer ahora? Había visto como la miraba, ¿yo alguna vez la había mirado así? Cuando los vi, él la abrazaba y apoyaba su cabeza en la de ella. Kasandra se reía, mucho, y se besaron. El beso me destrozó. A ella se le iluminaban los ojos con él y a él con ella. ¿Kasandra me había mirado alguna vez así? Me había olvidado después de todos esos años queriendo olvidar. Al volver a casa volví a recordar, ¿a lo mejor estaba pasando algún duelo? Después de haber vuelto del viaje a la Patagonia, en el que después de haber follado como locos en Valparaiso, habíamos vuelto a hacerlo en Atacama. Al llegar pusimos la regla que no volvería a pasar de nuevo, pero yo tenía unas ganas locas de estar con ella a todas horas. Ella volvía a pasar de mí y me preguntaba qué tendría que hacer para recuperar lo que había pasado. Un día la pille sola en casa y fui a hablar con ella. —Kasandra, creo que deberíamos hablar—le solté. Ella me miró seria. —¿De qué? —preguntó. Eso me preguntaba yo. —De lo nuestro—respondí. —Mira Liam, lo de Chile estuvo bien, pero no estoy dispuesta a que me destroces. —No me has entendido—le dije. —Quiero una relación contigo. —¿De cama? —respondió alzando una ceja. —No. De pareja—contesté firme. Ella pareció flaquear. —No sé si estás preparado—respondió. —Lo estoy si es contigo—sentencié. Ella se levantó de la mesa, dándome la espalda. Fui hacia ella, le cogí el brazo y se giró. Me miró con desconfianza, como si no se fiara de mí. La besé, no pude evitarlo, ella me devolvió el beso, como aquellas veces en Chile. —Liam, espero que no me hagas daño. Si me lo haces, nunca te lo perdonaré. —Pues correré el riesgo. Eres la mujer de mi vida. La volví a besar de forma desesperada. Nos frotamos en el pasillo con unas ganas inmensas ya que llevábamos sin tocarnos un par de meses. Le quité con maestría las braguitas y me obligaba a quedarme pegado a ella. Notó mi erección y a ella la sentí con más urgencias, queriendo verla. Me bajé los pantalones y en la pared del pasillo la penetré, así, sin condón. Ella se corrió y yo me corrí dentro de ella. Al acabar ella miró con cara de qué coño has hecho. La bajé y me quedé algo desubicado. Oímos la puerta y unas pisadas, ella recogió sus braguitas y me dirigió a mi habitación. —¿Te has acostado con otras? —preguntó susurrando. —Desde Chile solo contigo—contesté susurrando también. Ella asintió. —Me estoy tomando la píldora. Da gracias. Asentí y la volví a besar, no había tenido suficiente y mi erección asomaba de nuevo. Ella iba sin bragas y me ponía a mil, y eso de que nos descubriesen me daba más morbo. —¿Qué haces? Nos van a descubrir—dijo resistiéndose. —Eso es lo emocionante. Lo hicimos con gente en la casa, a mí me dio igual. Ella era genial, la quería, follaba genial...Una de las últimas veces que lo hicimos antes de acabar la relación me preguntó. —Y ¿por qué en vez de follar no hacemos el amor? —¿No es lo mismo? —respondí. Scarlett hizo un sonido para hacer ver que estaba en el piso y me sacó de mis recuerdos, tanto tiempo reprimidos. ¿No sabía qué era hacer el amor? —Liam—me dijo. —La boda sí o sí la celebramos a finales de semana. No puedes echarte atrás, hay mucha gente que ha venido desde muchas partes. —¿Scarlett? ¿Nosotros follamos? —pregunté. Ella sonrió. —Claro que sí mi vida. ¿Qué hacemos si no? 
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